26 – Mayo. Miércoles. San Felipe Neri, presbítero
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Estaban subiendo por el camino hacia Jerusalén y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían tenían miedo. Él tomó aparte otra vez a los Doce y empezó a decirles lo que le iba a suceder: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará».
Comentario
El evangelio de hoy nos presenta uno de los numerosos
diálogos entre Jesús y sus discípulos mientras subían a Jerusalén. En esta
ocasión, justo después de que el Señor anunciara lo que les esperaba en la
ciudad santa, se acercan Santiago y Juan y le piden audazmente gozar de
privilegios especiales cuando se proclame el Reino: “Concédenos sentarnos uno a
tu derecha y otro a tu izquierda” (v. 37), a lo que el Maestro responde
inmediatamente diciendo: “No sabéis lo que pedís” (v. 38).
Para Jesús, lo que hay que reprochar en la petición de
los hijos de Zebedeo no es tanto el deseo de tener lugares de honor, sino que
quieran saltarse y no tener en cuenta lo que está por suceder en Jerusalén,
lugar en donde “el Hijo del Hombre será entregado” (v. 33). En pocas palabras,
el Señor corrige su pretensión de querer obtener la victoria del Reino sin
pasar por la cruz.
La cruz es parte esencial de la historia y del mensaje
que Jesús quiere transmitir a sus discípulos de todos los tiempos. Significa
por un lado que el Señor está dispuesto a ir al encuentro de aquellos que “se
burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán” (v. 34). Pero sabemos
también que lo hace para enseñarnos cómo debemos comportarnos en los momentos
duros, y que a pesar de los pesares, siempre es posible “servir” y “dar vida”
(cf. v. 45).
Si estamos dispuestos a seguir la enseñanza de Jesús,
encontraremos lo que Santiago y Juan buscaban a tientas. La verdadera grandeza
se alcanza cuando con la ayuda de Dios vivimos un amor dispuesto al servicio,
que sabe perseverar en ese empeño, aún cuando las circunstancias sean difíciles
y nos veamos rodeados de dificultades. Sabemos que Jesús lo ha conseguido, y
sabemos también que no nos dejará abandonados si intentamos seguir sus pasos.
Martín Luque
Fuente: Opus Dei






