Lo sintió Mateo y cualquiera puede vivirlo: nadie es digno de Dios y precisamente reconocerlo te lleva a acoger su misericordia transformadora
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| franz12 | Shutterstock |
Hay
una serie que me está tocando el corazón. Cada capítulo que veo me abre el alma
y me rompe un poco por dentro.
Conozco la historia porque la he
leído muchas veces. En la serie Chosen se recrea la vida de Jesús.
Una historia que no trae la
novedad de un guión novedoso. Pero en ella me cuenta lo que ya conozco de una
forma diferente. Poniendo color y vida a lo que yo sueño en mi corazón.
La llamada de Mateo
El otro día presencié la vocación
de Mateo:
«Vio a un hombre llamado Mateo,
que estaba sentado en el lugar donde cobraba los impuestos para Roma. Jesús le
dijo: –Sígueme. Mateo se levantó y le siguió».
Mt 9,9
Muchas veces me la he imaginado
en mi alma. Me gusta este apóstol que deja todas sus seguridades por seguir a
Jesús. Y nunca olvida de dónde viene, su pasado.
En su Evangelio, al hablar de sí
mismo, no se olvida de su historia, de su pecado público:
«Mateo, el que cobraba impuestos para Roma».
Mt
10,3
Era publicano, recaudador de
impuestos y siempre lo seguiría siendo. Porque uno no renuncia nunca a su pasado.
Era uno de los doce y se menciona
de esta forma para no caer en el orgullo de creerse especial.
Como publicano había sido odiado
por los suyos, por los judíos y se había arrastrado con actitud servil ante los
romanos.
Había sacado provecho de su inteligencia,
haciendo de su trabajo una fuente de dinero.
¿Digno de Dios?
Este hombre tenía un alma pura y
empezó a observar de lejos a Jesús. No se atrevía a acercarse, porque no era
digno. En realidad nadie es digno.
En la ordenación sacerdotal el
obispo pregunta:
«¿Saben si es digno?».
Siempre me ha resultado difícil
esa pregunta. Creo que nadie es digno de nada.
Y sé muy bien que en el
momento en el que me sienta digno me alejaré de Dios, porque no me hará falta
ya su misericordia.
Veré todo como un derecho, como
un pago por mis servicios, como si lo mereciera todo y no me hiciera falta
tocar la misericordia.
Llamado por su nombre
En esa escena Jesús pasa un día
delante de su puesto donde él cobraba impuestos y lo llama por su nombre: «Mateo».
Lo llama y lo mira. Y le pide que
lo siga. Pero él, que no se siente digno, no entiende nada. ¿Él? Si no es
digno.
Así lo piensan también Pedro y
los otros discípulos que miran la escena sorprendidos.
Es diferente a ellos, es un
enemigo del pueblo. Alguien que se aprovecha de las circunstancias adversas
para sacar un provecho personal. ¿Por qué convivir con aquel al que todos
odian?
Y entonces Jesús le pide a Pedro
que se acostumbre a lo diferente. Él no lo entiende. Y Mateo ese día se va con
Jesús a una cena que dará en su propia casa.
Dejarlo todo
Lo deja todo por culpa de esa
llamada tan clara. No sabe lo que va a hacer ahora. Sólo es consciente de lo
que tiene que dejar detrás para poder seguir al Maestro.
Y lo deja todo. Deja su
dinero, su posición, su seguridad. Sigue a Jesús a cambio de nada.
Parece todo tan absurdo en ese
seguimiento sin rumbo. Ese seguimiento sin beneficio, ni ventajas.
Lo deja todo por culpa de esa
mirada, por esa voz que pronuncia con claridad su nombre en medio de tantos
ruidos.
¿Es eso posible? ¿Merece la pena?
Soltar por una mirada de amor
Yo digo que sigo a Jesús. Que lo
he dejado todo por Él más de una vez. Pero luego veo cómo me aferro a mi
puesto, a mi lugar, a mis bienes, a mi prestigio, a mi gente, a mi posición.
Estoy dispuesto a acallar todas
esas voces que pretendan sacarme de mi seguridad para seguir a Jesús por
caminos extraños.
Mateo ese día estaba apegado a
muchas seguridades. Era un privilegiado de su pueblo. Era un protegido. Tenía
dinero y posición.
El odio de sus hermanos no le
importaba. En su soledad estaba seguro. ¿Por qué tiene que dejarlo todo? Por
una mirada que lo hace sentirse valioso y amado.
Jesús es quien elige
Jesús lo elige a Él. Él, en
realidad, no elige ser su discípulo. Ni se imagina esa opción. Jesús se salta
toda la lógica y llama a un enemigo del pueblo.
Comer con publicanos y pecadores
es lo peor que Él puede hacer. Y lo hace. Come con los miserables, con los
indignos.
A veces me preocupa sentir que
tengo derecho a la vida, a la alegría, al amor, a que las cosas salgan según
mis planes.
Es como si creyera que tengo
derecho a todo lo bueno que me pasa en esta vida. Me asusta dejar de pensar que
necesito la misericordia para caminar cada mañana.
Sin esa misericordia de Jesús con
Mateo mi vida no tiene sentido.
Necesito que Jesús me mire, me
llame por mi nombre y me pida que lo siga. Necesito que se detenga ante mi
puesto donde vivo seguro en mis posesiones y bienes.
Y me diga que me llama, que
quiere estar conmigo. Que me lo diga cada día. Para que no me crea digno. Para
que saboree de nuevo mi pobreza, mi pecado, mi mediocridad.
Y escuche de nuevo con fuerza esa
voz que me levanta, me sana y me hace sentirme querido.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia






