24 – Junio. Jueves. Natividad de San Juan Bautista, solemnidad
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A Isabel se le cumplió el tiempo
del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que
el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella. A
los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como
su padre; pero la madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan». Y
le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así». Entonces preguntaban por
señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió:
«Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados. Inmediatamente se le
soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos
quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña
de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será
este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en
el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a
Israel.
Comentario
Entre los israelitas, el acto de
imponer el nombre estaba reservado para el padre del niño. Era un modo en que
se reconocía la paternidad sobre el recién nacido. Por eso, tocaba a Zacarías
decir cuál era el nombre del bebé, aunque le resultaba complicado expresarse en
esos momentos, porque se había quedado mudo por su incredulidad.
Los padres de san Juan Bautista
reconocían que Dios los había bendecido mandándoles un niño cuando parecía que
ya no tenían ninguna razón para esperar. El modo extraordinario en que vino al
mundo les recordaba que ese hijo era un don del Señor. El ángel le había dicho
a Zacarías que su ese hijo traería mucha felicidad no solo para sus padres,
sino para una multitud de personas: «Será para ti gozo y alegría; y muchos se
alegrarán con su nacimiento» (Lucas 1,14). San Juan, ese hijo tan esperado,
tenía una misión de cara a todo el pueblo: «convertirá a muchos de los hijos de
Israel al Señor su Dios» (Lucas 1,16).
Isabel y Zacarías insisten en
ponerle al niño el nombre que el ángel había indicado. Detrás de esta actitud,
podemos adivinar el deseo de ofrecer ese hijo a Dios. Ellos no quieren dominar
sobre su vida, ni buscan afirmarse a través de su paternidad. De hecho,
Zacarías renuncia a ponerle su mismo nombre, mientras que a los demás les
parecía lo más lógico. Sin embargo, para Isabel y su marido, lo más importante
es que su hijo cumpla la misión para la que ha venido al mundo.
Después de que Zacarías hubiera
escrito «Juan es su nombre» su lengua se desató y empezó a alabar a Dios. Es la
alegría de un padre generoso, que pone a su hijo en las manos del Señor y se
entusiasma con la misión que ha recibido.
En los padres de san Juan
Bautista encontramos un ejemplo maravilloso para todos los padres. Al Señor le
agrada que nos alegremos con el don de los hijos. Al mismo tiempo, nos invita a
respetar y amar “el nombre” que Él les ha dado: es decir, el propio
temperamento, los talentos y, sobre todo, su vocación. Los padres se convierten
entonces en los promotores de la personalidad de sus hijos y en una gran ayuda
para que abracen la misión que el Señor les ha concedido.
Rodolfo Valdés
Fuente: Opus Dei






