Sin la Eucaristía, «la religión es sombría, peligrosa e ilógica»
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| Gerard Manley Hopkins fue un gran poeta inglés, converso en la estela del cardenal Newman y que arrostró grandes dificultades por ello |
Un artículo de Christoper
Akers en The Catholic Thing da cuenta
de las razones de Manley Hopkins y de las dificultades que encontró tras su
decisión de fe, que tuvieron reflejo en su poesía, profundamente católica:
El eunuco del tiempo
Este converso
católico, sacerdote jesuita y poeta de gran hondura murió de fiebre
tifoidea con solo 44 años, tras un largo periodo de exceso de trabajo y
depresión en Irlanda.
De complexión delgada, melancólico y con una constitución
nerviosa, Hopkins tuvo una vida corta pero extraordinaria. Las imágenes que
tenemos de él muestran a un hombre que miraba la vida desde fuera; sereno y
nervioso a la vez, distante pero atormentado. Junto a su poesía, las cartas, los diarios y los sermones nos
ofrecen una visión detallada de su personalidad y su proceso creativo.
La poesía de Hopkins es
radicalmente original e idiosincrática. Utilizó la rima sprung [que
imitaba el ritmo del habla natural], común en los primeros poetas ingleses como William Langland, como podemos
leer en este fragmento de La grandeza de Dios:
Su obra ha influido en varios movimientos poéticos modernos. Sin
embargo, aunque escribió toda su obra antes de finalizar el siglo XIX, hasta
que su amigo de la universidad Robert Bridges no editó una primera edición de su
poesía en 1918, Hopkins era prácticamente un desconocido.
Su mejor poesía es profundamente
católica. Transmite el profundo anhelo del alma por Dios, así como los
altibajos de sus sentimientos y experiencias religiosas. Belleza
abigarrada y La grandeza de Dios figuran
entre sus obras más conocidas. El naufragio del
Deutschland es una hazaña en sí misma: es un largo y
extenso poema sobre el naufragio y el
ahogamiento de las monjas franciscanas que huían del Kulturkampf anticatólico
de Bismarck.
Hopkins empezó a acercarse al catolicismo en Oxford. Como
estudiante de letras clásicas en el Balliol College, entró en un universo que
se tambaleaba por el impacto de los Tractarianos. John Henry Newman había
cruzado el Tíber en 1845, y su presencia aún parecía rondar las calles y
callejuelas.
Aunque se movía en los círculos de la High Church, los diarios de Hopkins ya
revelan ayunos y
penitencias. Un compañero crucial de Oxford fue el aristócrata Digby Dolben, cuya
muerte por ahogamiento a los 19 años tuvo un profundo impacto en la vida de
Hopkins.
Poco a poco, Hopkins se fue convenciendo de que toda la verdad cristiana está
contenida en "la presencia real en el Santísimo Sacramento del Altar. Si
no es así, la religión es sombría, peligrosa e ilógica". Este es el centro
de su conversión. Llegó a ser imposible para él permanecer dentro de la Iglesia
anglicana.
Hopkins sabía que la
conversión significaba el aislamiento y el alejamiento de su familia y amigos.
El ambiente en Oxford seguía siendo de profunda desconfianza y enemistad hacia
los católicos. Hasta 1854 se exigió a los estudiantes los Treinta y Nueve Artículos [afirmaciones
definitorias históricas de las doctrinas de la Iglesia de Inglaterra] y los
funcionarios del colegio llevaban un registro de los estudiantes que asistían a
misa en la ciudad. La actitud de la sociedad en general era aún peor,
pues se seguía considerando que los católicos estaban aliados con un "príncipe extranjero", y la
conversión tenía consecuencias políticas y sociales.
El cambio en sus creencias, en particular sobre el Sacramento, no
podían ser ignoradas: "No hay nada más que la verdad que pueda guiarte.
Cristo es la verdad". En la Biblioteca Bodleian existe una carta que le
enviaron sus padres justo antes de su conversión, en la que su madre exclama:
"Oh, Gerard, mi querido muchacho, ¿te has alejado de mí?". En
1866, Newman recibió a
Hopkins en la Iglesia en el Oratorio de Birmingham.
A partir de ese momento pareció estar destinado a entrar en los jesuitas. La personalidad de
Hopkins exigía extremos, y convertirse significaba no tener moderación. Sabía
que la vida como jesuita sería dura para él físicamente. También era plenamente
consciente del impacto que la decisión tendría en su familia y amigos, dado que
los prejuicios contra
los jesuitas aún estaban muy extendidos en la sociedad inglesa.
El constante conflicto que Hopkins sentía entre su fe y su arte
llegó a su punto álgido cuando entró en el noviciado. Decidió "renunciar a
toda belleza hasta tener Su permiso para ello" y quemó sus poemas; no volvió a escribir versos
durante siete años. Si no hubiera enviado a Bridges parte de su material,
su obra anterior a su entrada en los jesuitas se habría perdido para siempre.
Los problemas físicos y de desequilibrio que Hopkins sufrió a lo largo de su vida
fueron fundamentales para su persona. Las cartas escritas durante sus prolongados periodos de depresión transmiten
impotencia y, en algunos casos, incluso atisbos de locura.
La fe lo
acompañó hasta el final.
Hopkins lo arriesgó todo para entrar en la
Iglesia, y sufrió mucho por ello. Antes de morir repetía: "¡Soy tan
feliz, soy tan feliz!" Esto debería hacernos reflexionar. Verdaderamente,
"el Espíritu Santo sobre el corvado / mundo cavila con cálido pecho y con
¡ah! alas brillantes" [de La grandeza de Dios].
(Traducción
del inglés de The Catholic Thing por Elena Faccia
Serrano )
Fuente: ReL






