XXIV.
La crisis de la modernidad
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Los primeros años del siglo XX,
hasta el comienzo de la primera guerra mundial, se recordarán siempre como un
período brillante y feliz de la historia europea, que vino a truncar el
estallido de la más inútil y absurda de las contiendas bélicas. Pero aquel período,
contemplado desde el punto de vista de la vida cristiana, no fue una época
fácil y sin problemas causados por la hostilidad de los adversarios de fuera, u
originados desde dentro de la propia Iglesia, una Iglesia regida durante este
tiempo por el último de los papas que ha merecido el honor de los altares: San
Pío X (1903-1914).
Durante aquellos años, la dinámica anticlerical se dejó sentir con particular
intensidad en los países latinos del sur de Europa: aquellos, precisamente, que
contaban con poblaciones de mayoritaria tradición católica. Portugal, tras la
proclamación de la República (1910), expulsó a los religiosos del país, separó
la Iglesia del Estado y confiscó los bienes eclesiásticos. En España resurgió
el anticlericalismo. Pero fue Francia el escenario de la más violenta ofensiva
contra la Iglesia.
Los gobiernos franceses de signo radical demostraron un laicismo militante, que
provocó el enfrentamiento con la firme entereza de Pío X. Francia rompió las
relaciones con la Santa Sede, se abrogó el Concordato (1905), los religiosos
perdieron el derecho a enseñar y muchos fueron expulsados del país. Los bienes
eclesiásticos fueron también confiscados, lo que significaba que la Iglesia
francesa, por segunda vez en poco más de un siglo, era despojada de su
patrimonio y privada a la vez de la ayuda estatal.
Sin embargo, los peligros más graves fueron de índole doctrinal y procedían del
interior de la propia Iglesia, especialmente del llamado movimiento modernista.
El modernismo pudo estar animado en sus orígenes por la inquietud apologética
de ciertos católicos, ansiosos de remediar el retraso que, a su juicio, llevaba
la Iglesia en el campo de la historia, la filosofía y la exégesis bíblica. El
Modernismo que sufrió de modo sensible el influjo del protestantismo liberal
alemán trataba de «racionalizar» la fe cristiana, con el fin de hacerla
aceptable a la mentalidad «moderna», vaciándola de la carga de los dogmas y de
todo contenido sobrenatural. Los modernistas no trataban de abandonar la Iglesia,
pretendían «reformarla» desde dentro, y sus posturas tenían un deliberado
acento de ambigüedad.
Las doctrinas modernistas nunca se expusieron de modo orgánico, sino en forma
de retazos parciales. Para abarcarlas en todos sus aspectos, fue preciso que la
encíclica Pascendi que definió el Modernismo como «encrucijada de todas las
herejías» ofreciera una exposición sistematizada. El modernismo se extendió por
Francia, Italia e Inglaterra. Pío X cerró resueltamente el paso al modernismo.
El decreto Lamentabili y la encíclica Pascendi (1907) denunciaron y condenaron
estas doctrinas. La exigencia del «juramento antimodernista» a los profesores
eclesiásticos y a otros muchos clérigos fue una medida disciplinar de indudable
eficacia. La crisis modernista quedó así cortada por la decidida intervención
pontificia. No puede decirse, sin embargo, que quedara resuelta, como pondría
luego de manifiesto el rebrote modernista que habría de aparecer con
sorprendente fuerza a mediados del siglo XX.
Por: Concepción Carnevale
Fuente: Catholic.net