Solo la misericordia te lleva a tocar el cielo, es imposible que nadie pueda ganárselo por sí mismo
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Vivir
la misericordia supone aprender a vivir la gratuidad. No tengo derecho a tantas
cosas que considero que me deben. Dice el salmo:
La misericordia del Señor es un amor que desciende. Se abaja sobre
mi vida y llega a donde me encuentro.
El amor de Dios es ese amor que nadie
me debe. Es un don, una gracia que se me regala.
Cuando tus derechos te alejan del
amor
Voy caminando por la vida convencido
de todo lo que el mundo me debe. Me deben amor, me deben benevolencia.
Cuando me creo dueño de mi vida y
señor de lo que hago, me alejo del poder de Dios y también de su
misericordia.
No necesito la
compasión, no la quiero. ¡Cuántas veces rehúyo a los que quieren regalarme su
amor misericordioso!
Creo que lo hacen por compasión y no
la acepto. No
quiero que tengan piedad de mí.
Es doloroso renunciar entonces a ese
único amor humano que parece abajarse hasta mi miseria. Pero no lo quiero.
No quiero el
cielo por compasión. Prefiero el infierno para pagar mis deudas, mis errores y
caídas.
No creo en la
misericordia, opto por la justicia que le da a cada uno lo que se
le debe. Ni más ni menos.
¿Existe realmente la misericordia?
La misericordia es siempre excesiva.
Así pienso a veces. Así me dice el mundo que es la vida. Nadie da nada gratis
sin perseguir segundas intenciones.
¿Es siempre así? ¿El hombre es
incapaz de la misericordia? No lo creo.
Pero el mundo me hace pensar que sí lo
es. Que todo lo que reciba tiene que ser como pago por lo realizado.
He actuado correctamente, tengo
entonces derecho al premio, a la gloria. He actuado de forma depravada, todo lo
malo que me pase será merecido.
La justicia tiene esas cosas, a cada
uno según lo realizado. Cada uno lo que se merece.
¿Tengo que ganarme el amor?
Pero no puede ser así todo. No se rige
todo por un «hazlo
todo bien para merecer el amor de todos«.
Aunque debo asumir que es así cómo
aprendí de niño a enfrentar la vida. Da satisfacción a todo lo que te piden.
Compórtate
bien para que el mundo te acepte. Responde a todas las
expectativas que tienen sobre ti.
Entonces merecerás el
amor, la vida, la felicidad, la paz. Todo será entonces un pago
por tu buen comportamiento.
Un radical cambio de mentalidad
¿Cuándo se quiebra ese pensamiento
mágico que alguien puso dentro de mí no sé bien cuándo?
Se quiebra
cuando no lo hago todo bien. O intentándolo unos quedan
insatisfechos, otros se alejan de mí porque no respondo como ellos quieren.
Fracaso en esa expectativa mágica de
hacer felices a todos los hombres. Y con dolor compruebo que no soy perfecto.
¡Cuánto duele el fracaso! Siento que
debo purgar mi culpa, redimirme a mí mismo por el daño causado.
Experimento el dolor del orgullo. No pude solo,
no pude. Y entonces paladeo los sinsabores de una vida llena de desprecios.
Y es entonces cuando puedo ser salvado.
Cuando ya nadie me aprecia y soy olvidado.
Cuando acaricio la superficie llena de
aristas de una
vida sin derechos. Sólo cuando he tocado mi miserianecesito
una mirada que no sea la del juez. Decía san Agustín:
Toda mi esperanza estriba sólo en tu muy grande
misericordia. ¡Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras!
Más allá de la justicia: la
gratuidad
Me muestra el camino. Hay algo más
aparte del deber cumplido. Algo más allá del pago por mis servicios.
Lo que me merezco, mis méritos, mi dignidad.
Vivo soñando con ganarme el cielo sin
saber que no hay precio que lo pague. Vivo tratando de hacer buena letra para
que nadie encuentre manchas en mi expediente. Deseando que mi fama quede a
resguardo y nada ni nadie puede enturbiarla.
Tengo derecho a la gloria sólo si me
la merezco.
Es tan fácil
caer en esa actitud y alimentarla cada día con mis esfuerzos constantes por
estar a la altura y dar la talla…
Sólo cuando
experimento la miseria y el abandono me doy cuenta de que lo único que puedo
esperar es la gratuidad, un don, no el pago por un derecho.
Sólo me cabe aceptar la misericordia
como pago por mi incapacidad. Sólo un indulto por todos mis pecados.
La salvación en la misericordia
No soy digno
de nada salvo del amor de Dios. Esa misericordia es la que me salva siempre y
me permite mirar a los hombres también con compasión.
Cuenta el padre José Kentenich sobre
la experiencia de Dostoiewski quien habiendo sido condenado a muerte y estando
ya en el cadalso, llega de pronto el indulto:
«Su biógrafo
nos relata: – Esos instantes que había pasado al pie de la horca dejaron en él
una determinada impresión. Vio que esos hombres eran pobres oprimidos, esclavos
que andan a tientas en la oscuridad, inocentes en lo profundo de sus corazones
y dignos de todo perdón. Al bajar más tarde del patíbulo, todo le pareció tan
insignificante, todo menos el amor. Había comprendido que todos los hombres son
seres que sufren, que todos ellos siguen siendo dignos de compasión y que nadie
puede llegar a ser indigno del amor. Y esto mismo es lo que
anunció a lo largo de toda su vida ulterior».
King, Herbert. King Nº 2 El Poder
del Amor
Sólo cuando no
tengo derecho a nada se me abre la puerta de la misericordia.
Y comprendo que nada puede
salvarme, ni mis obras, ni mis palabras, ni mis gestos
generosos.
Sólo la misericordia de Dios puede
devolverme la dignidad perdida, el orgullo herido. Sólo el amor
sin obligación de los hombres puede salvar mi vida.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia





