4 – Noviembre. Jueves. San Carlos Borromeo, obispo
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Evangelio
según san Lucas 15, 1-10
Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y
los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los
pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de
ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada,
hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y
les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un
solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan
convertirse. O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no
enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la
encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y
les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había
perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por
un solo pecador que se convierta».
Comentario
Una de las cosas que más llaman
la atención en el caminar de Jesús es que ninguno de aquellos que eran
considerados pecadores se sentía rechazado por Nuestro Señor. Lucas lo expresa
así: «Se le acercaban todos los publicanos y pecadores». Para todos tenía palabras,
un corazón acogedor y misericordia, a todos ellos los animaba a tomarse en
serio su relación con Dios, porque la acogida y la misericordia no cierran los
ojos a la necesidad de rechazar el pecado y obrar el bien. Una acogida que era,
al mismo tiempo, entrega: «Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo
todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). Es la renovación del
amor primero: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1Jn 4,19).
Aquellos publicanos y pecadores
se supieron buscados y llamados por Jesús. Ora así Nuestro Señor: «Cuando
estaba con ellos yo los guardaba en tu nombre. He guardado a los que me diste»
(Jn 17,12). Y lo hizo como el pastor que sale a buscar a las ovejas: porque el
Padre nos ha puesto en sus manos, porque sabe a qué estamos llamados y nos ama
con amor divino, porque quiere que nadie se pierda. Ese mismo amor es el que
nos pide cuando nos nombra emisarios suyos: «Los envió de dos en dos delante de
él a toda ciudad y lugar» (Lc 10,1). Jesús quiere que quienes le sigan
compartan su mismo corazón.
Los ejemplos que pone el Señor
son un desafío a la lógica humana. No es fácil que un pastor abandone a todo un
rebaño para buscar una sola oveja si hay riesgo para las otras. Pero Jesús Buen
Pastor lo hace: esa es la realidad de su preocupación por todos y cada uno. Y
su empeño por atraernos al Padre es como el de una mujer que ha extraviado el
sustento diario de su familia: su esfuerzo de búsqueda es proporcional al amor
por los suyos. Jesús nos anima a crecer en amor verdadero por nuestro prójimo,
amor también por su vida eterna. Ese amor dará como fruto oración, inventiva y
empeño por ayudarnos mutuamente a identificar lo que nos aleja de Dios y a
crecer en deseos de tener un corazón limpio.
Juan Luis Caballero
Fuente: Opus
Dei





