19 – Diciembre. IV Domingo de Adviento
| Misioneros digitales católicos MDC |
Evangelio según san Lucas 1,
39-45
En aquellos mismos días, María se
levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró
en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que, en cuanto Isabel oyó
el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de
Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las
mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me
visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos,
la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha
creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
Comentario
Sin embargo, no es esa la
dirección que vamos a tomar en nuestro comentario. Más bien, nos vamos a fijar
en el adverbio “deprisa”, traducción castellana de la expresión latina “cum
festinatione”. ¿Por qué razón hacemos las cosas “deprisa”, es decir sin demora?
La más poderosa es ciertamente el amor o el cariño. Cuando se quiere de veras a
alguien, se hacen las cosas que se refieren a él “deprisa”, sin dejarse dominar
por la pereza. En cambio, un amor o un cariño “tibios” invocan cualquier
pretexto para retrasar todo lo que exige un esfuerzo.
En nuestra meditación, puede ser
útil que nos pongamos en el lugar de la Virgen María, para entender así mejor
su manera de actuar. ¿Qué acaba de suceder? San Gabriel le ha comunicado la
noticia más asombrosa de toda la historia humana: que la Encarnación prometida
por Dios y anunciada por los profetas va a realizarse, si ella está de acuerdo.
Y al responder “fiat mihi”, “Verbum caro factum est”, el Verbo se hizo carne en
sus entrañas purísimas. Si pensamos en nosotros ¿cuál es nuestra tendencia al
enterarnos de una buena noticia, algo bueno que deseábamos desde hacía mucho
tiempo? En general, aislarnos más o menos, para saborear a fondo lo que se nos
ha dicho. ¿Qué hizo nuestra Madre?: “se levantó y marchó deprisa a la montaña”
(Lc 1, 39).
“Marchar”, o sus sinónimos, es un
verbo muy presente en la Santa Escritura, porque Dios en su bondad infinita nos
pide a menudo que nos movamos, que “marchemos” aquí o allá, para servirle, para
ser útiles en los cometidos que ha previsto en sus planes eternos y que nos da
a conocer por el conducto reglamentario. En ese sentido, “instalarse” es el
verbo opuesto a “marchar”. Por esta razón, la tendencia a instalarse, una
cierta dificultad para superar la pereza, son signos bastante claros de la
existencia en nosotros de la tibieza, al menos en algunos ámbitos de nuestra
vida.
Para preparar bien la gran fiesta
de Navidad, y para prepararnos nosotros mismos bien, sería bueno que en los
días próximos pensásemos mucho en nuestra Madre del Cielo. Porque su amor y su
celo son la antítesis de cualquier tibieza. Ésta consiste con frecuencia en
seguir al Señor “de lejos”, como San Pedro en la noche del Jueves Santo (cfr.
Mt 26, 58). En cambio, sabemos que en la Virgen María “Dominus tecum”, “el
Señor está contigo”, no a distancia, ni lejos. Al mismo tiempo, el tibio tiene
en general un gran vacío interior. En cambio, nuestra Madre es “gratia plena”,
“llena de gracia”, sin lugar alguno para cualquier especie de vacío. Se compara
también a la tibieza a un fuego que se está apagando, porque no se le alimenta
bien. En cambio, el corazón de la Virgen está en llamas, con un amor de una
fuerza impresionante. Por estas razones, y sin duda por muchas más, “se levantó
y marchó deprisa a la montaña”, para servir y cumplir así la voluntad de Dios.
¿Qué propósito podríamos hacer en
este cuarto domingo de Adviento, cuando sólo faltan algunos días para Navidad?
Tratar de hacer las cosas previstas “deprisa”, “cum festinatione”, sobre todo
el cumplimiento de nuestros deberes ordinarios, como muestra de nuestro amor a
Dios y a los demás. Y si nos damos cuenta de que ciertas zonas de nuestra vida
se han enfriado, pensemos en el punto siguiente de “Camino” (492): “El amor a
nuestra Madre será soplo que encienda en lumbre viva las brasas de virtudes que
están ocultas en el rescoldo de tu tibieza”.
Alphonse Vidal
Fuente: Opus Dei





