12 – Diciembre. III Domingo de Adviento “Gaudete”
| Misioneros digitales católicos MDC |
Evangelio según san Lucas 3,
10-18
La gente le preguntaba:
«Entonces, ¿qué debemos hacer?». Él contestaba: «El que tenga dos túnicas,
que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Vinieron
también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos
hacer nosotros?». Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido». Unos
soldados igualmente le preguntaban: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?». Él les
contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias,
sino contentaos con la paga». Como el pueblo estaba expectante, y todos se
preguntaban en su interior sobre Juan si no sería el Mesías, Juan les
respondió dirigiéndose a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que es
más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él
os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para
aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera
que no se apaga». Con estas y otras muchas exhortaciones, anunciaba al
pueblo el Evangelio.
Comentario
El evangelio de Lucas nos
presenta después de los acontecimientos de la infancia de Jesús, la misión de
Juan el Bautista. Este hombre de Dios, considerado el último de los profetas,
punto de conexión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, recorría la región
del Jordán predicando y bautizando.
Tal era su sabiduría que las
muchedumbres se acercaban a él para preguntarle qué tenían que hacer, qué vida
tenían que llevar para convertirse de verdad. En efecto los que se acercaban a
Juan sabían que el bautismo no era sólo un símbolo sino la señal del principio
de una vida nueva. En la historia de la salvación el agua siempre marca un
cambio, como en el diluvio universal que limpia el mundo de todos los pecados,
o el paso del Mar Rojo que abre un camino de libertad al pueblo de Israel.
Juan tiene una palabra para toda
categoría de personas: publicanos, soldados y gente común. A cada uno enseña un
camino de conversión que lleva a pensar en los demás, a servir a la sociedad, a
practicar la justicia, a huir de la murmuración.
El Adviento es para todos los cristianos
un camino de conversión que se manifiesta en actos de penitencia y oración pero
requiere un cambio de vida. Y nosotros también le podemos preguntar al Señor
qué es lo que quiere de cada uno: “¿Qué tenemos que hacer?”. No es indiferente
nuestra conducta, como explica el Bautista en la conclusión del pasaje que
hemos leído: el Señor “tiene el bieldo en su mano, para limpiar su era y
recoger el trigo en su granero, y quemará la paja con un fuego que no se
apaga”. Antes de que empiece la misión pública del Mesías, el Precursor nos
recuerda la seriedad del pecado en nuestra vida, la seriedad del juicio, y nos
invita a la conversión.
El “pueblo estaba expectante”,
nos dice el evangelio. Nos encontramos en un tiempo de espera, como es el
Adviento y toda la vida sobre la tierra. Estamos esperando al Salvador, estamos
esperando el comienzo del Reino de Dios y la venida definitiva de Jesús. Pero
la espera no puede ser algo pasivo, sino una actitud dinámica que requiere una
continua y nueva conversión.
Esta es la invitación de la
Iglesia en estos últimos días de espera: “¡permaneced así, queridísimos míos,
firmes en el Señor! [...] El Señor está cerca.” (Fil 4,1.5).
Giovanni Vassallo
Fuente: Opus Dei





