Desde la primera comunión sintió la llamada a «consolar a Cristo» a través de la entrega a los demás
| Sofía Quintans relata su amplia experiencia misionera en Angola y Brasil, donde afirma que se encuentra "con Cristo cada día" |
Se podría decir que, a sus 44 años, Sofía
Quintans ha dedicado casi toda su vida a la misión. Esta vocación
le acompaña prácticamente desde que hizo la primera comunión, se acentuó en la
universidad y comenzó a vivirla hace ya 20 años, primero en Angola y
desde 2019 en Brasil. Si pudiese volver a nacer, afirma, no dudaría en
repetir la experiencia.
Entrevistada por el canal Mater Mundi, la
misionera gallega cuenta que nació en
una familia católica, educada "en un ambiente de compromiso por el
prójimo, de amor, cariño y cuidado".
Ya desde la primera comunión se sintió
"profundamente marcada" por conocer a Jesús y comenzó
a intuir la vocación que le acompañaría a lo largo de su vida.
"Soy cristiana"
Conforme crecía, Jesús le fue
"conquistando el corazón", especialmente en la universidad:
"Me marcó en el compromiso con la vida pública para decir sin miedo
delante de la gente que soy cristiana, hacer voluntariado o acompañar enfermos
de SIDA".
Sin embargo, fue terminando sus estudios cuando
acompañó a su padre a Angola y supo definitivamente que dedicaría su vida a la
misión. El detonante, una imagen que presenció en un campo de refugiados
de una niña muriéndose de hambre: "Su cuerpo esquelético, sus
gemidos y el olor se quedó en mí", admitió la religiosa. "Nunca
me faltó de nada y por eso mismo siempre sentí que podía ser feliz de
verdad entregando toda mi vida", declaró a Faro de Vigo.
En 2002 comenzó su vida religiosa en la congregación de las Franciscanas
Misioneras de la Madre del Divino Pastor.
"Siempre sentí que Dios me pedía más y algo me
invitaba a salir más de mí siguiendo a Jesucristo a lo desconocido,
alejándome de mi zona de confort y de mis seres queridos", explica
recordando su primera llamada.
Ver y estar con Cristo cada día
"Opté por Él, y di un paso adelante sin
saber lo que iba a venir", explica al recordar los 8 años que pasó en
Angola. "La experiencia fue marcante, tanto que voy a cumplir 44 años
y me siento muy feliz y siento que mi vida va siendo
construida", añade.
Desde hace 3 años, Quintans se encuentra en Brasil,
donde se trasladó siguiendo la propuesta de la madre general de su congregación
para fundar la primera comunidad del país.
Recuerda que fue especialmente en este destino donde
ha podido y puede "ver y estar con Cristo todos los días, a través
de mis hermanas, de las historias de sufrimiento que encuentro cada día… Dios
está conmigo en el rostro de un niño, en el enfermo y en aquellas personas con
las vidas rotas y abandonadas", desvela.
Dignidad y seguridad, pilares de la acogida
Por ello, contempla cada día como "una
oportunidad para encontrarse con ese Dios vivo". Especialmente a
través de la nueva campaña desarrollada conjuntamente por el gobierno de
Brasil, la ONU y la Iglesia católica.
Conocida como "0peración Acogida",
fue puesta en marcha en febrero de 2018 para aliviar la crisis humanitaria por
la que cientos de miles de venezolanos están cruzando las fronteras para dejar
atrás su crítico país natal. Concretamente, 600.000 venezolanos han
cruzado ya la frontera desde Boa Vista, cerca de donde se encuentran
instaladas las religiosas.
Su objetivo, explica, es "colocar en el centro
a la persona humana y su dignidad" y "ofrecer espacios
seguros" a niños y niñas donde puedan jugar y sentirse queridos.
Especialmente, a todos aquellos "que viven infancias robadas" por ser
víctimas de la trata, la violencia o la maternidad desde tempranas edades.
Tres jóvenes que recuerdan "la luz y la
esperanza"
Gineth es
una de las que "han marcado" la estancia de la religiosa de
Pontevedra en Brasil, una niña del pueblo indígena pemón enferma de
cáncer. "Conseguimos que la llevaran a Sao Paulo y pudo tener la
esperanza de la ayuda médica, quimio, radio y operación, pero no fue bien",
explica. Después, la niña volvió de nuevo "para estar tranquila y abrazar
a su madre", comenta.
Para la religiosa, Michelle es otro
de los rostros representativos de la realidad contra la que lucha en Brasil, la
trata. Recuerda que la joven estaba en el campo de refugiados y después del
primer día no apareció en el curso de capacitación. La joven le dijo que
"quería ir, pero no podía porque trabajaba en el semáforo, pidiendo por
las calles para subsistir. Es un ejemplo de menores con los que se
trafica, de esos bebés que desaparecen a diario para comerciar con sus
órganos o de los que sufren violencia sexual".
Junto con Gineth o Michelle, Quintans menciona el caso
de Iscar como otro de esos niños y niñas "que abrazan
a Cristo crucificado, recuerdan cada día su luz y esperanza y enseñan
a creer que Dios está vivo. Tras cruzarla frontera, sola y con 16 años,
logró escolarizarse y estudiar, y hoy llora contando su experiencia y
dando gracias a Dios por ayudarle a perdonar al hermano que la maltrató",
menciona.
El hombre como hijo de Dios, un rasgo diferencial
"Me siento feliz de ser franciscana misionera del
Divino Pastor, donde nos diferencia el colocar al ser humano como hijo
de Dios en el centro", expresó este mes de
enero con motivo de la Jornada de la Infancia Misionera. Un ser humano,
continuó, "que no es un número ni responde a un proyecto definido, sino a
un amor infinito de Dios".
La religiosa valoró sus años en la misión como "una
vida bella, maravillosa y que el mundo necesita", en la que lo
relevante "no es que seamos tantísimos, sino que los que lo seamos respondamos
a ese amor de Dios".
Para la franciscana, la misión "es una vida que
vale la pena vivir cuando se vive como un don", donde "no hace falta
que seamos muchos, sino que los que somos respondamos a ese amor de Dios. [Su
belleza] le dice al mundo que no hace falta tener tanto y que es
maravilloso cuidar de quien no quiere hacerse cargo la sociedad. Es tan
bonito que le diría al mundo que no tenga miedo, tanto que lo viviría
de nuevo", concluye.
Fuente: ReL





