23 – Abril. Sábado de la Octava de Pascua
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Evangelio según san Marcos 16,
9-15
Resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando. Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo. También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
Comentario
En el evangelio de san Marcos que
la Iglesia nos invita a considerar hoy, llama poderosamente la atención el
contraste entre la incredulidad de los apóstoles ante las noticias que van
recibiendo de la resurrección de Jesús, frente a la confianza que el Señor
vuelve a depositar en ellos encargándoles el mandato misionero: “Id al mundo
entero y predicad el Evangelio a toda criatura”.
Esta falta de fe de los
discípulos no es algo querido por el Señor, que, de hecho, les reprocha “su
incredulidad y dureza de corazón”, pero tampoco es un obstáculo insalvable para
hacer de ellos los instrumentos de difusión del Evangelio por todo el mundo.
Tampoco es nueva esta falta de fe
en los once, pero Jesús siempre da una oportunidad más para volver a empezar y
vuelve a confiar en ellos.
Resulta conmovedor ver cómo el
Señor no solo olvida e incluso perdona estas faltas, sino
que, además, pone en sus manos una misión todavía mayor: anunciar la obra de la
Salvación a todos los hombres.
Jesús, cuando nos invita a ser
sus apóstoles –y recordemos que todos los cristianos recibimos esta llamada con
el Bautismo–, no se fija en lo que no tenemos o en lo que flaqueamos, sino que
nos proyecta hacia el futuro con una confianza infinita en la obra que el
Espíritu Santo hará en cada uno de nosotros, si luchamos por dejarle hacer en
nuestra vida.
Ojalá sepamos nosotros también
confiar en las personas que tenemos a nuestro alrededor, viendo, con los ojos
de Cristo, toda la potencialidad para hacer el Bien que tiene cada hijo de
Dios.
Pablo Erdozáin
Fuente: Opus Dei






