29 – Mayo. VII Domingo de Pascua. Ascensión del Señor
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Evangelio según san Lucas 24,
46-53
Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».
Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo.
Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran
alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
Comentario
En estas palabras de Jesús, con
las que termina el Evangelio según san Lucas, se compendian los grandes temas
que están en el corazón de la fe y la misión de la Iglesia: Cristo murió y
venció la muerte, para que todos se salven. El «éxodo» del que Jesús hablaba
con Moisés y Elías en la transfiguración (cf. Lc 9,31), se ha cumplido en
Jerusalén. Desde allí envía a los apóstoles, revestidos con la fuerza de aquel
«al que mi Padre ha prometido», es decir, el Espíritu Santo, a predicar en todo
el mundo la conversión para el perdón de los pecados (vv. 46-49).
Ellos fueron testigos de «todas
estas cosas» (v. 48), ya que vieron la crucifixión y a Jesús Resucitado, así
que pueden entender las Escrituras que hablan del misterio de Cristo, del Hijo
de Dios hecho hombre, muerto por nosotros y resucitado, vivo para siempre y
garantía de nuestra vida eterna. «Este es el testimonio –hecho no sólo de
palabras sino también con la vida cotidiana, dice el Papa Francisco–, el
testimonio que cada domingo debería salir de nuestras iglesias para entrar
durante la semana en las casas, en las oficinas, en la escuela, en los lugares
de encuentro y de diversión, en los hospitales, en las cárceles, en las casas
para ancianos, en los lugares llenos de inmigrantes, en las periferias de la
ciudad... Este testimonio nosotros debemos llevarlo cada semana: ¡Cristo está
con nosotros; Jesús subió al cielo, está con nosotros; Cristo está vivo!»[1].
«Los sacó hasta cerca de Betania
y levantando sus manos los bendijo. Y mientras los bendecía, se alejó de ellos
y comenzó a elevarse al cielo. Y ellos le adoraron y regresaron a Jerusalén con
gran alegría» (vv. 50-52). La reacción de los Apóstoles es sorprendente, lo más
lógico es que se sintieran desconcertados y abrumados, porque Jesús se estaba
separando definitivamente de ellos y se quedaban solos en la tierra, con una
tarea por delante que superaba por completo sus fuerzas y capacidades, y, a la
vez, debiendo afrontar las mismas dificultades con las que se había encontrado
el Maestro, Además, si todas las despedidas son penosas, el adiós definitivo de
Jesús en este mundo, los debería haber llenado de tristeza. Sin embargo, ¿cómo
es posible que «regresaran con gran alegría» (v. 52)?
Benedicto XVI hace notar que si
los discípulos vuelven alegres es porque «no se sienten abandonados; no creen
que Jesús se haya como disipado en un cielo inaccesible y lejano.
Evidentemente, están seguros de una presencia nueva de Jesús. (…) La alegría de
los discípulos después de la “ascensión” corrige nuestra imagen de este
acontecimiento. La “ascensión” no es un marcharse a una zona lejana del cosmos,
sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que
les produce una alegría duradera»[2].
A la vez, están alegres porque
son conscientes del gran bien que esa Ascensión trae consigo para toda la
humanidad que, en Cristo, está llamada a participar de la gloria de la
divinidad. Por eso, dice San León Magno, «cuando el Señor subió al cielo, los
apóstoles no sólo no experimentaron tristeza alguna, sino que se llenaron de
gran gozo. Y es que en realidad fue motivo de una inmensa e inefable alegría el
hecho de que la naturaleza humana, en presencia de una santa multitud,
ascendiera por encima de la dignidad de todas las criaturas celestiales, (…)
por encima de los mismos arcángeles, sin que ningún grado de elevación pudiera
dar la medida de su exaltación, hasta ser recibida junto al Padre, entronizada
y asociada a la gloria de aquel con cuya naturaleza divina se había unido en la
persona del Hijo»[3].
Con la Ascensión de Jesús se alimenta nuestra esperanza de participar también
en la plenitud de vida junto a Dios en la gloria celestial.
[2] Joseph Ratzinger - Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Encuentro, Madrid 2011), cap. 9.
[3] S. León Magno, Sermo 1 de ascensione Domini, 4.
Francisco Varo
Fuente: Opus Dei
28 mayo 2022






