27 – Mayo. Viernes de la VI semana de Pascua
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Evangelio
según san Juan 16, 20-23ª
En verdad, en
verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará
alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en
alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha
llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por
la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora
sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie
os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada.
Comentario
Jesús encarece
a sus discípulos para que no se vengan abajo al experimentar la tristeza y el
desprecio, pruebas por las que hay que pasar para llegar al gozo final. El
mismo Pedro, que se acobardó por ser reconocido como discípulo del Maestro y
luego lloró amargamente su pecado (cf. Lucas 22,54-62), alabará la
actitud valiente de los primeros cristianos: “Por eso os alegráis, aunque
ahora, durante algún tiempo, tengáis que estar afligidos por diversas pruebas”
(1 Pedro 1,6).
La mujer que
va a dar a luz asume su sufrimiento pues sabe que es camino para una nueva
vida. Es bien expresiva esta imagen y tiene la fuerza de evocar momentos
destacados de la historia de la salvación. Ya Dios había dicho a la primera
mujer después del primer pecado: “Multiplicaré los dolores de tus embarazos;
con dolor darás a luz tus hijos” (Génesis 3,16). Pero también Dios, en
aquel trágico momento, dijo al instigador del pecado: “Pondré enemistad entre
ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo” (Génesis 3,15). Y en la plenitud
de los tiempos vino Jesús, nacido de mujer (cf. Ga 4,4). María, Madre
y Virgen, lo dio a luz sin dolor. Pasado el tiempo, al pie de la Cruz, le llegó
a María “su hora”: experimentó el dolor de ser Madre, haciendo suyo el dolor
del Hijo. Pasó a ser así medianera de la Redención. No hubo dolor como su dolor
(cf. Lamentaciones 1,12), pues estuvo colmado por un amor capaz de
cooperar en dar a luz para la vida cristiana a millones y millones de hombres y
mujeres de todas las razas, de todos los tiempos.
Llenos de fe,
también nosotros nos sabemos mirados por Cristo resucitado, y renacidos por
medio del Bautismo, vivimos la vida de los hijos de Dios. Podemos experimentar
las pruebas del dolor y la aflicción, pero no queremos que nada ni nadie nos
robe la alegría, como a menudo nos ha recordado el Papa Francisco. Vienen al
caso las palabras con las que encabezaba su primera Exhortación apostólica: “La
alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se
encuentran con Jesús” [1].
[1].
Francisco, Evangelii gaudium, n. 1.
Josep
Boira
Fuente: Opus
Dei






