19 – Junio. Domingo. Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
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Evangelio según san Lucas 9,
11b-17
Jesús los acogía, les hablaba del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación.
El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado».
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer».
Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente». Porque eran unos cinco mil hombres.
Entonces dijo
a sus discípulos: «Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada
uno».
Lo hicieron así y dispusieron que se
sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y
alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se
los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron
todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de
trozos.
Comentario
Los evangelios retratan con
frecuencia a Jesús llevado de su inmenso amor por la gente, acogiendo a todos,
predicando el Reino de Dios con paciencia y curando a los enfermos que le
presentaban. En el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces,
Jesús también se preocupa de su indigencia material. Como explica el Papa
Francisco, “su compasión no es un vago sentimiento; muestra en cambio toda la
fuerza de su voluntad de estar cerca de nosotros y de salvarnos. Jesús nos ama
mucho, y quiere estar con nosotros. Según llega la tarde, Jesús se preocupa de
dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y cuida de
cuantos le siguen”[1].
El milagro de la multiplicación,
que todos los evangelistas quisieron consignar, fue un preludio del derroche de
amor de Jesús en la Eucaristía. De hecho, la escena está cargada de significado
eucarístico. Por un lado, Jesús alimentó a la muchedumbre en un lugar desierto.
Con este acto de bondad rememoraba y actualizaba el amor providente de Dios narrado
en el Éxodo, cuando alimentó a Israel con el misterioso maná que
bajaba del cielo cada día (cfr. Ex 16,1ss.) como preludio del verdadero pan del
cielo de la Eucaristía (cfr. Jn 6,30ss.).
Por otro lado, los gestos de
Jesús sobre los panes −“levantó los ojos al cielo y pronunció la bendición
sobre ellos, los partió y empezó a dárselos” (v. 16)−, recordaban los gestos
que hacía el cabeza de familia en las casas de Israel y prefiguraban los gestos
de la institución de la Eucaristía en la última cena (cfr. 1Co 11, 23-26; Mc
14,12-26; Mt 26,17-20 y Lc 22,7-39). Eran los mismos gestos de la fracción del
pan que haría el resucitado, a la mesa, con los discípulos de Emaús (cfr. Lc
24,30). Los mismos gestos, en definitiva, que repiten los sacerdotes en cada Misa.
El amor de Jesús mostrado aquella tarde de la multiplicación se extendería así
en el espacio y el tiempo. En este sentido, Santa Teresita del Niño Jesús
explicaba de modo sorprendente que “Dios no baja del cielo todos los días para
quedarse en un copón dorado, sino para encontrar otro cielo que le es
infinitamente más querido que el primero: el cielo de nuestra alma, creada a su
imagen, y Templo vivo de la adorable Trinidad”[2].
Con el milagro de la
multiplicación, cerca de cinco mil personas quedaron saciadas e incluso sobró
mucho: “doce cestos de trozos”. Este hecho, seguramente previsto por Jesús,
además de reflejar el cuidado del Maestro por las cosas pequeñas, simbolizaba
también la gran abundancia de los tiempos mesiánicos que anunciaron los
profetas (cfr. Is 25,6; Sal 78,19-20), y anticipaba el sobreabundante amor de
Jesús por los hombres, cumplido en el sacrificio de la cruz y perpetuado en la
Eucaristía.
Por último, Jesús quiso hacer
partícipes a los discípulos de su amor servicial por las muchedumbres. Por eso
cuando ellos pretenden despedir a la gente, Jesús le dice: “dadles vosotros de
comer”. Porque como dice el Papa Francisco “el Señor nos hace recorrer su
camino, el del servicio, el de compartir, el del don, y lo poco que tenemos, lo
poco que somos, si se comparte, se convierte en riqueza, porque el poder de
Dios, que es el del amor, desciende sobre nuestra pobreza para transformarla.
(…) Así que preguntémonos al adorar a Cristo presente realmente en la
Eucaristía: ¿me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor, que se da a mí, me
guíe para salir cada vez más de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo
de dar, de compartir, de amarle a Él y a los demás?”[3].
[2] Santa Teresita del Niño Jesús, Historia de un alma, Manuscrito A, Cap. V.
[3] Papa Francisco, Homilía, 30 de mayo de 2013.
Pablo M. Edo
Fuente: Opus Dei






