5 – Julio. Martes de la XIV semana del Tiempo Ordinario
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Evangelio según san Mateo 9,
32-38
Estaban ellos todavía saliendo cuando le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló.
La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual».
En cambio, los fariseos decían: «Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice
a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son
pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Comentario
Nos dice el evangelio de hoy que
“Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas,
predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias”.
Jesús quiere hacer el bien a
todos sin distinción. Al Señor no le importa que algunos se opongan y
critiquen. Tampoco logran frenar su afán de almas los blasfemos quienes, ante
la evidente eficacia de sus milagros y exorcismos, le acusan de obtener esos
poderes del diablo.
El Señor manifiesta siempre una
infinita esperanza en los hombres y en la eficacia que tiene la acción de su
palabra y de su gracia en ellos. Por eso el evangelio aclara que curaba todas
las enfermedades y dolencias, y no solo algunas.
Ante el panorama actual que nos
toca vivir y llevar a Dios, puede asomar el desconsuelo y el desaliento en
nuestros corazones. Pero podemos pedirle a Jesús que nos transmita y contagie
el afán evangelizador tan esperanzado que él siempre posee.
De hecho, cuando Jesús mira al
mundo, no ve un erial ni un desierto donde no hay mucho que hacer. Al
contrario, para Jesús el mundo es como un campo lleno de mies ya dispuesta para
ser recogida.
Lo único que hace falta es que
más gente se decida a trabajar por Cristo con su misma esperanza y diligencia.
Y hasta esto también resulta fácil para Dios: basta rogarle a Él, dueño de la
mies, de las almas, que envíe más obreros a trabajar por ellas.
Pablo M. Edo
Fuente: Opus Dei






