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Al salir de la sinagoga, los fariseos planearon el modo de acabar con Jesús. Pero Jesús se enteró, se marchó de allí y muchos lo siguieron.
Él los curó a todos, mandándoles que
no lo descubrieran. Así se cumplió lo dicho por medio del profeta
Isaías: «Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco.
Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No
porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña
cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el
derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones».
Comentario
Si comprendierais lo que
significa “quiero misericordia y no sacrificio”, no condenaríais a los
inocentes
El pasaje del evangelio que nos
presenta la liturgia en el día de hoy describe a Jesús tratando de tocar el
corazón endurecido de los fariseos. Las controversias entre Jesús y este grupo
son bastante frecuentes. El texto muestra la acción de Cristo como pedagogo,
unida al ser de su corazón compasivo. Con ello, remarca el cumplimiento de las
profecías marcadas en el Antiguo Testamento, como es el caso citado del profeta
Isaías.
Estos fariseos andan un tanto
ciegos, centrados en el cumplimiento de una ley. Cumplir una norma, sin darle
una clave evangélica nos lleva a distorsionar la realidad. Quieren acabar con
el Autor de la vida. Se lo quieren quitar de encima: «Acechemos al justo, que
nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las
faltas contra la ley y nos reprende contra la educación recibida; presume
de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios» (Sb 2,12-13).
Para comprender mejor la trama
que se da en esta escena sería bueno leer el capítulo desde el principio. Nos
abre el horizonte y nos centra en el motivo de tensión por el cual los fariseos
andan incómodos con Jesús. Primer matiz, es sábado. Hay cansancio y hambre en
el discipulado. Sin embargo, la Ley hay cosas que no permite, y eso lleva a que
los fariseos manifiesten su postura. Jesús le plantea el corazón del Reino de
Dios. Abrir la mente a la misericordia y ver al otro como a un hermano, eso te
lleva a entregarte no a condenar.
El Maestro plantea una cuestión
importante. La vida de un animal frente a la vida de un ser humano. El ser
humano es «imagen y semejanza de Dios» principio fundamental y clave, por la
cual, sana al que tenía la mano paralizada en el Templo. Jesús no cierra su
corazón ante dos realidades concretas que se han presentado: hambre y necesidad
de sanar. Templo unido al cumplimiento de la Ley, frente al mandato de vivir
centrados en el amor, que nos habla de tener un corazón de carne, un corazón
que humaniza. Así, de este modo, se le da el cumplimiento a la profecía de
Isaías 42. «En su Ley esperan las islas» (Is 42,4). Es el anhelo que tiene todo
ser humano, que el Reino que predica Jesús, esté ya en medio de nosotros. Justicia,
paz, solidaridad, fraternidad, amor, libertad, se den en nuestra realidad
humana. Abrir los ojos a los ciegos, sacar del cautiverio a aquellos que se
encuentran en callejones sin salida, de la prisión a los que vagan por sendas
de tiniebla. Dar luz, esperanza, horizontes nuevos que hablan de sentido y
plenitud de vida.
Esa es la respuesta comprometida
que plantea Jesús a la controversia con el cumplimiento de la Ley. Hazte
humano, sensible a la necesidad de tu hermano y no te cierres a tus intereses particulares.
Este «varón de dolores» sabe de lo que habla. Está injertado en el dolor de su
pueblo y nos lleva a actuar con entrañas de compasión. Anda ve tú y haz lo
mismo.
Fuente: Dominicos






