12 – Agosto. Viernes de la XIX semana del Tiempo Ordinario
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Evangelio según san Mateo 19, 3-12
Se acercaron a Jesús unos fariseos y le preguntaron, para ponerlo a prueba: «¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo?».
Él les respondió: «¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”? De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
Ellos insistieron: «¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?».
Él les contestó: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió
Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así. Pero
yo os digo que, si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— y se
casa con otra, comete adulterio».
Los discípulos le replicaron: «Si esa es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
Pero él les dijo: «No todos
entienden esto, solo los que han recibido ese don. Hay eunucos que
salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay
quienes se hacen eunucos ellos mismos por el reino de los cielos. El que pueda
entender, entienda».
Comentario
Muy actual nos resulta esta cuestión que unos fariseos plantearon
a Jesús. Parece que, al igual que hoy, por entonces, en los tiempos y culturas
antiguas, el divorcio estaba a la orden del día, incluso “por cualquier
motivo”. Y en un pasado más remoto, debió de ser algo tan difundido, que hasta
Moisés, en Israel, tuvo que legislarlo, para ponerle freno, como mal menor. Sin
embargo, Jesús, en su respuesta, se remonta no ya al pasado, sino al origen de
todo, cuando el mismo Dios estableció la unión indisoluble entre hombre y
mujer. El modelo de esta alianza será la fidelidad de Dios con su pueblo. Así
lo expresa el profeta: “Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo
en justicia y derecho, en amor y misericordia. Te desposaré conmigo en fidelidad,
y conocerás al Señor” (Oseas 2,21-22). La expresión “a no ser por
fornicación” no expresa que una infidelidad podría ser causa de divorcio. El
término utilizado en griego, la lengua original del texto evangélico, se
refiere más bien a una unión ilegítima que no se puede sanar, (por ejemplo, el
incesto), y que, por lo tanto, hay que disolverla. No se trataría de una
excepción a la indisolubilidad.
El Creador quiere y bendice el matrimonio, para la felicidad de
los esposos y de los hijos, y el bien de la entera comunidad humana. Es una
vocación divina y, como tal, exige discernimiento, preparación, y una voluntad
decidida de buscar el bien del otro y de la familia, de perseverar un día y
otro en el amor mutuo. Todo con la ayuda de la gracia divina, para superar las
dificultades del camino. Podríamos decir que Jesús “sufre” con cada infidelidad
y ruptura: “El Señor es testigo entre ti y la esposa de tu juventud (...),
siendo ella tu compañera, la esposa comprometida por tu alianza. ¿Es que no
hizo una sola cosa de carne y espíritu? Y ¿qué busca esta unidad? Una
posteridad concedida por Dios (Malaquías 2,14-16).
Podemos imaginar el hogar de Nazaret: allí, Jesús niño y
adolescente, fue testigo del amor delicado de María y José. En su perfecta
humanidad, “crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los
hombres” (Lucas 2,52), bajo el amparo del ejemplo de sus padres.
Josep Boira
Fuente: Opus Dei






