26 – Agosto. Martes. Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, virgen
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Evangelio
según san Mateo 25, 1-13
Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban
preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más
tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor,
ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os
conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».
Comentario
Jesús sigue
exhortando a una vida de vela activa. Lo hace ahora con una parábola sobre unas
bodas. El esposo está por llegar y un cortejo de vírgenes está esperando para
acompañarle con sus lámparas encendidas. El relato nos dice que el novio se
retrasa, y con ello se aclara la idea general sobre la que Jesús quiere ofrecer
su enseñanza: las bodas son el Reino de los Cielos; el esposo es Cristo que
vendrá al final de los tiempos a juzgar y retribuir a cada uno según sus obras;
el momento de la llegada es incierto y de ahí la necesidad de permanecer en
vela. La parábola, así, nos interpela a través del tiempo: invitados a una vida
de comunión con Dios, para poder acceder a su Reino debemos permanecer en vela,
demostrando así nuestros deseos.
San Pablo dice
a los de Tesalónica que no duden que Cristo vendrá en gloria, pero que la forma
de esperar esa Parusía bien preparados es vivir con amor las obligaciones de
cada instante (cfr. 1Ts 4,1-12). Tenemos una misión encomendada: dirigir a
Cristo todas nuestras actividades, hacer que sea él el corazón de nuestro
obrar, para que todo pueda ser en él recapitulado, vivificado y elevado al
Padre. Dios cuenta con nosotros para avanzar en la instauración de su Reino
entre los hombres. Para ello debemos tomarnos en serio esta vida, viviéndola
con la conciencia de que el bautizado puede pensar como Cristo, puede pensar
las cosas de arriba (cfr. Col 3,1-3), al mismo tiempo que ama este mundo, ya
que Cristo, cabeza de la Iglesia, está sentado a la derecha del Padre.
No sabemos ni
el día ni la hora. Pero sí sabemos que la caridad no tiene ni día ni hora:
sabemos que toda nuestra existencia es vocación al amor y, por tanto, no
tenemos que esperar ocasiones señaladas o especiales para amar. El cristiano no
vive calculando o dividiendo su vida en compartimentos estancos, como si alguno
de ellos fuese ajeno a Dios. Nada nuestro le es ajeno: nos espera en todo lo
que hacemos, pensamos y sentimos, las veinticuatro horas del día. Si queremos
ser luz de Cristo en el mundo, el amor de Cristo ha de estar presente en toda nuestra
existencia: nuestro sentir ha de ser el sentir de Cristo.
Juan Luis Caballero
Fuente: Opus
Dei






