A veces caminamos a tientas o nos olvidamos de lo que nos mueve o nos hace creer. La comunicadora Luisa Restrepo nos recuerda dónde debe estar puesta nuestra fe
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Nuestra
fe se trata del encuentro no con una idea o con un proyecto de vida, sino con
una persona viva que transforma nuestra vida, revelándonos nuestra verdadera
identidad de hijos de Dios.
El encuentro con Cristo renueva nuestras relaciones humanas,
orientándolas según la lógica del amor, pues creer no es algo que solo
afecta a nuestro saber intelectual, sino que es un cambio que involucra la
vida, la totalidad de nosotros mismos: sentimientos,
corazón, inteligencia, voluntad, corporeidad, emociones y relaciones.
Debemos preguntarnos: ¿la fe es
verdaderamente la fuerza transformadora en nuestra vida? ¿O es solo uno de los
elementos que forman parte de la existencia, sin ser el determinante?
Nuestra
fe en un Dios que es amor, y que se ha hecho cercano al hombre encarnándose y
donándose, nos muestra que solo en el amor está la plenitud.
Nuestra fe cristiana no limita, sino que humaniza nuestra vida.
La fe es acoger este
mensaje transformador, es acoger la revelación de Dios,
que nos hace conocer quién es Él, cómo actúa, cuáles son sus proyectos para
nosotros.
Dios
mismo es quien se auto-comunica, se hace accesible a nosotros y nos hace
capaces de escuchar su Palabra y de recibir su verdad. Por la fe y por el amor
que profesamos, Dios crea en nosotros —a través del Espíritu Santo— las
condiciones adecuadas para que podamos reconocer su Palabra.
Dios mismo, en su voluntad de entrar en contacto con nosotros, de
hacerse presente en nuestra historia, nos hace capaces de escucharlo y de
acogerlo. San Pablo en 1 Ts 2, 13 nos dice:
Damos
gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la Palabra de Dios, que os
predicamos, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como
Palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes.
Las palabras y obras de Dios a lo largo de la
historia de la humanidad y de nuestra historia concreta, permanecen.
Él las ha pronunciado y realizado para propiciar nuestra fe, para que
escuchemos, para que creamos, y creyendo, podamos hacer lo mismo que Él.
Pero,
¿dónde hallamos la fórmula esencial de la fe? ¿Dónde encontramos las verdades
que constituyen la luz para nuestra vida cotidiana? La respuesta es sencilla: en el Credo.
En la profesión de fe o símbolo de la fe nos enlazamos con la
persona y la historia de Jesús. Como nos dice Benedicto XVI:
También
hoy necesitamos que el Credo sea mejor conocido, comprendido y orado. Sobre
todo es importante que el Credo sea, por así decirlo, «reconocido». Conocer, de
hecho, podría ser una operación solamente intelectual, mientras que «reconocer»
quiere significar la necesidad de descubrir el vínculo profundo entre las
verdades que profesamos en el Credo y nuestra existencia cotidiana a fin de que
estas verdades sean verdadera y concretamente -como siempre lo han sido- luz
para los pasos de nuestro vivir, agua que rocía las sequedades de nuestro
camino, vida que vence ciertos desiertos de la vida contemporánea.
Es fundamental volver a Dios para redescubrir el mensaje
de nuestra fe y hacerlo entrar, de forma más profunda y
convencida, en nuestra vida cotidiana.
Luisa Restrepo
Fuente: Aleteia






