24 – Febrero. Viernes después de la Ceniza
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Evangelio
según san Mateo 9, 14-15
Los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
Jesús les
dijo: «¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo
está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces
ayunarán.
Comentario
El esposo ya
nos ha sido arrebatado. Ya ha llegado el tiempo en el que los cristianos, igual
que los discípulos de Juan y los fariseos, hemos de sujetarnos también a la
disciplina y al ayuno.
Claro que la
nueva Ley -que es ley para hijos de Dios, para mujeres y hombres renovados por
la fuerza del Espíritu Santo- no está sujeta a la letra y a las complicaciones
de la vieja casuística. Nada volverá a ser igual que antes porque Cristo lo ha
cambiado todo. Cristo ha extirpado nuestros corazones de piedra. Jesús ha
muerto por amor. Ha dejado traspasar su Corazón con una lanza. Ha entregado hasta
la última gota de su Sangre. Y, donde había piedra, nos ha implantado un
corazón de carne y nos ha transfundido su propia Sangre derramada por amor.
Los
cristianos, ayunamos y mortificamos nuestro cuerpo redimido, como hijos de
Dios. No actuamos como funcionarios que conocen perfectamente sus competencias
(aunque seamos ministros suyos). No nos comportamos como militares
que practican obedientemente las órdenes mandadas (aunque, en efecto, también
pertenezcamos a la milicia de Cristo). Y menos como esclavos, que
mansos y sumisos acatan la voluntad de su amo (aunque sea muy cierto que, con
la humildad de María, deseamos ser y sentirnos esclavos del Señor).
El nuevo motor
del ayuno cristiano solo puede ser uno: el amor, la identificación con Cristo
Jesús crucificado, muerto, sepultado. Durante la Cuaresma nos preparamos con
penitencia y ayuno para celebrar estos misterios durante la Semana Santa. Pero
lo hacemos todo por Cristo, con Él y en Él. La iglesia nos invita en este día
de hoy a abstenernos de comer carne. Y nuestro nuevo corazón de carne nos
invitará quizá a algo más.
No nos
olvidamos nunca que somos hermanos del Resucitado. Enseguida llegará la Pascua
en la que celebraremos todo con la alegría del Resucitado. Pero cada
celebración tiene su tiempo. Y ahora toca ayunar.
José María García Castro
Vatican News






