22 – Agosto. Martes. Bienaventurada Virgen María Reina
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Evangelio según san Lucas 1, 26-38
En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».
María contestó: «He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.
Comentario
Hoy celebramos la fiesta de Santa
María Reina. María es Reina por ser Madre de Jesús, Rey del Universo. La fiesta
de hoy fue instituida por el Papa Pío XII en 1954 para venerar a María como
Reina, igual que se hace con su Hijo, Cristo Rey.
El Evangelio de San Lucas nos
presenta a María, una muchacha de Nazaret, un pueblo minúsculo de Israel. En
esa muchacha de aquel pueblecito lejano, alejada de los focos del mundo, se
posó la mirada del Señor, que la había elegido para ser la madre de su Hijo.
La historia de María es así la
historia de un Dios que sorprende. Y María se deja sorprender ante el anuncio
del Ángel, no oculta su admiración. Es el asombro de ver que Dios quiere
hacerse hombre, y que la ha elegido precisamente a Ella, para ser su madre. Una
sencilla muchacha de Nazaret, que no vive en los palacios del poder y de la
riqueza, que no ha hecho cosas extraordinarias.
Es el asombro de ver que Dios
está enamorado de ella: es la llena de gracia. Esta expresión, “llena de
gracia”, tan familiar para el pueblo cristiano, es un saludo de gran
profundidad, porque le recuerda la grandeza de su vocación: Ella ha sido
elegida para ser la Madre de Dios y por ello ha sido preservada del pecado
original en el instante mismo de su Concepción. La "llena de gracia"
es el nombre que Dios mismo le da para indicar que desde siempre y para siempre
es la amada, la escogida para acoger el don más precioso, Jesús, el amor encarnado
de Dios.
Contemplando a nuestra Madre
Inmaculada, bella, totalmente pura, humilde, sin soberbia ni presunción,
podemos reconocer nuestro destino verdadero, nuestra vocación más profunda: ser
amados, ser transformados por el amor, por la belleza de Dios. Dios ha puesto
su mirada de amor sobre cada uno de nosotros, con nombre y apellidos. De la
misma manera que a María, Él nos ha elegido antes de la creación del mundo,
para ser santos e inmaculados.
La Virgen María está abierta a
Dios, se fía de él, aunque no lo comprenda del todo: se deja sorprender.
"He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,
38). Esa es su respuesta. Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas,
pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: fíate de mí, no tengas miedo,
déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme. Él espera que nos dejemos
sorprender: en la sencillez, en la humildad de nuestra vida. Ahí quiere
manifestarse.
Consideremos ahora la realeza de
María que no es como la de otros reyes. Tal y como afirma el papa Benedicto XVI
“Ella participa en la responsabilidad de Dios respecto al mundo y en el amor de
Dios por el mundo. Hay una idea vulgar, común, de rey o de reina: sería una
persona con poder y riqueza. Pero este no es el tipo de realeza de Jesús y de
María. Pensemos en el Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido
de humildad, servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar.” Esta actitud
de servicio es la que nos incentiva a acudir con frecuencia a María, que puede
interceder por nosotros, como Madre y como Reina. María tiene un poder real,
pero lo pone al servicio de sus hijos, con profunda humildad. San Josemaría lo
expresaba así: “Es justo que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo coronen a
la Virgen como Reina y Señora de todo lo creado. —¡Aprovéchate de ese poder! y,
con atrevimiento filial, únete a esa fiesta del Cielo.” [2]
En la fiesta de hoy, acudamos a
nuestra Madre, santa María Reina, qué con su poder real, nos consigue las
gracias necesarias en nuestro camino hacia el Cielo.
[2] San Josemaría. Forja, 285
Luis Cruz
Fuente: Opus Dei






