26 – Octubre. Jueves de la XXIX semana del Tiempo Ordinario
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Evangelio según
san Lucas 12, 49-53
He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!
Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino
división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos
y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo
contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra
contra su nuera y la nuera contra la suegra».
Comentario
Jesús se dirige a sus discípulos desvelándoles los deseos más profundos de su corazón: sus ansias incontenibles de dar la vida por amor a todos los hombres, amor que está simbolizado en la imagen del fuego. Jesús es luz del mundo (cf. Juan 8,12), y es también fuego y calor. Dios se presentó bajo la imagen de una zarza que ardía sin consumirse ante la admiración de Moisés (cf. Éxodo 3,2-3), manifestando así sus ansias de liberar a su pueblo de la opresión del poder del faraón.
Moisés fue portador de ese fuego divino, fuego que siguió ardiendo a lo
largo de toda la historia de la salvación, hasta el momento culminante en que
Jesús, en el Calvario, recibió “un bautismo”, aquel que tanto ansiaba recibir,
cuando murió en la Cruz, para liberar a todos de la opresión del pecado.
Cincuenta días
después de aquella nueva pascua que tuvo lugar en el monte Calvario, durante la
fiesta de Pentecostés, vino el Espíritu Santo sobre los discípulos bajo la
forma de lenguas de fuego. Los apóstoles, llenos del Espíritu de Dios,
anunciaron a Jesús, y aquel día fueron bautizadas unas tres mil almas (cf.
Hechos de los Apostóles, 2). Era un nuevo bautismo, por el que aquellos
peregrinos y todos los cristianos hemos recibido el fruto de la redención que
nos ganó Jesús en la Cruz.
Pero Jesús
sabía que ese fuego de amor salvífico iba a encontrar obstáculos, provocando
división incluso dentro de una misma familia. Ya el anciano Simeón, ante Jesús
niño, después de proclamarlo como salvador de todos los pueblos, anunció a
María que sería también “signo de contradicción” (Lucas 2,34). Pero esa
división no prevalecerá: el fuego y la luz son más intensos que el frío y las
tinieblas. Los cristianos, por el bautismo, somos portadores de ese mismo fuego
de Jesucristo, apóstoles, por vocación divina. Como nos dice san Josemaría:
“Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los
sembradores impuros del odio. –Y enciende todos los caminos de la tierra con el
fuego de Cristo que llevas en el corazón”[1].
[1] San
Josemaría, Camino, n. 1.
Josep Boira
Fuente: Opus Dei






