El de un cristiano
corriente, de un hombre o una mujer común, es una gran catequesis que despierta
en los demás el hambre de Dios
El
apostolado cristiano —y me refiero ahora en concreto al de un cristiano
corriente, al del hombre o la mujer que vive siendo uno más entre sus iguales—
es una gran catequesis, en la que, a través del trato personal, de una amistad
leal y auténtica, se despierta en los demás el hambre de Dios y se les ayuda a
descubrir horizontes nuevos: con naturalidad, con sencillez he dicho, con el
ejemplo de una fe bien vivida, con la palabra amable pero llena de la fuerza de
la verdad divina.(Es Cristo que pasa 149)
Jesús
se ha ido a los cielos. Pero el cristiano puede, en la oración y en la
Eucaristía, tratarle como le trataron los primeros doce, encenderse en su celo
apostólico, para hacer con El un servicio de corredención, que es sembrar la
paz y la alegría. Servir, pues: el apostolado no es otra cosa. Si contamos
exclusivamente con nuestras propias fuerzas, no lograremos nada en el terreno
sobrenatural; siendo instrumentos de Dios, conseguiremos todo: todo lo puedo en
aquel que me conforta . Dios, por su infinita bondad, ha dispuesto utilizar
estos instrumentos ineptos. Así que el apóstol no tiene otro fin que dejar
obrar al Señor, mostrarse enteramente disponible, para que Dios realice —a
través de sus criaturas, a través del alma elegida— su obra salvadora. (Es Cristo
que pasa, 120)
Cristo
nos enseñó, definitivamente, el camino de ese amor a Dios: el apostolado es
amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás. La vida interior supone
crecimiento en la unión con Cristo, por el Pan y la Palabra. Y el afán de apostolado
es la manifestación exacta, adecuada, necesaria, de la vida interior. Cuando se
paladea el amor de Dios se siente el peso de las almas. No cabe disociar la
vida interior y el apostolado, como no es posible separar en Cristo su ser de
Dios-Hombre y su función de Redentor. El Verbo quiso encarnarse para salvar a
los hombres, para hacerlos con El una sola cosa. Esta es la razón de su venida
al mundo: por nosotros y por nuestra salvación, bajó del cielo, rezamos en el
Credo.
Para
el cristiano, el apostolado resulta connatural: no es algo añadido,
yuxtapuesto, externo a su actividad diaria, a su ocupación profesional. ¡Lo he
dicho sin cesar, desde que el Señor dispuso que surgiera el Opus Dei! Se trata
de santificar el trabajo ordinario, de santificarse en esa tarea y de
santificar a los demás con el ejercicio de la propia profesión, cada uno en su
propio estado.
Hemos
de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: éste es
cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático,
porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque
manifiesta sentimientos de paz, porque ama.(Es Cristo que pasa, 122)
Fuente: Catholic.net






