Jamás me creí capaz, hasta que me
vi allí
«¿Qué
hago yo aquí?», se preguntó Carlos nada más bajar del avión. Acababa de llegar
a Etiopía. Comenzaban tres años de misión que cambiarían su vida. Carlos
Córdoba es laico y la llamada a la misión le había llevado a posponer una
posible boda.
«Al
llegar a mi destino final –Abobó, en la diócesis de Gambela–, me recibieron un
matrimonio y una laica consagrada, italianos. No conocía su idioma y me sentía
raro», recuerda.
En
Abobó, frontera con Sudán del Sur, «viven
en una cabaña, con tres o cuatro cabras y un pedacito de tierra. Los niños van
al colegio con un bolígrafo y un cuaderno».
Poco
a poco, Carlos se fue adaptando: «Jamás
me creí capaz de hablar las lenguas locales, hasta que me vi allí. Me enseñaron
los niños de la calle. Te das cuenta de que tus límites están más lejos de
donde tú los pones, y de que la vida está para gastarla».
El
joven trabajaba en un centro juvenil, realizaba labores pastorales, y ayudaba
en la gestión de un centro de salud. Uno de los mayores desafíos para los
misioneros es ayudar sin crear dependencia. «Tú no puedes solucionarles todo.
Vas a compartir la vida. Queremos que los protagonistas del desarrollo sean las
comunidades. Por eso, nosotros no tenemos proyectos propios», sino que van
donde lo piden las comunidades locales.
“¿Qué
buscas?”
Quien puso en contacto a Carlos con la misión de Abobó fue la asociación de laicos misioneros OCASHA-Cristianos con el Sur, que también le dio formación antes de enviarle. Se la recomendó un matrimonio de su parroquia, que había estado en Zambia y conocía la inquietud misionera que había ido surgiendo en este joven gracias a su implicación en la parroquia y al testimonio de su tío, que fue misionero en la región africana de los Grandes Lagos.
Carlos
volvió el pasado fin de semana a un encuentro de Ocasha, aunque esta vez para
ofrecer su experiencia y testimonio a otras personas con inquietud misionera. A
estos encuentros «viene gente que dice:
“Yo me quiero ir ya a la misión”. Pero tiene que haber un proceso serio de
discernimiento», explica el joven.
Durante
los encuentros, «explicamos nuestra actividad y nuestro compromiso, que es de
tres años. A ellos les preguntamos qué buscan y hacemos alguna dinámica de
autoconocimiento». Después se ofrecen unas jornadas de discernimiento «para ir
poco a poco encauzando la vocación misionera». Estas jornadas acaban en mayo
con un retiro espiritual y «se va viendo quién va a hacer el curso de
misionología de tres meses», último paso antes de ir a la misión.
Volver
pero acompañado
Los
tres años en Etiopía se le hicieron cortos a Carlos Córdoba. «Me acuerdo de
Abobó todos los días». En España sigue colaborando con OCASHA. «Me gusta
comunicar la alegría que he recibido, por si sirve a otra gente. Cuando cuentas
tu testimonio, la gente escucha. La misión es algo nuevo, Jesucristo es siempre
nuevo, y la gente tiene ganas» de escucharlo.
Carlos
piensa en volver algún día a la misión, pero no lo hará solo. Hace poco más de
un año se casó con Piedad, su antigua novia, que le esperó. El viaje de novios
fue a Abobó, donde «celebramos una segunda boda. Nos vistieron como lo hacen
ellos y tuvimos una fiesta. Me alegró ver que entendían por qué me había ido».
Fuente: Aleteia






