El hombre de hoy, más abierto a la
espiritualidad que a la religión, habla sobre todo de meditación. ¿Es lo mismo
que rezar?
La
“escuela de la oración” alcanza ya su tercer año de vida en mi blog, con el
nombre École
de prière. He hablado sobre todo del rezo, llamado
también oración contemplativa, he revisado las dificultades habituales que
encontramos durante la oración diaria: necesidad de tiempo, falta de silencio,
dificultad para el recogimiento, distracciones, insensibilidad, aburrimiento,
la impresión de no estar haciéndolo bien, el sentimiento de que no pasa nada,
de que Dios está lejos, la tentación del desánimo, la falta de fe. He sugerido
algunos trucos para ayudarnos a perseverar en este corazón a corazón con
el Señor.
En una ocasión, un lector me hizo una observación sobre que la expresión
“hacer una oración” no era del todo precisa; una oración se entrega. En efecto,
con esta forma de plegaria silenciosa no hacemos sino ofrecer al Señor una
atención amorosa a su misterio. ¡”Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam
3:10)!
El
momento en que nos damos a Dios en la oración es un momento que pertenece a
Dios completamente. Él hace lo que quiere con él. La oración varía según los
días, pero la que vivimos hoy es la que nos conviene hoy, porque es Dios quien
nos la da para cada momento presente.
¿Meditación u oración?
Nuestros
contemporáneos, más abiertos a la espiritualidad que a la religión, hablan
sobre todo de meditación. Es una palabra de moda que sirve para todo. ¿Qué
entendemos por “meditación”? ¿Tiene vínculos con el rezo y con la oración?
¿Cuáles son las diferentes formas de meditación y de rezo? ¿De qué escuelas de
espiritualidad y de tradiciones religiosas han nacido? ¿Cómo saber si pasamos
de la meditación a la contemplación? ¿Qué es la contemplación? ¿Cómo oraba
Jesús?
Jesús
nunca dio un método concreto para meditar, recuerda el estadounidense
cisterciense Thomas Keating, ni ninguna disciplina física para controlar la
imaginación, la memoria y las emociones: “Entonces es necesario elegir un
ejercicio espiritual adaptado a nuestro temperamento y a nuestra disposición
natural. De igual forma, tenemos que estar preparados para lo que tenga que
suceder cuando el Espíritu Santo nos pida abandonarnos a él y seguirle.
El
Espíritu Santo está por encima de cualquier método o práctica, su inspiración
es el camino más seguro para conseguir la verdadera libertad. Lo que Jesús
propuso como Camino a seguir era su propio ejemplo: perdonar todo a todos,
cubrir las necesidades materiales y espirituales de los otros. Que os améis los
unos a los otros como yo os he amado”. (Thomas Keating, Prier dans le secret, Anne Sigier, 2009, p. 182).
También
necesitamos un vocabulario para saber bien de lo que hablamos. El objetivo que
se persigue no es el mismo para todos y los medios varían según la concepción
que cada uno tiene de Dios, del ser humano, del mundo. Por ejemplo, la
meditación cristiana aspira al encuentro y a la unión con Dios; la meditación
de plena consciencia busca calmar la ansiedad y encontrar el bienestar. Aquí
podéis encontrar un pequeño glosario católico.
Rezo
Rezar
es hablar con Dios con toda confianza en la fe. Ya sea vocal o silenciosa,
el rezo toma la forma de una petición o de una alabanza, de una súplica o de
una acción de gracia, de una adoración o de una intercesión, de silencio o de
perdón. El Padre Nuestro, de Jesús, y el Magnificat de María son dos ejemplos
perfectos. El rezo parte de la vida, expresa un deseo y se encarna en el
cuerpo. “¡Recibe mi oración como ofrenda de incienso, y mis manos levantadas
como ofrenda de la tarde!” (Ps 141:2).
Meditación
Meditar
es adentrarse en uno mismo y abrirse a la plenitud interior. Nos concentramos
en la respiración, en una palabra, en una imagen, para calmar los pensamientos.
Hay cierta forma de reflexión cristiana que se parece a esta práctica. En la
tradición cristiana, la meditación se ve sobre todo como una reflexión sobre
Dios a partir de las Escrituras. Son la lectio divina de
los monjes y los Ejercicios espirituales de San Ignacio. “María guardaba todo
esto en su corazón, y meditaba acerca de ello” (Lc 2:19).
Lectio divina
Normalmente
utilizada por los monjes y por los Padres del desierto, la lectio divina es
una lectura meditada y rezada de la Palabra de Dios. Esta lectura santa irriga
la vida cotidiana de la fuente evangélica. Está compuesta de cuatro etapas: lectio, meditatio, oratio y contemplatio. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra
que sale de la boca de Dios” (Mt 4:4).
Oración
Es
una relación de amistad con Dios, que nos ama, es el intercambio de las miradas
de dos amantes que se consumen en silencio. Dios viene a nosotros. Le conocemos
por la fe, aun cuando no le sentimos por su presencia. Se trata de permitir que
Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo en nosotros. La tradición carmelita
distingue entre oración de recogimiento, de simplicidad, de quietud, de unión.
Es la única necesaria. “María ha escogido la mejor parte, y nadie se la
quitará” (Lc 10, 42).
Contemplación
Para
Juan de la Cruz, es una infusión secreta, pacífica y amorosa de Dios dentro del
alma. Nos abandonamos a su misericordia, que ilumina y transforma todo nuestro
ser. El amor que llama al amor. Esta experiencia de comunicación con el Padre
unifica a toda la persona en el Espíritu Santo y la abre al sufrimiento del
mundo a través de Cristo resucitado. “El que me ha visto a mí, ha visto al
Padre” (Jn 14, 9).
Fuente: Aleteia






