En el Coliseo de Roma,
junto a unas 20 mil personas
El
santo padre Francisco al concluir el Vía Crucis de este Viernes santo, recitó
la oración que publicamos a continuación:
Oh
Cristo dejado solo y traicionado hasta por los tuyos y vendido a bajo precio.
Oh Cristo juzgado por los pecadores y entregado por los jefes.
Oh Cristo lacerado en la carne, coronado de espinas y vestido de púrpura.
Oh Cristo atravesado por la lanza que ha lacerado tu corazón,
Oh Cristo muerto y sepultado, tú que eres el Dios de la vida y de la existencia.
Oh Cristo nuestro único salvador, volvemos a ti también este año con los ojos bajos por la vergüenza y con el corazón lleno de esperanza:
de
vergüenza por todas las imágenes de devastación, de destrucción y de naufragio
que se volvieron comunes en nuestra vida;
vergüenza por la sangre inocente que cotidianamente es derramado por mujeres, niños, inmigrantes y personas perseguidas por el color de su piel o por su apariencia étnica y social y por su fe en ti;
vergüenza
por todas las veces que, como Judas y Pedro, te hemos vendido y traicionado, y
dejado morir solo por nuestros pecados, escapando como cobardes de nuestra
responsabilidad;
vergüenza
por nuestro silencio delante de las injusticias; por nuestras manos perezosas
para dar y ávidas para quitar y conquistar; por nuestra voz estridente para
defender nuestros intereses y tímida al hablar de aquellos de los otros; por
nuestros pies veloces en el camino del mal y paralizados en los del bien.
vergüenza
por todas las veces que nosotros los obispos, sacerdotes, consagrados y
consagradas hemos escandalizado y herido tu cuerpo, la Iglesia; y nos hemos
olvidado de nuestro primer amor, nuestro primer entusiasmo y nuestra total
disponibilidad, dejando oxidar nuestro corazón y nuestra consagración.
Tanta
vergüenza Señor, pero nuestro corazón tiene nostalgia también de la esperanza
confiada de que tu no nos trates según nuestros méritos sino únicamente de
acuerdo con la abundancia de tu misericordia;
que nuestras traiciones no vuelvan menor la inmensidad de tu amor;
que tu corazón, materno y paterno, no se olvida a pesar de la dureza de nuestras entrañas.
La
esperanza segura de que nuestros nombres están grabados en tu corazón y que
estamos colocados en la pupila de tus ojos;
la esperanza que tu Cruz transforme nuestros corazones endurecidos en corazones capaces de soñar, de perdonar y de amar; transforma esta noche tenebrosa de tu cruz en el alba fulgurante de tu Resurrección;
la
esperanza es que tu fidelidad no se apoya en la nuestra;
la
esperanza de que las hileras de hombres y mujeres fieles a tu cruz sigue y
seguirá viviendo fiel como la levadura que da sabor y como la luz que abre
nuevos horizontes en el cuerpo de nuestra humanidad herida;
la
esperanza de que tu Iglesia buscará de ser la voz que grita en el desierto de
la humanidad para preparar el camino de tu retorno triunfal, cuando vendrás a
juzgar a los vivos y a los muertos;
¡la
esperanza que el bien vencerá a pesar de su aparente derrota!
Oh
Señor Jesús, Hijo de Dios, víctima inocente de nuestro rescate, delante a tu
estandarte real, a tu misterio de muerte y de gloria, delante a tu patíbulo,
nos arrodillamos, avergonzados y llenos de esperanza, y te pedimos de lavarnos
en con tu sangre y agua que salieron de tu corazón lacerado; de perdonar nuestros
pecados y nuestras culpas;
te
pedimos de acordarte de nuestros hermanos arrasados por la violencia, la
indiferencia y la guerra;
te
pedimos de quebrar las cadenas que nos tienen presos en nuestro egoísmo, en
nuestra ceguera voluntaria y en la vanidad de nuestros cálculos mundanos.
Oh
Cristo, te pedimos de enseñarnos a no avergonzarnos nunca de tu cruz, a no
instrumentalizarla, pero honrarla y adorarla, porque con esa tú nos has
manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la
injusticia de nuestros juicios y la potencia de tu misericordia. Amén.
(Traducción de ZENIT)






