El papa Francisco celebró
este sábado por la noche la vigilia Pascual que concluyó con la santa misa, en
la basílica de San Pedro
Homilía
del Santo Padre:
«En
la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María
la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28, 1). Podemos imaginar
esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de
confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya terminado
de esa forma… Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y
la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?
A
diferencia de los discípulos, ellas están ahí, como también acompañaron el
último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle
sepultura; dos mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir
la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias.
Y
allí están, frente al sepulcro, entre el dolor y la incapacidad de resignarse,
de aceptar que todo siempre tenga que terminar igual. Y si hacemos un esfuerzo
con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los
rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el
peso y el dolor de tanta injusticia inhumana.
Vemos
reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad
sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En
ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser
inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos
que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado
arrugadas.
Ellas
son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos
queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe
tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza
de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las
cosas cambien.
Ellas,
en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven
crucificada la dignidad. En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros,
quizás encontramos tu rostro y el mío.
Como
ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a no conformarnos con que las cosas
tengan que terminar así. Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de
la fidelidad de Dios. Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan
de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y
luchas fallidas.
Nuestro
corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta,
podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la
frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la
vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la
esperanza que Dios puso en nuestras manos.
Así
son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de estas
mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste resignación. No sólo
muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza. «De pronto tembló fuertemente
la tierra» (Mt 28, 2). De pronto, estas mujeres recibieron una sacudida, algo y
alguien les movió el suelo. Alguien, una vez más salió, a su encuentro a
decirles: «No teman», pero esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había
dicho» (Mt 28, 6).
Y
tal es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos regala:
No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida arrancada,
destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo» (cfr
R. Guardini, El Señor).
El
latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El
latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir
regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad.
Con
la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que
quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros
estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan
de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas
ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena.
Cada
uno de nosotros ha entrado en el propio sepulcro, los invito a salir.
Cuando
el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los romanos
habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído que la última
palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpe
para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad. Dios,
una vez más, sale a nuestro encuentro para establecer y consolidar un nuevo
tiempo, el tiempo de la misericordia.
Esta
es la promesa reservada desde siempre, esta es la sorpresa de Dios para su pueblo
fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de resurrección, una oferta de
vida esperando despertar. Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el
latir del Resucitado, Cristo Vive.
Y
eso cambió el paso de María Magdalena y la otra María, eso es lo que las hace
alejarse rápidamente y correr a dar la noticia (cf. Mt 28, 8). Eso es lo que
las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a
encontrarse con los otros. Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los
invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre
nuestros pasos, sobre nuestras miradas.
Vayamos
con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que
el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido
la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto:
el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han
sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la
dignidad.
Y
si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino,
entonces no somos cristianos. Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer
diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar.
Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir
transforme nuestro débil palpitar.
Fuente
Zenit






