Este Viernes Santo, el
Papa Francisco presidió la meditación de las 14 estaciones del Vía Crucis en el
Coliseo de Roma, meditaciones escritas por un grupo de jóvenes y luego impartió
su bendición apostólica
“Te pedimos Hijo de Dios, de identificarnos
con el buen ladrón que te ha mirado con ojos llenos de vergüenza, de
arrepentimiento y de esperanza; que, con los ojos de la fe, ha visto en tu
aparente derrota la divina victoria y así se ha arrodillado ante tu misericordia
y con honestidad ha robado el paraíso”, lo dijo el Papa Francisco en su
meditación al final del Vía Crucis en el Coliseo de Roma, de este Viernes
Santo.
Después
de meditar las 14 estaciones del camino de la cruz, el Santo Padre invitó a
dirigir nuestra mirada al Señor, una mirada de vergüenza, de arrepentimiento y
de esperanza, al igual que hizo el buen ladrón.
La vergüenza de haber
perdido la vergüenza
Señor
Jesús, nuestra mirada se dirige a ti, lleno de vergüenza, de arrepentimiento y
de esperanza.
Ante
tu supremo amor nos invade la vergüenza por haberte dejado solo sufriendo por
nuestros pecados: la vergüenza por haber huido ante la prueba a pesar de
haberte dicho miles de veces: “incluso si todos te dejan, yo no te dejaré
jamás”; la vergüenza de haber elegido a Barrabas y no a ti, el poder y no a ti,
la apariencia y no a ti, el dios dinero y no a ti, la mundanidad y no la
eternidad; la vergüenza por haberte tentado con la boca y con el corazón,
cada vez que nos hemos encontrado ante una prueba, diciéndote: “¡si tú eres el
mesías, sálvate y nosotros creeremos!; la vergüenza porque tantas
personas, e incluso algunos de tus ministros, se han dejado engañar por la
ambición y por la vanagloria perdiendo su dignidad y su primer amor; la
vergüenza porque nuestras generaciones están dejando a los jóvenes un mundo
fracturado por las divisiones y por las guerras; un mundo devorado por el
egoísmo donde los jóvenes, los pequeños, los enfermos, os ancianos son
marginados; la vergüenza de haber perdido la vergüenza; ¡Señor Jesús,
danos siempre la gracia de la santa vergüenza!
Enseñándonos que tu amor
es nuestra esperanza
Ante
tu suprema majestad se enciende, en las tinieblas de nuestra desesperación, un
rayo de esperanza porque sabemos que tu única medida de amarnos es aquella de
amarnos sin medida; la esperanza para que tu mensaje continúe inspirando,
incluso hoy, a tantas personas y pueblos a que sólo el bien puede derrotar al
mal y la maldad, sólo el perdón puede abatir el rencor y la venganza, sólo el
abrazo fraterno puede dispersar la hostilidad y el miedo al otro; la
esperanza para que tu sacrificio continúe, también hoy, emanando el perfume de
amor divino que acaricia los corazones de tantos jóvenes que continúan
consagrando sus vidas convirtiéndose en ejemplos vivos de caridad y de
gratuidad en este nuestro mundo devorado por la lógica del provecho y de la
ganancia fácil; la esperanza para que tantos misioneros y misioneras
continúen, también hoy, desafiando la dormida conciencia de la humanidad
arriesgando la vida para servirte en los pobres, en los descartados, en los
emarginados, en los invisibles, en los explotados, en los hambrientos y en los
encarcelados; la esperanza para que tu Iglesia, santa y hecha de
pecadores, continúe, también hoy, no obstante todos los intentos de
desacreditarla, a ser una luz que ilumina, anima, alivia, y testimonia tu amor
ilimitado a la humanidad, un modelo de altruismo, una arca de salvación y una
fuente de certeza y de verdad; la esperanza porque de tu cruz, fruto de la
avidez y cobardía de tantos doctores de la Ley e hipócritas, ha surgido la
Resurrección transformando las tinieblas de la tumba en el esplendor del alba
del Domingo sin ocaso, enseñándonos que tu amor es nuestra esperanza.
¡Señor
Jesús, danos siempre la gracia de la santa esperanza!
Haznos como el buen ladrón
Ayúdanos,
Hijo del hombre, a despojarnos de la arrogancia del ladrón colocado a tu
izquierda y de los miopes y de los corruptos, que han visto en ti una
oportunidad para aprovechar, un condenado por criticar, un derrotado para
burlarse, otra ocasión para echar sobre los demás, e incluso sobre Dios, sus
propias culpas.
Te
pedimos en cambio, Hijo de Dios, de identificarnos con el buen ladrón que te ha
mirado con ojos llenos de vergüenza, de arrepentimiento y de esperanza; que,
con los ojos de la fe, ha visto en tu aparente derrota la divina victoria y así
se ha arrodillado ante tu misericordia y con honestidad ha robado el paraíso.
¡Amen!
Renato
Martínez – Ciudad del Vaticano
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