El Papa Francisco
presidió, en la Basílica de San Pedro del Vaticano, la celebración de la Pasión
del Señor de este Viernes Santo 30 de marzo
En
una Basílica completamente desprovista de ornamento e iluminada por una luz
suave en consonancia con la sobriedad de la ceremonia, en la que no se celebró
la Eucaristía, el Santo Padre, vestido de púrpura en recuerdo de la sangre de
Cristo derramada en la Cruz, al igual que los demás celebrantes, se postró en
el suelo, delante del altar, para orar durante unos minutos.
Tras
esos minutos de silenciosa oración, acompañado de todos los fieles arrodillados
presentes en San Pedro, el Pontífice se puso de nuevo en pie para comenzar con
la proclamación de la liturgia de la Palabra.
Además
de la oración del Papa ante el altar, un momento de especial emotividad
espiritual fue el descubrimiento y adoración de la Cruz aclamada tres veces con
las palabras “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la salvación del
mundo. ¡Venid a adorarlo!”.
El
predicador de la Casa Pontificia, P. Rainiero Cantalamessa, pronunció la
homilía, al igual que en ocasiones anteriores. En esta ocasión reflexionó sobre
el testimonio de los que presenciaron la crucifixión.
Aunque
no hay consagración, sí se comulga con el Pan consagrado en la celebración del
Jueves Santo. Hasta el año 1995, cuando el Papa Pío XII reformó la Semana
Santa, sólo el sacerdote comulgaba el Viernes Santo. Ahora todo el pueblo fiel
puede hacerlo. Se expresa así la participación de todos en la muerte salvadora
de Cristo: la Iglesia recibe así el Cuerpo de Cristo entregado por la salvación
de la humanidad.
En
el Viernes Santo, la Iglesia recuerda el drama de la muerte de Cristo en la
Cruz, una cruz que, alzada sobre el mundo, ofrece un signo de salvación y
esperanza a la humanidad. En este día, la liturgia contempla la Pasión de
Cristo según el Evangelio de San Juan.
En
este día no se celebra la Eucaristía. Antes del comienzo de la ceremonia, los
celebrantes se postran en el suelo, ante el altar. Es un símbolo de cómo la
humanidad implora perdón por sus pecados. Así lo hizo el Papa Francisco,
vestido de púrpura en recuerdo de la sangre de Jesús derramada en el Calvario,
durante la celebración en la Basílica de San Pedro.
A continuación, el texto
completo de la homilía del predicador de la Casa Pontificia:
«QUIEN
LO HA VISTO DA TESTIMONIO DE ELLO»
Al
llegar donde estaba Jesús, viendo que ya estaba muerto, no le rompieron las
piernas, sino que uno de los soldados con una lanza le atravesó el costado, e
inmediatamente salió sangre y agua. Quien lo ha visto da testimonio de ello y
su testimonio es verdadero; él sabe que dice la verdad, para que también
vosotros creáis (Jn 19, 33-35).
Nadie
podrá nunca convencernos de que esta solemne declaración no corresponda a la
verdad histórica, que quien dice que estaba allí y vio, en realidad no estaba
allí y no vio. En este caso se juega en ello la honestidad del autor. En el
Calvario, a los pies de la cruz, estaba la Madre de Jesús y, junto a ella, «el
discípulo que Jesús amaba». ¡Tenemos un testigo ocular!
Él
«vio» no sólo lo que ocurría bajo la mirada de todos. A la luz del Espíritu
Santo, después de la Pascua, vio también el sentido de lo que había sucedido:
que en ese momento era inmolado el verdadero Cordero de Dios y se realizaba el
sentido de la Pascua antigua; que Cristo en la cruz era el nuevo templo de
Dios, de cuyo costado, como había predicho el profeta Ezequiel (47,1ss.), brota
el agua de la vida; que el espíritu que él entrega en el momento de la muerte
(Jn 19, 30) da comienzo a la nueva creación, como «el Espíritu de Dios»,
aleteando sobre las aguas había transformado, al principio, el caos en el
cosmos. Juan, entendió el sentido recóndito de las últimas palabras de Jesús:
«Todo está cumplido».
Pero,
¿por qué —nos preguntamos—, esta ilimitada concentración de significado en la
cruz de Cristo? ¿Por qué esta omnipresencia del Crucificado en nuestras
iglesias, en los altares y en cualquier lugar frecuentado por cristianos?
Alguien ha sugerido una clave de lectura del misterio cristiano, diciendo que
Dios se revela «sub contraria specie», bajo lo contrario de lo que él es en
realidad: revela su potencia en la debilidad, su sabiduría en la necedad, su
riqueza en la pobreza...
Esta
clave de lectura no se aplica a la cruz. En la cruz Dios se revela «sub propia
specie», por lo que él es, en su realidad más íntima y más verdadera. «Dios es
amor», escribe Juan (1 Jn 4, 10), amor oblativo, y sólo en la cruz se hace
manifiesto hasta dónde se abre paso esta capacidad infinita de auto-donación de
Dios. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el
extremo» (Jn 13, 1); «Tanto amó Dios al mundo que dio (¡a la muerte!) al Hijo
unigénito» (Jn 3, 16); «Me amó y entregó (¡a la muerte!) a sí mismo por mí»
(Gál 2, 20).
En
el año en que la Iglesia celebra un Sínodo sobre los jóvenes y quiere ponerlos
en el centro de la propia preocupación pastoral, la presencia en el Calvario
del discípulo que Jesús amaba, encierra un mensaje especial. Tenemos todos los
motivos para creer que Juan se adhirió a Jesús cuando todavía era bastante
joven. Fue un auténtico enamoramiento. Todo el resto pasó de golpe a segunda
línea. Fue un encuentro «personal», existencial. Si en el centro del
pensamiento de Pablo está el obrar de Jesús, su misterio pascual de muerte y
resurrección, en el centro del pensamiento de Juan está el ser, la persona de
Jesús. De ahí todos esos «Yo soy» de resonancias eternas que salpican su
Evangelio: «Yo soy el camino, la verdad y la vida», «Yo soy la luz», «Yo soy la
puerta», simplemente «Yo soy».
Juan
era, casi con certeza, uno de los dos discípulos del Bautista que, al
comparecer en la escena de Jesús, fueron detrás de él. A su pregunta: «Rabbì,
¿dónde vives?», Jesús respondió: «Venid y veréis». «Fueron, pues, y ese día se
quedaron con él; eran aproximadamente las cuatro de la tarde» (Jn 1, 35-39).
Esa hora decidió sobre su vida y por eso nunca la olvidó.
Justamente
nos esforzaremos en este año por descubrir qué espera Cristo de los jóvenes,
qué pueden dar a la Iglesia y a la sociedad. Lo más importante, sin embargo, es
otra cosa: es hacer conocer a los jóvenes lo que Jesús tiene que aportarles.
Juan lo descubrió estando con él: «vida en abundancia», «alegría plena».
Hagamos
que en todos los discursos sobre los jóvenes y a los jóvenes resuene en el
trasfondo la apremiante invitación del Santo Padre en la Evangelii gaudium:
«Invito a todo cristiano, en cualquier lugar y situación que se encuentre, a
renovar hoy mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la
decisión de dejarse encontrar por Él, de buscarlo cada día sin descanso. No hay
motivo para que alguien pueda pensar que esta invitación no es para él» (EG 3).
Encontrar personalmente a Cristo también es posible hoy porque él está
resucitado; es una persona viva, no un personaje. Todo es posible después de
este encuentro personal; nada cambiará realmente en la vida sin él.
Además
del ejemplo de su vida, el evangelista Juan dejó también un mensaje escrito a
los jóvenes. En su Primera Carta leemos estas conmovedoras palabras de un
anciano a los jóvenes de sus Iglesias:
«Os
escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la Palabra de Dios permanece
en vosotros y habéis vencido al maligno. ¡No améis el mundo, ni las cosas del
mundo!» (1 Jn 2, 14-15)
El
mundo que no debemos amar, y al cual no debemos someternos, no es, lo sabemos,
el mundo creado y amado por Dios, no son los hombres del mundo a cuyo
encuentro, por el contrario, siempre debemos ir, especialmente a los pobres, a
los últimos. El «mezclarse» con este mundo del sufrimiento y de la marginación
es, paradójicamente, el mejor modo de «separarse» del mundo, porque es ir allá
donde el mundo evita ir con todas sus fuerzas. Es separase del principio mismo
que rige el mundo, es decir, el egoísmo.
No,
el mundo que no hay que amar es otro; es el mundo tal como ha llegado a ser
bajo el dominio de Satanás y del pecado, «el espíritu que está en el aire» lo
llama san Pablo (Ef 2, 1-2). Un papel decisivo desempeña en él la opinión
pública, hoy también literalmente espíritu «que está en el aire» porque se
difunde por el aire a través de las infinitas posibilidades de la técnica. «Se
determina un espíritu de gran intensidad histórica, al que el individuo
difícilmente se puede sustraer. Nos atenemos al espíritu general, lo
consideramos evidente. Actuar o pensar o decir algo contra él es considerado
cosa absurda o incluso una injusticia o un delito. Entonces no se osa ya
situarse frente a las cosas y a la situación, y sobre todo a la vida, de manera
diferente a como las presenta».
Es
lo que llamamos adaptación al espíritu de los tiempos, conformismo. Un gran
poeta creyente del siglo pasado, T.S. Eliot, escribió tres versos que dicen más
que libros enteros: «En un mundo de fugitivos, la persona que toma la dirección
opuesta parecerá un desertor».
Queridos
jóvenes cristianos, si se le permite a un anciano como Juan dirigirse
directamente a vosotros, os exhorto: ¡Sed de los que toman la dirección
opuesta! ¡Tened la valentía de ir contra corriente! La dirección opuesta, para
nosotros, no es un lugar, es una persona, es Jesús nuestro amigo y redentor.
Se
os confía particularmente una tarea a vosotros: salvar el amor humano de la
deriva trágica en la que ha terminado: el amor que ya no es don de sí, sino
sólo posesión —a menudo violenta y tiránica— del otro. En la cruz Dios se
reveló como ágape, amor que se dona. Pero el ágape nunca está separado del
eros, del amor de búsqueda, del deseo y de la alegría de ser amado. Dios no nos
hace sólo la «caridad» de amarnos: nos desea; en toda la Biblia se revela como
esposo enamorado y celoso. También el suyo es un amor «erótico», en el sentido
noble de este término. Es lo que explicó Benedicto XVI en la encíclica «Deus
caritas est».
«Eros
y agapé —amor ascendente y amor descendente— nunca llegan a separarse
completamente [...]. La fe bíblica no construye un mundo paralelo o
contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el
hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al
mismo tiempo nuevas dimensiones» (nn.7-8).
No
se trata, pues, de renunciar a las alegrías del amor, a la atracción y al eros,
sino de saber unir al eros el ágape, al deseo del otro, la capacidad de darse
al otro, recordando lo que san Pablo refiere como un dicho de Jesús: «Hay más alegría
en dar que en recibir» (Hch 20, 35).
Es
una capacidad que no se forja en un día. Es necesario prepararse para donarse
totalmente uno mismo a otra criatura en el matrimonio, o a Dios en la vida
consagrada, empezando por donar el propio tiempo, la sonrisa y la propia
juventud en la familia, en la parroquia, en el voluntariado. Lo que muchos de
vosotros silenciosamente hacéis.
Jesús
en la cruz no sólo nos ha dado el ejemplo de un amor de donación llevado hasta
el extremo; nos ha merecido la gracia de poderlo ejercitar, en pequeña parte,
en nuestra vida. El agua y la sangre que brotaron de su costado llegan a
nosotros hoy en los sacramentos de la Iglesia, en la Palabra, aunque sólo
mirando con fe al Crucificado. Juan vio proféticamente una última cosa bajo la
cruz: hombres y mujeres de todo tiempo y de cada lugar que miraban a «quien fue
traspasado» y lloraba de arrepentimiento y de consuelo (cf. Jn 19, 37; Zac
12,10). A ellos nos unimos también nosotros en los gestos litúrgicos que
seguirán dentro de poco.
Fuente:
ACI Prensa






