Durante la Misa del
Domingo de Pentecostés, celebrada este 20 de mayo en la Basílica de San Pedro
del Vaticano, el Papa Francisco animó a confiar en el Espíritu Santo a aquellos
que sienten sus corazones cerrados por el miedo
El
Pontífice comparó el Espíritu Santo con un viento fuerte que “entra en las
situaciones y las transforma, cambia los corazones y camba los acontecimientos”.
El
Santo Padre explicó que “el Espíritu libera los corazones cerrados por el
miedo. Vence las resistencias. A quien se conforma con medias tintas, le ofrece
ímpetus de entrega. Ensancha los corazones estrechos. Anima a servir a quien se
apoltrona en la comodidad. Hace caminar al que se cree que ya ha llegado. Hace
soñar al que cae en tibieza. He aquí el cambio del corazón”.
Frente
a aquellos que “prometen períodos de cambio, nuevos comienzos, renovaciones
portentosas”, la experiencia enseña que “ningún esfuerzo terreno por cambiar
las cosas satisface plenamente el corazón del hombre”.
Por
el contrario, “el cambio del Espíritu es diferente: no revoluciona la vida a
nuestro alrededor, pero cambia nuestro corazón; no nos libera de repente de los
problemas, pero nos hace libres por dentro para afrontarlos; no nos da todo
inmediatamente, sino que nos hace caminar con confianza, haciendo que no nos
cansemos jamás de la vida”.
“El
Espíritu mantiene joven el corazón –esa renovada juventud. La juventud, a pesar
de todos los esfuerzos para alargarla, antes o después pasa; el Espíritu, en
cambio, es el que previene el único envejecimiento malsano, el interior”.
“¿Cómo
lo hace?”, se preguntó el Pontífice: “Renovando el corazón, transformándolo de
pecador en perdonado. Este es el gran cambio: de culpables nos hace justos y,
así, todo cambia, porque de esclavos del pecado pasamos a ser libres, de
siervos a hijos, de descartados a valiosos, de decepcionados a esperanzados. De
este modo, el Espíritu Santo hace que renazca la alegría, que florezca la paz
en el corazón”.
El
Papa continuó explicando en su homilía que, tras cambiar los corazones, “el
Espíritu cambia los acontecimientos. Como el viento sopla por doquier, así él
llega también a las situaciones más inimaginables”.
En
su homilía explicó que se trata de una mala señal cuando “se prefiere la
tranquilidad doméstica a la novedad de Dios”. Esa mala señal quiere decir “que
se busca resguardarse del viento del Espíritu. Cuando se vive para la
auto-conservación y no se va a los lejanos, no es un buen signo. El Espíritu
sopla, pero nosotros arriamos las velas”.
Sin
embargo, “tantas veces hemos visto obrar maravillas. A menudo, precisamente en
los períodos más oscuros, el Espíritu ha suscitado la santidad más luminosa.
Porque Él es el alma de la Iglesia, siempre la reanima de esperanza, la colma
de alegría, la fecunda de novedad, le da brotes de vida. Como cuando, en una
familia, nace un niño: trastorna los horarios, hace perder el sueño, pero lleva
una alegría que renueva la vida, la impulsa hacia adelante, dilatándola en el
amor”.
De
este modo, “el Espíritu trae un ‘sabor de infancia’ a la Iglesia. Obra un
continuo renacer. Reaviva el amor de los comienzos. El Espíritu recuerda a la
Iglesia que, a pesar de sus siglos de historia, es siempre una veinteañera, la
esposa joven de la que el Señor está apasionadamente enamorado. No nos cansemos
por tanto de invitar al Espíritu a nuestros ambientes, de invocarlo antes de
nuestras actividades: “Ven, Espíritu Santo”.
El
Papa Francisco finalizó su homilía pidiendo al Espíritu Santo que sople “sobre
nosotros. Sopla en nuestros corazones y haznos respirar la ternura del Padre.
Sopla sobre la Iglesia y empújala hasta los confines lejanos para que, llevada
por ti, no lleve nada más que a ti. Sopla sobre el mundo el calor suave de la
paz y la brisa que restaura la esperanza. Ven, Espíritu Santo, cámbianos por
dentro y renueva la faz de la tierra”.
Fuente:
ACI Prensa






