Lo lúdico saca lo mejor de mí, despierta mis
pasiones, quiero vivirlas con paz
Jefferson Bernardes - Shutterstock |
Tiene mi alma un gusto profundo por lo
lúdico. Por la risa y lo liviano. Por competir y luchar hasta el último
segundo. Y es lo lúdico lo que despierta en mí todas las pasiones del alma.
Lloro y río. Me alegro y me
entristezco. Todo se mueve en un plano profundo. En el de las emociones guardadas
en el alma. Se despiertan mis pasiones desordenadas,
inconfesables.
Me gusta pensar en conjunto, en
equipo. Cuando pierdo, todos perdemos. Cuando gano, todos ganamos. Así de
sencillo. Así de complicado.
Me
gusta el deporte que saca lo mejor de mí. No lo malo. Me hace más solidario. Me hace pensar
que no soy yo la estrella, sino todos, un conjunto.
El deporte tendría que hacerme
mejor persona, no peor. Despertar en mí el juego limpio,
la solidaridad. Que nunca se impongan en mí la violencia y la mentira. El
teatro para que castiguen a otro.
Me gusta el
sacrificio que precede al éxito, que no siempre llega, no
necesariamente. Y cuando no tengo éxito, no busco culpables, ni le echo la
culpa al cielo. No me excuso, asumo la responsabilidad, no rehúyo
la culpa propia. Así es el trabajo en equipo.
La
vida tiene una parte lúdica que no descuido. Me la tomo en serio. Sufro cuando hay que
sufrir. Y me río y alegro cuando toca. Pero no quiero dramatizar ni hacer un
mundo de lo que sólo es un juego. La vida es más que eso, pero lo incluye.
Me gusta aprender de ese deporte
colectivo en el que las figuras son secundarias. Y lo que importa es el
sacrificio por todos. El trabajo que no se ve.
Es fácil criticar a otros. Ver
la paja en el ojo ajeno. Denunciar a los demás y tratar de salvar mi propia
imagen. Yo antes que todos. Mi vida antes que la de los demás.
Quiero que lo lúdico sea eso,
nada más. Una parte alegre de mi vida en la que me distiendo.
Y saco todo lo que hay en mi interior. Por una pasión. Por un premio fugaz. Así
de simple. Me gustan en general las pasiones que surgen en mi alma.
Leía el otro día: “Experimentar
una emoción no es algo moralmente bueno ni malo en sí mismo. Comenzar a sentir
deseo o rechazo no es pecaminoso ni reprochable. Lo que es bueno o malo es el
acto que uno realice movido o acompañado por una pasión”[1].
Quiero que mis actos sean
buenos. Enaltezcan. Me lleven a juzgar bien a los que me rodean. Que lo
lúdico saque lo mejor de mí y no lo peor. Que no llegue a
odiar. No siempre lo consigo.
Lo lúdico es esa parte de mí que
me hace reír. Es allí donde me vuelvo más niño, más
inocente, más alegre.
Necesito
no perder nunca esa parte escondida en mi alma. Cuidarla como algo sagrado. Que se despierten mis pasiones y no me
escandalice.
Que sepa que la
pasión es un deseo que tengo que encauzar. Una fuerza profunda
que me lleva a la acción y saca de mí lo mejor, lo más noble. No la reprimo.
Le
pido a Dios que entre en mi alma para purificarla. Para hacerla más suya. Para que reine Él en
mi interior, en mi subconsciente.
Quiero aprender a ser más
solidario, más justo en mi forma de comportarme. Que el llamado fair
play, el juego limpio, sea lo que caracterice mis actos.
Que sepa enaltecer siempre al
contrario. Hablar bien del que siente pasión por otros colores. Que no
descalifique, que no condene. Que sepa unir y aprender de los demás.
Que deje que prime el conjunto y
no las individualidades. Que no me importe ser uno más, y pasar desapercibido.
Que siempre sea uno que sume, no que reste.
Quiero ser un apasionado de la
vida. Quiero que mis pasiones no destruyan,
ni a mí, ni a los que tengo cerca. Que sean fuente de vida, de alegría, de
esperanza.
Dios entra en mi alma de niño
apasionado. No sofoca los incendios. Pero cuida bien para que no abrase lo que
no tengo que quemar. Es Él quien conduce mis afectos. Y enaltece mi alma
enferma.
Me gusta reír con ganas. Y
sufrir en momentos de tensión. Hacerlo todo con el corazón sabiendo que a veces
podré equivocarme. Aceptar mis errores. Reconocer mis fallos.
Aplaudir al que gana. Sufrir con
el que ha perdido. Luchar hasta el final sin perder la esperanza. No darlo todo
enseguida por perdido. No fingir nunca. Reconocer la verdad de lo ocurrido. No
volverme agresivo ni rencoroso.
Parece fácil pero no lo es. Lo
lúdico saca lo mejor de mí. Despierta mis pasiones. Quiero vivirlas con
paz. Y no guardar rencores.
Quiero ser más niño, más puro.
Más de Dios y más enamorado de la vida. Capaz de tomarme las cosas en serio. Capaz
de reír con los juegos que me hacen vibrar. Así es la vida.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia