Congreso internacional “El
catequista, testigo del misterio”
Publicamos el texto del mensaje de video que el Santo Padre Francisco ha enviado a los participantes en el congreso internacional “El catequista, testigo del misterio”, organizado por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización (Aula Pablo VI 20-23 Septiembre, 2018).
Queridos
y queridas catequistas, ¡buenos días!
Me
hubiera gustado mucho compartir con vosotros en persona este momento tan
importante en que os reunís para reflexionar sobre la segunda parte del
Catecismo de la Iglesia Católica, que aborda contenidos importantes y
fundamentales para la Iglesia y para todos los cristianos, como la vida
sacramental, la acción litúrgica y su impacto en la catequesis. Mons.
Fisichella me ha informado de que sois muchos, cerca de 1.500 catequistas, y
que provenís de 48 países diferentes, en muchos casos acompañados por vuestros
obispos, a quienes saludo cordialmente. Gracias por vuestra presencia Gracias
por el entusiasmo con el que vivís siendo catequistas en la Iglesia y para la
Iglesia.
Recuerdo
con placer el primer encuentro que tuve con vosotros en el Año de la Fe, en
2013, y cuando os pedí “¡sed catequistas!, no trabajéis de
catequistas: ¡esto no sirve! Yo trabajo de catequista porque me gusta
enseñar. Pero si no eres un catequista, no sirve. ¡No serás fecundo,
no serás fecunda! Ser catequista es una vocación: ser catequista, esta es la
vocación, no trabajar de catequista. Prestad atención, no he dicho hacer
de catequista, sino serlo, porque involucra la vida. Lleva al encuentro
con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio”.
Hoy
estoy en Vilnius para el viaje apostólico a los Países bálticos que se había
programado hace tiempo. Aprovecho estas eficaces herramientas de la
tecnología para estar con vosotros y dirigiros algunos pensamientos que quiero
transmitiros, para que vuestra llamada a ser catequistas asuma cada vez más una
forma de servicio que se lleva a cabo en la comunidad cristiana y que debe ser
reconocido como un ministerio de la Iglesia, verdadero y genuino, que
necesitamos mucho.
A
menudo pienso en el catequista como aquel que se ha puesto al servicio de la
Palabra de Dios, que frecuenta esta Palabra diariamente para hacer de ella su
alimento y participarla con los demás con eficacia y credibilidad. El
catequista sabe que esta Palabra está “viva” (Hebreos 4, 12) porque constituye
la regla de la fe de la Iglesia (véase CONC, ECUM II VAT, Dei Verbum, 21,
Lumen Gentium, 15). En consecuencia, el catequista no puede olvidar,
especialmente hoy en un contexto de indiferencia religiosa, que su palabra
es siempre un primer anuncio. Pensadlo bien: en este mundo, en esta área
de tanta indiferencia, vuestra palabra siempre será un primer anuncio, que llega
a tocar el corazón y la mente de muchas personas que están a la espera de
encontrar a Cristo. Incluso sin saberlo, pero lo están esperando. Y cuando digo
el primer anuncio no lo digo solo en el sentido temporal. Por supuesto, esto es
importante, pero no siempre es así.
¡El
primer anuncio equivale a subrayar que Jesucristo muerto y resucitado por el
amor del Padre, da su perdón a todos sin distinción de personas, si tan solo
abren sus corazones para dejarse convertir! A menudo no percibimos el poder de la
gracia que, a través de nuestras palabras, llega profundamente a nuestros
interlocutores y los moldea para que puedan descubrir el amor de Dios. El
catequista no es un maestro o un profesor que cree que da una lección. La
catequesis no es una lección; la catequesis es la comunicación de una
experiencia y el testimonio de una fe que enciende los corazones, porque
introduce el deseo de encontrar a Cristo. ¡Este anuncio de varias maneras y con
diferentes idiomas es siempre el “primero” que el catequista está llamado a
dar!
Por
favor, en la comunicación de la fe no caigáis en la tentación de trastocar el
orden con el cual la Iglesia desde siempre ha anunciado y presentado el kerigma,
y que también se refleja en la misma
estructura del Catecismo. Por ejemplo, no se puede anteponer la ley, aunque
fuera la moral, al anuncio tangible del amor y de la misericordia de Dios. No
podemos olvidar las palabras de Jesús: “No he venido a condenar, sino a
perdonar… “(Cf. Jn 3, 17; 12.47).
De
la misma manera, no se puede presumir de imponer una verdad de fe
prescindiendo de la llamada a la libertad que esta conlleva. Los que han
experimentado el encuentro con el Señor siempre se parecen a la samaritana que
desea beber un agua que no se agote, pero al mismo tiempo corre inmediatamente
a decir a los vecinos de su aldea que vengan donde está Jesús (cf. 30).
Es
necesario que el catequista entienda, por lo tanto, el gran desafío al que se
enfrenta para educar en la fe, en primer lugar a aquellos que tienen una
identidad cristiana débil y, por esta razón, necesitan proximidad, acogida,
paciencia, amistad. Sólo así la catequesis se convierte en promoción de la vida
cristiana, apoyo en la formación global de creyentes e incentivo para ser
discípulos misioneros.
Una
catequesis que pretende ser fecunda y en armonía con toda la vida cristiana
encuentra su savia en la liturgia y en los sacramentos. La iniciación cristiana
requiere que en nuestras comunidades se active cada vez más un camino
catequético que nos ayude a experimentar el encuentro con el Señor, el
crecimiento en su conocimiento y el amor por su seguimiento.
La
mistagógica ofrece una oportunidad muy importante para recorrer este camino con
valor y determinación, favoreciendo el abandono de una fase estéril de la
catequesis, que a menudo aleja sobre todo a nuestros jóvenes, porque no
encuentran la frescura de la propuesta cristiana y la incidencia en su vida.
El
misterio que celebra la Iglesia encuentra su expresión más bella y coherente en
la liturgia. No olvidemos en nuestra catequesis la contemporaneidad de Cristo.
Efectivamente, en la vida sacramental, que encuentra su culminación en la Santa
Eucaristía, Cristo se hace contemporáneo con su Iglesia: la acompaña
en las vicisitudes de su historia y nunca está lejos de su Esposa. Él es quien
se hace cercano y próximo a los que lo reciben en su Cuerpo y su Sangre, y los
convierte en instrumentos del perdón, testigos de la caridad con los que
sufren, y participantes activos en la creación de la solidaridad entre los
hombres y los pueblos. ¡Qué beneficioso sería para la Iglesia que nuestras
catequesis se basaran en captar y vivir la presencia de Cristo que actúa y obra
salvación, permitiendo que experimentemos incluso ahora la belleza de la vida
de comunión con el misterio de Dios el Padre, Hijo y Espíritu Santo!
Os
deseo que viváis estos días con intensidad, para que luego llevéis a vuestras
comunidades la riqueza de lo que habéis experimentado en este encuentro
internacional. Os acompaño con mi bendición y, por favor, no os olvidéis de
rezar por mí. Gracias.
Video
mensaje del Papa Francisco
©
Librería Editorial Vaticano
Fuente:
Zenit






