Lo
importante es la apertura a sus mensajes
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Quiero allanar mi corazón para que otros
entren y vean la salvación. Y que la vea yo en ellos que se acercan: “Y
todos verán la salvación de Dios”. Estoy cerrado tantas veces
en mis preocupaciones y desafíos…
Veo
la dureza de mi corazón que se ha cerrado al amor. Quizás por miedo. Tal vez por debilidad.
No lo sé. Pero he construido barreras para marcar la distancia.
Dice la Biblia: “Jerusalén,
quítate tu ropa de duelo y aflicción, y vístete para siempre el esplendor de la
gloria que viene de Dios”.
Viene la gloria de Dios. Jesús
viene a mí mientras yo camino a su encuentro. ¿Dónde me encontraré con Él este
Adviento? ¿En quién quiere hablarme?
Jesús
quiere llegar a mí a su manera. Yo lo busco a la mía. Quiero que se aparezca donde espero
encontrarlo.
Creo que vendrá a mí cuando
guarde más silencio y me retire al desierto. Puede que sea así. También puede
llegar en el bullicio. En lo cotidiano. Me quiero dejar sorprender.
No me hablará en quien me parece
más sabio. Tal vez lo hará en los pequeños a los que ignoro, con los que
no quiero perder el tiempo. En aquel al que no presto
atención.
Me invita Jesús a crecer en el
amor en el Adviento: “Y lo que pido en mi oración es que vuestro
amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo
discernimiento”.
Su venida me enseña a amar
mejor. No quiero que me suceda lo que describe Cantalamessa: “El
corazón indivisible es algo bueno, siempre y cuando ame a alguien. En efecto,
es mejor un corazón dividido que ama, que un corazón indiviso que no ama a
nadie. Esto sería en realidad un egoísmo indiviso, un tener el corazón lleno,
pero con el objeto más contaminante que hay: uno mismo”[1].
No quiero vivir el Adviento
centrado en mí mismo. Indiviso pero seco por dentro. Quiero
abrirme y salir al encuentro del otro. Un corazón indiviso
para Dios, para los hombres. Un corazón que ama, se ata, se compromete. Un
corazón que se entrega sin miedo.
Jesús
viene a hablarme en aquellos que amo, con los que comparto el camino.
Me invita el Adviento a ir al
encuentro de quien me necesita. De Isabel en Ein Karem. De José que tiene miedo
y espera en sus dudas.
A Belén obedeciendo a Dios. Y
allí encontrarme con pastores a los que no conozco. Con Reyes de los que no sé
nada.
Quiero
estar abierto a los mensajes de Dios en el silencio. Y a los mensajes que me
lleguen en medio de los ruidos.
Pronuncio mi sí como María.
Convencido del amor de Dios. Él está conmigo. ¿Por qué tengo miedo? Porque soy
pequeño.
Pero me alegro. Dios sabe lo que
me conviene, lo que llenará mi alma. Confío en su poder que
me levanta cada mañana. Eso me salva, me alegra siempre. Quiero confiar en su
poder que viene a visitarme. Como María a Isabel.
El Adviento es movimiento. Un ir
al encuentro. Un dejarse cambiar. Un amar en concreto. Un estar atento al que
más me necesita.
Me gusta esa forma de mirar las
cosas. Todos verán la gloria de Dios. En mí, en su camino. Yo quiero ver la
gloria de Dios. En este Adviento donde Dios quiera hablarme. Salgo
de mi comodidad y dejo atrás mis miedos. Confío como un niño.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






