A
la Misa asisten los sacerdotes, consagrados y movimientos laicales de Panamá
A
continuación el texto de la homilía del Santo Padre:
En
primer lugar quiero felicitar al Señor Arzobispo que por primera vez después de
casi siete años puede encontrarse con su esposa, que es esta iglesia, viuda
provisoria durante todo este tiempo. Y felicitar a la viuda que deja de ser
viuda hoy con el encuentro con su esposo.
También
quiero agradecer a todos los que hicieron posible esto, a las autoridades y a
todo el pueblo de Dios, todo lo que hicieron para que el Señor Arzobispo
pudiera encontrarse con su pueblo, no en casa prestada sino en la suya. Muchas
gracias señor presidente.
En
el programa estaba previsto que esta ceremonia, por falta de tiempo, tuviera
dos significados: la consagración del altar y el encuentro con sacerdotes,
religiosas, religiosos, laicos consagrados. Así que lo que voy a decir va a
estar en esa línea, pensado en los sacerdotes, las religiosas, los religiosos,
los laicos consagrados, son todos los que trabajan en esta Iglesia particular.
«Jesús,
fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: “Dame de beber”» (Jn
4,6-7).
El
evangelio que hemos escuchado no duda en presentarnos a Jesús cansado de
caminar. Al mediodía, cuando el sol se hace sentir con toda su fuerza y poder,
lo encontramos junto al pozo. Necesitaba calmar y saciar la sed, refrescar los
pasos, recuperar fuerzas para poder continuar con su misión.
Los
discípulos vivieron en primera persona lo que significaba la entrega y
disponibilidad del Señor para llevar la Buena Nueva a los pobres, vendar los
corazones heridos, proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los
prisioneros, consolar a los que estaban de duelo y proclamar el año de gracia a
todos (cf. Is 61,1-3). Son todas situaciones que te toman la vida, te toman la
energía; y “no ahorraron” en regalarnos tantos momentos importantes en la vida
del Maestro donde también nuestra humanidad pueda encontrar una palabra de
Vida.
Fatigado del camino
Es
relativamente fácil para nuestra imaginación, compulsivamente productivista,
contemplar y entrar en comunión con la actividad del Señor, pero no siempre
sabemos o podemos contemplar y acompañar las “fatigas del Señor”, como si
esto no fuera cosa de Dios. El Señor se fatigó y en esa fatiga encuentran
espacio tantos cansancios de nuestros pueblos y de nuestra gente, de nuestras
comunidades y de todos aquellos que están cansados y agobiados (cf. Mt 11,28).
Las
causas y motivos que pueden provocar la fatiga del camino en nosotros
sacerdotes, consagrados y consagradas, miembros de movimientos laicales,
son múltiples: desde largas horas de trabajo que dejan poco tiempo para comer,
descansar, rezar y estar en familia, hasta “tóxicas” condiciones laborales y
afectivas que llevan al agotamiento y agrietan el corazón; desde la simple y
cotidiana entrega hasta el peso rutinario de quien no encuentra el gusto, el
reconocimiento o el sustento necesario para hacer frente al día a día; desde
habituales y esperables situaciones complicadas hasta estresantes y
angustiantes horas de presión. Toda una gama de peso a soportar.
Sería
imposible tratar de abarcar todas las situaciones que resquebrajan la vida de los
consagrados, pero en todas sentimos la necesidad urgente de encontrar un pozo
que pueda calmar y saciar la sed y el cansancio del camino. Todas reclaman,
como grito silencioso, un pozo desde donde volver a empezar.
De
un tiempo a esta parte no son pocas las veces que parece haberse instalado en
nuestras comunidades una sutil especie de fatiga, que no tiene nada que ver con
la fatiga del Señor. Aquí tenemos que estar atentos. Se trata de una tentación
que podríamos llamar el cansancio de la esperanza. Ese cansancio que surge
cuando ―como en el evangelio― el sol cae como plomo y vuelve fastidiosas las
horas, y lo hace con una intensidad tal que no deja avanzar ni mirar hacia
adelante. Como si todo se volviera confuso. No me refiero aquí a la «particular
fatiga del corazón» (cf. Carta enc. Redemptoris Mater, 17; Exhort. apost.
Evangelii Gaudium, 287) de quienes “hechos trizas” por la entrega al final del
día logran expresar una sonrisa serena y agradecida; sino a esa otra fatiga, la
que nace de cara al futuro cuando la realidad “cachetea” y pone en duda las
fuerzas, los recursos y la viabilidad de la misión en este mundo tan cambiante
y cuestionador.
Es
un cansancio paralizante. Nace de mirar para adelante y no saber cómo
reaccionar ante la intensidad y perplejidad de los cambios que como sociedad
estamos atravesando. Estos cambios parecieran cuestionar no solo nuestras
formas de expresión y compromiso, nuestras costumbres y actitudes ante la
realidad, sino que ponen en duda, en muchos casos, la viabilidad misma de la
vida religiosa en el mundo de hoy. E incluso la velocidad de esos cambios puede
llevar a inmovilizar toda opción y opinión y, lo que supo ser significativo e
importante en otros tiempos parece que ya no tiene lugar.
Hermanas
y hermanos, el cansancio de la esperanza nace al constatar una Iglesia herida
por su pecado y que tantas veces no ha sabido escuchar tantos gritos en el que
se escondía el grito del Maestro: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt
27,46).
Y
así podemos acostumbrarnos a vivir con una esperanza cansada frente al futuro
incierto y desconocido, y esto deja espacio a que se instale un gris
pragmatismo en el corazón de nuestras comunidades. Todo aparentemente parecería
proceder con normalidad, pero en realidad la fe se desgasta y se degenera.
Comunidades y presbiterios desilusionados con la realidad que no entendemos o
que creemos que no tiene ya lugar para nuestra propuesta, podemos darle
“ciudadanía” a una de las peores herejías posibles para nuestra época: pensar
que el Señor y nuestras comunidades no tienen ya nada que decir ni aportar en
este nuevo mundo que se está gestando (cf. Exhort. apost. Evangelii gaudium,
83). Y entonces sucede que lo que un día surgió para ser sal y luz del mundo
termina ofreciendo su peor versión.
Dame de beber
Las
fatigas del camino acontecen y se hacen sentir. Gusten o no gusten están, y es
bueno tener la misma valentía que tuvo el Maestro para decir: «dame de beber».
Como le sucedió a la samaritana y nos puede suceder a cada uno de nosotros, no
queremos calmar la sed con cualquier agua sino con ese «manantial que brotará
hasta la vida eterna» (Jn 4,14). Sabemos, como bien lo sabía la samaritana que
cargaba desde hacía años los cántaros vacíos de amores fallidos, que no
cualquier palabra puede ayudar a recuperar las fuerzas y la profecía en la
misión. No cualquier novedad, por muy seductora que parezca, puede aliviar la
sed. Sabemos, como bien lo sabía ella, que tampoco el conocimiento religioso,
la justificación de determinadas opciones y tradiciones pasadas o novedades
presentes, nos hacen siempre fecundos y apasionados «adoradores en espíritu y
en verdad» (Jn 4,23).
Dame
de beber es lo que pide el Señor y es lo que nos pide que digamos nosotros. Y
al decirlo, le abrimos la puerta a nuestra cansada esperanza para volver sin
miedo al pozo fundante del primer amor, cuando Jesús pasó por nuestro camino,
nos miró con misericordia, y nos eligió y nos pidió seguirlo; al decirlo
recuperamos la memoria de aquel momento en el que sus ojos se cruzaron con los
nuestros, el momento en que nos hizo sentir que nos amaba, que me amaba, y no
solo de manera personal sino también como comunidad (cf. Homilía en la Vigilia
Pascual, 19 abril 2014).
Poder
decir dame de beber es volver sobre nuestros pasos y, en fidelidad creativa,
escuchar cómo el Espíritu no engendró una obra puntual, un plan de pastoral o
una estructura a organizar sino que, por medio de tantos “santos de la puerta
de al lado” ―entre los cuales encontramos padres y madres fundadores de
institutos seculares, obispos y párrocos que supieron poner fundamento a sus
comunidades―, regaló vida y oxígeno a un contexto histórico determinado que
parecía asfixiar y aplastar toda esperanza y dignidad.
“Dame
de beber” significa animarse a dejarse purificar y rescatar la parte más
auténtica de nuestros carismas fundantes ―que no solo se reducen a la vida
religiosa sino a la Iglesia toda― y ver de qué forma se pueden expresar hoy. Se
trata no solo de mirar con agradecimiento el pasado sino de ir en búsqueda de
las raíces de su inspiración y dejar que resuenen nuevamente con fuerza entre
nosotros (cf. PAPA FRANCISCO - FERNANDO PRADO, La fuerza de la vocación, 42).
“Dame
de beber” significa reconocer que necesitamos que el Espíritu nos transforme en
hombres y mujeres memoriosos de encuentro y un paso, del paso salvífico de
Dios. Y con confianza, así como lo hizo ayer, lo seguirá haciendo mañana: «ir a
las raíces nos ayuda sin lugar a dudas a vivir el presente, y a vivirlo sin
miedo. Tenemos necesidad de vivir sin miedo respondiendo a la vida con la
pasión de estar empeñados con la historia, inmersos en las cosas. Con pasión de
enamorados» (cf. ibíd., 44).
La
esperanza cansada será sanada y gozará de esa «particular fatiga del corazón»
cuando no tema volver al lugar del primer amor y logre encontrar, en las
periferias y desafíos que hoy se nos presentan, el mismo canto, la misma mirada
que suscitó el canto y la mirada de nuestros mayores. Así evitaremos el riesgo
de partir desde nosotros mismos y abandonaremos la cansadora auto-compasión
para encontrar los ojos con los que Cristo hoy nos sigue buscando, nos sigue
mirando, nos sigue llamando, invitando a la misión como lo hizo en aquel primer
encuentro, el encuentro del primer amor.
*
* *
No
me parece un acontecimiento menor que esta catedral vuelva a abrir sus puertas
después de mucho tiempo de renovación. Experimentó el paso de los años, como
fiel testigo de la historia de este pueblo y con la ayuda y el trabajo de
muchos quiso volver a regalar su belleza. Más que una formal reconstrucción,
que siempre intenta volver a un original pasado, buscó rescatar la belleza de
los años abriéndose a hospedar toda la novedad que el presente le podía
regalar. Una catedral española, india y afroamericana se vuelve así catedral
panameña, de los de ayer, pero también de los de hoy que han hecho posible este
hecho. Ya no pertenece solo al pasado, sino que es belleza del presente.
Y
hoy nuevamente es regazo que impulsa a renovar y alimentar la esperanza, a
descubrir cómo la belleza del ayer se vuelve base para construir la belleza del
mañana.
Y
así actúa el Señor, nada de cansancio de la esperanza, sí la peculiar fatiga
del corazón del que lleva adelante todos los días lo que le fue encomendado: la
mirada del primer amor.
Hermanos, no nos dejemos robar la esperanza que hemos heredado de nuestros padres, la belleza que hemos heredado de nuestros padres, que ella sea la raíz viva y fecunda que nos ayude a seguir haciendo bella y profética la historia de salvación en estas tierras.
Fuente:
ACI Prensa






