En honor de nuestra Madre
Santísima, es la más popular de todas las Letanías, llamada así porque se usó
por primera vez en el Santuario de Loreto
FIDELIDAD
La
fidelidad es aquella virtud que nos inclina a mantener, a cumplir las promesas
hechas. Es una virtud afín a la justicia.
María
poseyó eminentemente también esta virtud; Ella fue constante y perfectamente
fiel a Dios y a nosotros. Fue siempre toda de Dios, atenta a cumplir su
voluntad.
Fiel
en el gozo y en el dolor, en el oprobio y en la gloria, en Nazaret y en Belén,
en Judea y en Egipto, durante el triunfo del Hijo y en su muerte sobre la Cruz
en el Calvario.
Imitemos
esta admirable fidelidad en nuestros deberes, en la fidelidad a la voluntad
Divina en nuestra sublime misión, a nuestra vocación a la santidad, a los
designios que sobre nosotros tiene la paternal Bondad del Señor.
María
Santísima, Virgen fiel a nosotros. Atendiendo a las palabras de su Hijo
moribundo, Ella es Madre para todos, nos ama, nos favorece, nos obtiene el
perdón de los pecados, la perseverancia en el bien y la vida eterna. Ella es la
Madre de la santa esperanza.
Pongamos
primero en Dios nuestra esperanza y luego en Ella y jamás seremos confundidos.
ESPEJO DE JUSTICIA
Hemos
de considerar, en primer lugar, lo que debemos entender por JUSTICIA, porque
esta palabra, tal como se emplea en el lenguaje de la Iglesia, no tiene el
sentido que el lenguaje ordinario le atribuye.
Por
justicia no debemos entender aquí la virtud de la lealtad, de la equidad (dar a
cada uno lo que merece), de la rectitud en la conducta sino más bien la
justicia o perfección moral, en cuanto abarca, a la vez, todas las virtudes y
significa un estado del alma virtuoso y perfecto, de tal manera que el sentido
de la palabra JUSTICIA es casi equivalente al sentido de la palabra santidad.
Por
esto, al ser llamada María, espejo de justicia, lo hemos de entender en el
sentido de que es espejo de santidad, de perfección y de bondad sobrenatural.
¿Qué
se entiende al compararla con un espejo? Un espejo es una superficie que
refleja algo, como el agua inmóvil, el acero pulido, la luna, etc..
Ella
reflejaba a nuestro Señor, que es la Santidad Infinita ... Divina Santidad, por
lo cual es llamada Espejo de la Santidad, o como se dice en las Letanías ESPEJO
DE JUSTICIA.
María
llegó a reflejar la santidad de Jesús viviendo con El. ¡Cuán semejantes llegan
a ser los que se aman y viven juntos!. Cuando reina el amor entre esposos,
entre padres e hijos, entre hermanos, (as), amigos, con el tiempo se produce un
maravilloso parecido que llega a manifestarse en la expresión de los rasgos de
la voz, en el lenguaje y algunas veces hasta en carácter, opiniones, gustos.
Esto también sucede, sin duda, en el estado invisible de las almas, en las
cuales, para bien o para mal, se realiza esta transformación y semejanza.
Hemos
de considerar ahora que María amaba a su Divino Hijo con un amor indecible ya
que lo tuvo consigo durante treinta años. Si estuvo llena de gracia antes de
haberlo concebido en su Seno, debió alcanzar una santidad incomprensiblemente
mayor después de haber vivido tan íntimamente con El durante aquellos treinta
años. Santidad que reflejaba los Atributos de Dios, con una plenitud de
perfección, de la cual ningún santo puede damos una idea. Ella es el ESPEJO DE
LA DIVINA PERFECCIÓN.
TRONO DE LA SABIDURÍA
La
palabra Sabiduría tiene en la Sagrada Escritura varios significados: en primer
lugar la Sabiduría personal o subsistente, esto es, el Verbo Divino, y
Jesucristo como Hombre, ya que en El a Humanidad creada estaba unida a la
Divinidad en unidad de persona; en segundo lugar, la Sabiduría impersonal,
hábito o cualidad de los seres inteligentes, y por último, la Sabiduría, Don
del Espíritu Santo.
Bajo
estos tres significados la Virgen María es llamada y es verdaderamente Trono o
Sede de la Sabiduría.
María
Santísima, Trono de la Sabiduría, de la Sabiduría personal. El Verbo es el
perfecto y subsistente conocimiento de todo el ser Perfectísimo e Infinito que
es el Padre.
El
Verbo Divino se encamó en el seno purísimo de María, así vino al ser Madre de
Dios, Madre del Verbo, Madre de Cristo Hombre, Madre de la Sabiduría.
Por
eso, principalmente se le invoca como Trono de la Sabiduría porque puso el
Verbo su sede en las Purísimas entrañas de Ella.
El
se hizo para Sí, en el seno Virginal, una morada muy digna y escogida, habitó
en Ella, y después de nacer fue llevado en sus brazos durante sus primeros años
y estuvo sentado sobre sus rodillas. Siendo realmente también, por decirlo así,
el Trono humano de Aquel que reina en el Cielo.
•
María Santísima, Sede de la virtud de la
Sabiduría.- El hábito de la Sabiduría reside en el entendimiento del ser
humano y tiene por objeto propio el conocimiento de las cosas naturales y
sobrenaturales y sus causas, se eleva al conocimiento y contemplación de la
Causa primera e increada, necesaria, absoluta, es decir, Dios; ve y contempla a
Dios en todas las cosas de la naturaleza, todo lo refiere a Dios, se remonta
hasta Dios y en El descansa; de todo lo creado toma base para admirar, bendecir
y amar a Dios, último término al cual están dirigidas todas las cosas. Y es así
como esta Sabiduría, de especulativa se hace práctica, de estéril se convierte
en operativa, del entendimiento pasa al corazón y lo ensancha y lo consuela y
le infunde un gozo, un sabor y una unción, por lo cual precisamente se llama
Sabiduría.
Por
encima de todos los santos, María poseyó en grado perfecto la virtud de la
Sabiduría, más aún, Ella es la Sede de la Sabiduría. Fue dotada por Dios de un
entendimiento naturalmente perfecto, ejercitado y enriquecido por la continua y
altísima contemplación y por el conocimiento de la Escritura.
María,
después de Jesucristo, tuvo el corazón mejor dispuesto para la gratitud, para
la admiración, para el amor: disposición acrecentada hasta el máximo por la
fiel correspondencia a la obra de la gracia que la llevó al más perfecto
conocimiento de Dios posible a una mente creada.
•
María, Sede del Don de Sabiduría. Hay
una Sabiduría que no se adquiere con los recursos humanos, sino que es un Don
sobrenatural infundido por el Espíritu Santo.
Este
Don, como enseña Santo Tomás de Aquino, es distinto en su naturaleza del hábito
de la Sabiduría.
Este
Don consiste en un profundo conocimiento de Dios y de sus altísimos misterios,
conocimiento encaminado no tanto a satisfacer la inteligencia que contempla,
cuanto a alimentar y atraer la voluntad con la fuerza del amor. El alma en la
que se ha desarrollado este Don se sumerge y se abisma enteramente en Dios, en
sus perfecciones Infinitas y en sus Misterios, y allí se goza de tal manera que
todo lo que no es de Dios o no conduce a Dios se le hace pesado y enojoso, le
resulta insípido.
En
los treinta años que vivió en íntima unión con la Sabiduría Encarnada, cuántas
veces recibiría María en el secreto de la Casa de Nazaret los vívidos rayos de
la Sabiduría Eterna en los que Ella recogía hechos y misterios; palabras y
recuerdos en el santuario de su corazón y los conservaba. Era el tesoro de las
diversas riquezas que, pasando por su alma de Madre, se convertían en leche de
vida, de sabiduría y de gracia para sus hijos. Ella más que ninguna criatura
angélica o humana, penetró en los profundos Misterios de la Divinidad, rozando,
por decirlo así, los confines de lo Infinito.
María
llevó en su seno a la Sabiduría Increada pero su mente y su corazón fueron más
anchos y capaces que su mismo seno, dice San Buenaventura. Con toda razón, la
Iglesia la invoca Trono de la Sabiduría.
CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA
Jesucristo
fue y es causa fundamental y primera de nuestra alegría. María es causa
secundaria e instrumental.
Nosotros
amamos la alegría porque es un bien y amamos la felicidad de la cual la alegría
es un fruto. También Dios quiere que estemos alegres pues El "Ama al que
da con alegría" (cfr. 2ª. Cor. 9.7).
Existen
dos clases de alegría:
Una,
la de aquellos que encuentran alegría donde tendrían motivo para entristecerse,
esto es, en el pecado.
También
la de quienes aunque no ponen su alegría en el pecado, pero sí se deleitan en
los honores, en las riquezas, en las comodidades de la vida y en todo aquel
cúmulo de frivolidades que un refinamiento insaciable va acumulando sobre los
grandes caminos del progreso.
Esta
alegría, aún la menos culpable, es frívola, falsa, momentánea.
Es
frívola porque satisface más a los sentidos que al alma.
Es
falsa, parece alegría, pero no lo es, llena el corazón por breves momentos,
pero pronto lo deja vacío y descontento.
Es
momentánea, fugaz… La vida del ser humano es muy breve y con frecuencia regada
de lágrimas.
Los
bienes materiales no pueden damos la felicidad.
•
La otra clase de alegría ES LA CRISTIANA y es muy distinta porque más allá de
las sombras del misterio y tras el velo de las lágrimas, alcanza y saborea una
alegría verdaderamente tranquila, veraz y duradera, como los bienes en los que
se funda: la tranquilidad de conciencia, la AMISTAD CON DIOS la justa
apreciación de los bienes de esta vida, la paciencia en las adversidades, la esperanza
de los bienes eternos, son fuentes inagotables de indecible y sólida alegría.
No hay fuerza humana o de acontecimientos que pueda arrebatar esta perfecta
alegría que anida en las íntimas profundidades del alma y que se identifica con
el amor de Jesucristo.
María
es CAUSA DE NUESTRA ALEGRÍA porque nos dio a Jesús el Verbo Encarnado.
Por: Redacción Mercaba
Fuente: www.mercaba.org






