Palabras
del Papa a voluntarios y enfermos
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| El Papa habla con chicos de la Casa 'El Buen Samaritano', en Ciudad de Panamá.Captura Vatican Media |
“Es
fácil confirmar la fe de unos hermanos cuando se la ve actuar ungiendo heridas,
sanando esperanza y animando a creer”, son las palabras de agradecimiento al
Papa Francisco a los trabajadores de la Casa ‘El Buen Samaritano’, en Panamá.
El
Papa ha visitado esta mañana, último día de su viaje apostólico a Panamá, la
Casa Hogar ‘El Buen Samaritano’, donde también estaban presentes algunas
personas del Centro Juan Pablo II, del Hogar San José de las Hermanas de la
Caridad y de la “Casa del Amor”, de la Congregación Hermanos de Jesús
Kkottonngae.
El
buen Samaritano, así como todas vuestras casas, nos muestran que el prójimo es
“en primer lugar una persona, alguien con rostro concreto, real y no algo a
saltear o ignorar, sea cual sea su situación. Es rostro que revela nuestra
humanidad tantas veces sufriente e ignorada”.
“Estar
aquí es tocar el rostro silencioso y maternal de la Iglesia que es capaz de
profetizar y crear hogar, crear comunidad”, ha anunciado el Papa. “El rostro de
la Iglesia que normalmente no se ve y pasa desapercibido, pero es signo de la
concreta misericordia y ternura de Dios, signo vivo de la buena nueva de la
resurrección que actúa hoy en nuestras vidas”.
“Acá
no nacen de nuevo solo los que podríamos llamar ‘beneficiarios primeros’ de
vuestros hogares; aquí la Iglesia y la fe nacen y se recrean continuamente por
medio de la caridad”.
El
Papa ha alentado a los trabajadores de la caridad, en Ciudad de Panamá, con la
Sagrada Escritura: “El Evangelio nos dice que una vez le preguntaron a Jesús:
‘¿Quién es mi prójimo?’ Él no respondió con teorías, ni hizo un discurso bonito
o elevado, sino que utilizó una parábola ―la del Buen Samaritano―, un ejemplo
concreto de la vida real que todos ustedes conocen y viven muy bien”.
“El
prójimo es sobre todo un rostro que encontramos en el camino, –ha recordado– y
por el cual nos dejamos mover y conmover: mover de nuestros esquemas y
prioridades y conmover entrañablemente por lo que esa persona vive para darle
lugar y espacio en nuestro andar”.
Este
domingo, 27 de enero de 2019, el Santo Padre ha celebrado a las 8 horas la Misa
de Envío con los jóvenes venidos de todo el mundo participar en la JMJ, y a las
18 horas regresará a Roma, tras celebrar el encuentro con todos los voluntarios
que han trabajado en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Panamá.
***
Palabras del Papa
Francisco
Estimados
directores, colaboradores y agentes de pastoral, Amigas y amigos:
Gracias
padre Domingo por las palabras que, en nombre de todos, me ha dirigido. He
deseado mucho este encuentro con ustedes, que están aquí en el hogar El Buen
Samaritano, y también con los demás jóvenes presentes del Centro Juan Pablo II,
del Hogar San José de las Hermanas de la Caridad y de la “Casa del Amor”, de la
Congregación Hermanos de Jesús Kkottonngae. Estar hoy con ustedes es para mí un
motivo para renovar la esperanza. Gracias por permitirlo.
Preparando
este encuentro pude leer el testimonio de un miembro de este hogar que me tocó
el corazón porque decía: «aquí yo nací de nuevo». Este hogar, y todos los
centros que ustedes representan, son signo de esa vida nueva que el Señor nos
quiere regalar. Es fácil confirmar la fe de unos hermanos cuando se la ve
actuar ungiendo heridas, sanando esperanza y animando a creer. Acá no nacen de
nuevo solo los que podríamos llamar “beneficiarios primeros” de vuestros
hogares; aquí la Iglesia y la fe nacen y se recrean continuamente por medio de
la caridad.
Comenzamos
a nacer de nuevo cuando el Espíritu Santo nos regala los ojos para ver a los
demás, como nos decía el P. Domingo, no solo como nuestros vecinos ―que eso es
ya decir mucho― sino como nuestros prójimos.
El
Evangelio nos dice que una vez le preguntaron a Jesús: ¿Quién es mi prójimo?
(cf. Lc 10,29). Él no respondió con teorías, ni hizo un discurso bonito o
elevado, sino que utilizó una parábola ―la del Buen Samaritano―, un ejemplo
concreto de la vida real que todos ustedes conocen y viven muy bien. El prójimo
es sobre todo un rostro que encontramos en el camino, y por el cual nos dejamos
mover y conmover: mover de nuestros esquemas y prioridades y conmover
entrañablemente por lo que esa persona vive para darle lugar y espacio en
nuestro andar. Así lo entendió el buen Samaritano ante el hombre que había
quedado medio muerto al borde del camino no solo por unos bandidos sino también
por la indiferencia de un sacerdote y de un levita que no se animaron a ayudar,
porque la indiferencia también hiere y mata. Unos por unas míseras monedas, los
otros por miedo a contaminarse, por desprecio o disgusto social no tenían
problema en dejar tirado en la calle a ese hombre. El buen Samaritano, así como
todas vuestras casas, nos muestran que el prójimo es en primer lugar una
persona, alguien con rostro concreto, real y no algo a saltear o ignorar, sea
cual sea su situación. Es rostro que revela nuestra humanidad tantas veces
sufriente e ignorada.
Es
rostro que incomoda hermosamente la vida porque nos recuerda y pone en el
camino de lo verdaderamente importante y nos libra de banalizar y volver
superfluo nuestro seguimiento del Señor.
Estar
aquí es tocar el rostro silencioso y maternal de la Iglesia que es capaz de
profetizar y crear hogar, crear comunidad. El rostro de la Iglesia que
normalmente no se ve y pasa desapercibido, pero es signo de la concreta
misericordia y ternura de Dios, signo vivo de la buena nueva de la resurrección
que actúa hoy en nuestras vidas.
Crear
“hogar” es crear familia; es aprender a sentirse unidos a los otros más allá de
vínculos utilitarios o funcionales que nos hagan sentir la vida un poco más
humana.
Crear
hogar es permitir que la profecía tome cuerpo y haga nuestras horas y días
menos inhóspitos, indiferentes y anónimos. Es crear lazos que se construyen con
gestos sencillos, cotidianos y que todos podemos realizar. Un hogar, y lo
sabemos todos muy bien, necesita de la colaboración de todos. Nadie puede ser
indiferente o ajeno, ya que cada uno es piedra necesaria en su construcción. Y
eso implica pedirle al Señor que nos regale la gracia de aprender a tenernos
paciencia, a perdonarse; aprender todos los días a volver a empezar. Y,
¿cuántas veces perdonar o volver a empezar? Setenta veces siete, todas las
necesarias. Crear lazos fuertes exige de la confianza que se alimenta todos los
días de la paciencia y el perdón.
Así
se produce el milagro de experimentar que aquí se nace de nuevo, aquí todos
nacemos de nuevo porque sentimos actuante la caricia de Dios que nos posibilita
soñar el mundo más humano y, por tanto, más divino.
Gracias
a todos ustedes por el ejemplo y generosidad; gracias a sus Instituciones, a
los voluntarios y a los bienhechores. Gracias a cuantos hacen posible que el
amor de Dios se haga cada vez más concreto y real, mirando a los ojos de los
que están a nuestro alrededor y reconociéndonos como prójimos.
Ahora
que vamos a rezar el Ángelus, los confío a nuestra Madre la Virgen. Le pedimos
a Ella, que como buena Madre sabe de ternura y de projimidad, nos enseñe a
estar atentos para descubrir cada día quién es nuestro prójimo y nos anime a
salir con rapidez a su encuentro, y poder darle un hogar, un abrazo donde
encuentre cobijo y amor de hermanos. Una misión en la que todos estamos
involucrados.
Los
invito ahora a poner bajo su manto todas sus inquietudes y necesidades,
aquellos dolores que llevan, las heridas que padecen, para que, como Buena
Samaritana, venga a nosotros y nos auxilie con su maternidad, con su ternura,
con su sonrisa de Madre.
Oración
del Ángelus
Rosa
Die Alcolea
Fuente:
Zenit






