"Querría
hacerte una carta triste de despedida, pero no puedo..."
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Tenía
22 años. Era ingeniero químico. Mientras realizaba el servicio militar como
soldado de complemento en el ejército español estalló la guerra civil.
El
20 de julio de 1936 fue detenido y encarcelado en el Castillo de Lérida por ser
católico. Unas semanas después, fue juzgado por un tribunal popular, que le
propuso apostatar de su fe para salvar la vida.
“Si
ser católico es delito, acepto gustosamente ser delincuente, ya que la mayor
felicidad del hombre es dar la vida por Cristo, y si tuviera mil vidas, sin
dudar, las daría por Él”, declaró.
Fue
condenado a muerte y fusilado a medianoche en las puertas del cementerio de
Lérida.
Antes
de morir perdonó a sus verdugos. La misma noche de su muerte, en el calabozo
del ayuntamiento donde esperaba la hora de su ejecución, escribió tres cartas
conmovedoras: una a su novia, otra a su familia (sus dos hermanas y su tía) y
una última a su director espiritual.
Carta a su prometida
Querida
Mariona:
Nuestras
vidas se unieron y Dios ha querido separarlas. A Él le ofrezco, con toda la
intensidad posible, el amor que te profeso, mi amor intenso, puro y sincero.
Siento
tu desgracia, no la mía. Puedes estar orgullosa: dos hermanos y tu prometido.
¡Pobre Mariona!
Me
sucede una cosa extraña. No puedo sentir pena alguna por mi suerte. Una alegría
interna, intensa, fuerte, me invade por completo.
Querría
hacerte una carta triste de despedida, pero no puedo. Todo yo estoy envuelto de
ideas alegres como un presentimiento de gloria.
Querría
hablarte de lo mucho que te habría querido, de las ternuras que te tenía
reservadas, de lo felices que habríamos sido. Pero para mí todo esto es
secundario.
Tengo
que dar un gran paso. Una cosa quiero decirte: cásate, si puedes. Desde el
cielo yo bendeciré tu unión y tus hijos. No quiero que llores, no quiero.
Espero que estés orgullosa de mí. Te quiero.
No
tengo tiempo para nada más.
Francisco
A
A sus hermanas y su tía
Queridas:
Acaban
de leerme la pena de muerte y jamás he estado tan tranquilo como ahora. Tengo
la seguridad de que esta noche estaré con mis padres en el cielo. Allí os
esperaré.
La
providencia de Dios ha querido elegirme a mí como víctima de los errores y
pecados cometidos por nosotros. Voy con gusto y tranquilidad a la muerte. Nunca
como ahora tendré tantas probabilidades de salvación.
Ya
se ha terminado mi misión en esta vida. Ofrezco a Dios los sufrimientos de esta
hora. No quiero en modo alguno que lloréis por mí: es lo único que os pido.
Estoy
contento, muy contento. Os dejo con pena a vosotras, a quienes tanto he amado,
pero ofrezco a Dios este afecto y todos los lazos que me retendrían en este
mundo.
Teresina:
¡Sé valiente! ¡No llores por mí! ¡Soy yo quien ha tenido una suerte inmensa,
que no sé como agradecer a Dios! He cantado con toda propiedad el “Amunt, que
és sols camí d’un dia” (“Arriba, el camino es solo de un día”). Perdona las
penas y sufrimientos que te he causado involuntariamente. Yo siempre te he
querido mucho. No quiero que llores por mí, ¿oyes?.
María:
Pobre hermanita mía: También tú serás valiente y no te agobiará este golpe de
la vida. Si Dios te da hijos, les darás un beso de mi parte, de parte de su
tío, que los amará desde el cielo. A mi cuñado, un fuerte abrazo. Espero de él
que será vuestra ayuda en este mundo y sabrá sustituirme.
Tía:
en este momento siento un profundo agradecimiento por cuanto usted ha hecho por
nosotros. Nos encontraremos en el cielo dentro de unos años. Sepa Ud. gastarlos
con toda clase de generosidades. Desde el cielo rogará por usted éste que le
quiere tanto.
Saludos
a Bastida, a la señora Francisqueta, a los didos, a Pedro, a Puig, a López, a
los queridos compañeros de la Federación que no quiero nombrar.
A
todos los amigos decidles que muero contento y que me acordaré de ellos en la
otra vida. A los Foles, a los tíos de Vallmoll, a los del Jardí, a Carlos, a
los de Alicante, a los de Pravia, a los de Sarriá.
A
todos, mi afecto.
Francisco
A
A su amigo y director
espiritual, el jesuita Román Galán
Querido
Padre:
Le
escribo estas letras estando condenado a muerte y faltando unas horas para ser
fusilado. Estoy tranquilo y contento, muy contento. Espero poder estar en la
gloria dentro de poco rato.
Renuncio
a los lazos y placeres que puede darme el mundo y al cariño de los míos. Doy
gracias a Dios porque me da una muerte con muchas posibilidades de salvarme.
Tengo
una libreta en la que apuntaba las ideas que se me ocurrían (mis inventos).
Haré porque se la manden a Ud. Es mi pobre testamento intelectual.
Fíjese
en el compresor de amoniaco. El HG puede sustituirse por un líquido cualquiera,
en circuito cerrado, las válvulas por válvulas metálicas y la presión por una
simple bomba centrífuga con presión.
Le
estoy muy agradecido. Rogaré por Ud. Recuerdos a los de Pravia.
Francisco
Castelló
Fuente:
Aleteia






