Todos
los días, cuando rezamos, no hacemos otra cosa que volver a apuntar a la meta
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| Pascal Deloche | GoDong |
Hace poco escuché una meditación sobre el
amor y me encantó. Acá les comparto las sencillas reflexiones que me quedaron,
que nos hablan de cómo es Dios y cómo es el amor que todos anhelamos.
Pensando en el amor, lo primero
que hay que caer en la cuenta es que el amor no se detiene. El
amor nunca se queda en los medios, el amor busca el encuentro,
la persona, la comunión. El amor no descansa antes de tiempo, solo descansa cuando
hay encuentro.
Por eso, pensar en el amor nos
hace pensar en Dios y nos hace preguntarnos cómo vivir ese amor desde la fe
para poder encontrarlo en este mundo.
Más
de una vez en la vida nos pasa que sin saber cómo, y no como resultado de un
razonamiento sino como una evidencia que se impone, nos damos cuenta de que
algo ha cambiado y que todo lo vemos de otro modo.
Así también pasa en la vida
espiritual donde se dan paradojas como ésta: “no supe dónde entraba, no sabía
dónde estaba, ni cómo había llegado allí, pero entendí grandes cosas”.
Esto es únicamente el resultado
de un amor que nos sorprende.
Pero también
nos pasa que hemos gustado lo pleno, que hemos encontrado el amor, pero de
repente nos damos cuenta de que no lo tenemos, de que se ha ido
y de que nada lo puede reemplazar.
Este es uno de los mayores
dramas humanos: que las heridas de amor las cura el que
las hizo. Y es uno de los problemas del amor: no tiene
reemplazantes.
Lo infinito del corazón del
hombre es la herida, la huella, la eterna memoria de quien nos ha hecho con
amor.
Los
hombres tenemos memoria de Dios y los encuentros que tenemos en esta vida, en
la fe, en la oración, en las experiencias que Dios nos regala, nos hacen tomar
conciencia y nos avivan esta sed,
esta herida.
Esto me lleva a pensar que todos
los seres humanos tenemos un corazón infinito, pero no todos se han dado
cuenta.
Entonces, ¿podemos decir que padecen
más los que se dieron cuenta de la infinita capacidad de ese corazón?
En un sentido sí, y eso lo
podemos constatar en la oración: en ella somos consolados pero a la vez
sentimos que se aviva el problema, pues también sentimos la ausencia de ese amor y nos deja
insatisfechos.
Pero no nos tenemos que
compadecer de esta situación, esta dramática realidad no nos viene tanto de
nuestra pobreza sino de la maravillosa suerte de haber sido invitados al amor.
En otras palabras es
preferible sufrir por estar enamorados a tener la calma de no tener ni idea de
lo que es el amor.
¿Entonces en las cosas de encontrarnos
con el amor de Dios se trata de acostumbrarnos a sentirnos mal? Pues no. Se
trata de todos los días volver a recordar que estamos hechos para lo
pleno.
Nuestro sentirnos mal nos dice
una y otra vez que esa es nuestra meta y que estamos caminando hacia allá.
Que en este mundo no termina
nuestra vida, que morir es solo morir, que morir se acaba. Y
esto, aunque parezca una desgracia, una espera infinita, se convierte en gracia
porque nos hace tomar consciencia de que hemos sido invitados a la comunión.
Somos
barro invitado a ser Dios.
Por eso nuestra vida no consiste en defender lo poco que tenemos sino
en no perdernos la plenitud a la cual fuimos invitados.
Se
trata de buscar en todo ser fieles a lo pleno y tener una gran capacidad de
insatisfacción; es
decir, vivir en el tiempo con sed y esperanza de absoluto, sabiendo que aquí
ha comenzado pero no está la plenitud.
Todos
los días, cuando rezamos, no hacemos otra cosa que volver a apuntar a la meta, y desde allí nos situamos para entender
la vida.
Y por último recordar que María
comprendió que la plenitud está al final.
En las bodas de Caná lejos de
asustarse ante la falta de vino recurrió al único que nos puede entregar el de
mejor calidad: “Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido
bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino
hasta este momento” (Jn 2, 10).
Dicho en otras palabras, no nos
tenemos que asustar de que un día la vida nos parezca una fiesta de
bodas en la cual el vino se terminó, ya no hay sentido, ya no tenemos fuerzas,
motivaciones, todo parece que se acabó.
Ese es el momento para acudir
a Aquel que está deseando regalarnos el mejor vino que viene al final, un
vino que no es hecho por el hombre.
El sentido de la vida no es el
que los hombres nos fabricamos. El sentido de la vida es el que nos regala
Jesús y el que hay que saber esperar.
Luisa
Restrepo
Fuente:
Aleteia






