Homilía
del Papa Francisco
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| Misa del 1 de Enero 2019 © Vatican Media |
“Hay
mucha dispersión y soledad a nuestro alrededor, el mundo está totalmente
conectado, pero parece cada vez más desunido. Necesitamos confiarnos a la
Madre”, ha exhortado el Papa Francisco en la Misa dedicada a la Solemnidad de
María Santísima, Madre de Dios.
El
Papa Francisco ha presidido la Eucaristía con motivo de la Solemnidad de María
Santísima Madre de Dios, en la Octava de Navidad, a las 10 horas, en la
Basílica Vaticana, coincidiendo con la celebración de la 52ª Jornada Mundial de
la Paz, que este año trata sobre La buena política al servicio de la paz.
“Tómanos
de la mano, María”, he orado Francisco en su homilía. “Aferrados a ti
superaremos los recodos más estrechos de la historia. Llévanos de la mano para
redescubrir los lazos que nos unen. Reúnenos juntos bajo tu manto, en la
ternura del amor verdadero, donde se reconstituye la familia humana: Bajo
tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”.
“Acojamos
con asombro el misterio de la Madre de Dios”, ha invitado el Pontífice, “como
los habitantes de Éfeso en el tiempo del Concilio. Como ellos, la aclamamos
«Santa Madre de Dios». Dejémonos mirar, dejémonos abrazar, dejémonos tomar
de la mano por ella”.
“Admiración”:
Francisco ha llamado a vivir esta actitud al comienzo del año, porque la vida
es un don “que siempre nos ofrece la posibilidad de empezar de nuevo”, ha
recordado. “Al inicio del año, pidámosle a ella la gracia del asombro ante el
Dios de las sorpresas”. (…) “Renovemos el asombro de los orígenes, cuando nació
en nosotros la fe”, ha exhortado el Santo Padre.
RD
A
continuación, ofrecemos la homilía que ha pronunciado el Santo Padre esta
mañana, en la Santa Misa.
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Homilía del Papa Francisco
«Todos
los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores» (Lc 2,
18). Admirarnos: a esto estamos llamados hoy, al final de la octava
de Navidad, con la mirada puesta aún en el Niño que nos ha nacido, pobre de
todo y rico de amor. Admiración: es la actitud que hemos de tener al comienzo
del año, porque la vida es un don que siempre nos ofrece la posibilidad de
empezar de nuevo, incluso en las peores situaciones.
Pero
hoy es también un día para admirarse delante de la Madre de Dios: Dios es un
niño pequeño en brazos de una mujer, que nutre a su Creador. La imagen que
tenemos delante nos muestra a la Madre y al Niño tan unidos que parecen una
sola cosa. Es el misterio de este día, que produce una admiración infinita:
Dios se ha unido a la humanidad, para siempre. Dios y el hombre siempre juntos,
esta es la buena noticia al inicio del año: Dios no es un señor distante que
vive solitario en los cielos, sino el Amor encarnado, nacido como nosotros de
una madre para ser hermano de cada uno, para estar cerca: el Dios de la
cercanía. Está en el regazo de su madre, que es también nuestra madre, y desde
allí derrama una ternura nueva sobre la humanidad. Y nosotros entendemos mejor
el amor divino, que es paterno y materno, como el de una madre que nunca deja
de creer en los hijos y jamás los abandona. El Dios-con-nosotros nos ama
independientemente de nuestros errores, de nuestros pecados, de cómo hagamos
funcionar el mundo. Dios cree en la humanidad, donde resalta, primera e
inigualable, su Madre.
Al
comienzo del año, pidámosle a ella la gracia del asombro ante el Dios de las
sorpresas. Renovemos el asombro de los orígenes, cuando nació en nosotros la
fe. La Madre de Dios nos ayuda: Madre que ha engendrado al Señor, nos engendra
a nosotros para el Señor. Es madre y regenera en los hijos el asombro de la fe,
porque la fe es un encuentro, no es una religión. La vida sin asombro se vuelve
gris, rutinaria; lo mismo sucede con la fe. Y también la Iglesia necesita
renovar el asombro de ser morada del Dios vivo, Esposa del Señor, Madre que
engendra hijos. De lo contrario, corre el riesgo de parecerse a un hermoso
museo del pasado. La “Iglesia museo”. La Virgen, en cambio, lleva a la Iglesia
la atmósfera de casa, de una casa habitada por el Dios de la novedad. Acojamos
con asombro el misterio de la Madre de Dios, como los habitantes de Éfeso en el
tiempo del Concilio. Como ellos, la aclamamos «Santa Madre de Dios». Dejémonos
mirar, dejémonos abrazar, dejémonos tomar de la mano por ella.
Dejémonos
mirar. Especialmente en el momento de la necesidad, cuando nos encontramos
atrapados por los nudos más intrincados de la vida, hacemos bien en mirar a la
Virgen, a la Madre. Pero es hermoso ante todo dejarnos mirar por la
Virgen. Cuando ella nos mira, no ve pecadores, sino hijos. Se dice que los ojos
son el espejo del alma, los ojos de la llena de gracia reflejan la
belleza de Dios, reflejan el cielo sobre nosotros. Jesús ha dicho que el ojo es
«la lámpara del cuerpo» (Mt6,22): los ojos de la Virgen saben iluminar toda
oscuridad, vuelven a encender la esperanza en todas partes. Su mirada dirigida
hacia nosotros nos dice: “Queridos hijos, ánimo; estoy yo, vuestra madre”.
Esta
mirada materna, que infunde confianza, ayuda a crecer en la fe. La fe es un
vínculo con Dios que involucra a toda la persona, y que para ser custodiado
necesita de la Madre de Dios. Su mirada materna nos ayuda a sabernos hijos
amados en el pueblo creyente de Dios y a amarnos entre nosotros, más allá de
los límites y de las orientaciones de cada uno. La Virgen nos arraiga en la
Iglesia, donde la unidad cuenta más que la diversidad, y nos exhorta a cuidar
los unos de los otros. La mirada de María recuerda que para la fe es esencial
la ternura, que combate la tibieza. Ternura: la Iglesia de la ternura.
Ternura, palabra que muchos quieren hoy borrar del diccionario. Cuando en la fe
hay espacio para la Madre de Dios, nunca se pierde el centro: el Señor, porque
María jamás se señala a sí misma, sino a Jesús; y a los hermanos, porque María
es Madre.
Mirada
de la Madre, mirada de las madres. Un mundo que mira al futuro sin mirada
materna es miope. Podrá aumentar los beneficios, pero ya no sabrá ver a los
hombres como hijos. Tendrá ganancias, pero no serán para todos. Viviremos en la
misma casa, pero no como hermanos. La familia humana se fundamenta en las
madres. Un mundo en el que la ternura materna ha sido relegada a un mero
sentimiento podrá ser rico de cosas, pero no rico de futuro. Madre de Dios,
enséñanos tu mirada sobre la vida y vuelve tu mirada sobre nosotros, sobre
nuestras miserias. Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos.
Dejémonos
abrazar. Después de la mirada, entra en juego el corazón, en el que, dice el
Evangelio de hoy, «María conservaba todas estas cosas, meditándolas» (Lc 2,
19). Es decir, la Virgen guardaba todo en el corazón, abrazaba todo,
hechos favorables y contrarios. Y todo lo meditaba, es decir, lo llevaba a
Dios. Este es su secreto. Del mismo modo se preocupa por la vida de cada uno de
nosotros: desea abrazar todas nuestras situaciones y presentarlas a Dios.
En
la vida fragmentada de hoy, donde corremos el riesgo de perder el hilo, el
abrazo de la Madre es esencial. Hay mucha dispersión y soledad a nuestro
alrededor, el mundo está totalmente conectado, pero parece cada vez más
desunido. Necesitamos confiarnos a la Madre. En la Escritura, ella abraza
numerosas situaciones concretas y está presente allí donde se necesita: acude a
la casa de su prima Isabel, ayuda a los esposos de Caná, anima a los discípulos
en el Cenáculo… María es el remedio a la soledad y a la disgregación. Es la
Madre de la consolación, que consuela porque permanece con quien está solo.
Ella sabe que para consolar no bastan las palabras, se necesita la presencia;
allí está presente como madre. Permitámosle abrazar nuestra vida. En la Salve
Regina la llamamos “vida nuestra”: parece exagerado, porque Cristo es la
vida (cf. Jn 14, 6), pero María está tan unida a él y tan cerca de
nosotros que no hay nada mejor que poner la vida en sus manos y reconocerla
como “vida, dulzura y esperanza nuestra”.
Entonces,
en el camino de la vida, dejémonos tomar de la mano. Las madres toman
de la mano a los hijos y los introducen en la vida con amor. Pero cuántos hijos
hoy van por su propia cuenta, pierden el rumbo, se creen fuertes y se
extravían, se creen libres y se vuelven esclavos. Cuántos, olvidando el afecto
materno, viven enfadados consigo mismos e indiferentes a todo. Cuántos,
lamentablemente, reaccionan a todo y a todos, con veneno y maldad. La vida es
así. En ocasiones, mostrarse malvados parece incluso signo de fortaleza. Pero
es solo debilidad. Necesitamos aprender de las madres que el heroísmo está en
darse, la fortaleza en ser misericordiosos, la sabiduría en la mansedumbre.
Dios
no prescindió de la Madre: con mayor razón la necesitamos nosotros. Jesús mismo
nos la ha dado, no en un momento cualquiera, sino en la cruz: «Ahí tienes a tu
madre» (Jn 19, 27) dijo al discípulo, a cada discípulo. La Virgen no es
algo opcional: debe acogerse en la vida. Es la Reina de la paz, que vence el
mal y guía por el camino del bien, que trae la unidad entre los hijos, que
educa a la compasión.
Tómanos
de la mano, María. Aferrados a ti superaremos los recodos más estrechos de la
historia. Llévanos de la mano para redescubrir los lazos que nos unen. Reúnenos
juntos bajo tu manto, en la ternura del amor verdadero, donde se reconstituye
la familia humana: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de
Dios”. Digámoslo todos juntos a la Virgen: “Bajo tu protección nos
acogemos, Santa Madre de Dios”.
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Librería Editorial Vaticano
Fuente:
Zenit






