Jesús
nace a su manera
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| Pexels | CC0 |
Jesús llega a mi vida sin que yo esté
preparado. Nunca suelo estarlo para las grandes ocasiones. Me dejo llevar por
las prisas y no me detengo ni un instante.
Quiero que el nacimiento de
Jesús se dé en mí tal y como mi vida está ahora. Así pasó en la vida real: “El nacimiento de Jesucristo fue de esta
manera”. Fue de una manera silenciosa, sin llamar la atención.
El
nacimiento fue en huida. En la pobreza de un pesebre. ¿Qué hubiera pasado si alguien con alma
de niño hubiera abierto su posada? ¿y si en lugar de un establo hubiera nacido en
una familia, en la paz y el remanso de un hogar en calma? Hubiera sido de otra
manera el nacimiento. Pero no sería Jesús.
Él quiso nacer a su manera. Y su
manera duele, incomoda, altera mi paz y mi sosiego. Su manera
inquieta, es como una astilla que se mete en mi piel haciéndome daño.
Su manera no se adapta a la
horma de mi zapato. O es más pequeña o es más grande. Quiero
encajonar a Dios para que se adapte a mí, a mis deseos.
Dicen que le atribuyo a Él sólo
los bienes. Y los males digo que los observa impotente, pero no es responsable.
Como si quisiera exculparlo de todas mis desgracias.
¿No tengo que perdonarlo a veces
cuando permite algo que me duele en lo más hondo? Sí. Le perdono. Pero me
parece que me he inventado un Dios que nace a mi manera. Cuando yo
quiero, cuando lo necesito.
Y cuando me decepciona lo vuelvo
a reservar en el sagrario. Lo escondo, lo oculto. Allí donde no me molesta en
mi silencio. Calla. Y parece dormido.
Demasiado quieto mi Dios.
Demasiado impotente. Demasiado pequeño. O tal vez tan grande que se queda lejos
de mí. En algún lugar lejano en el que yo no habito.
Tengo claro que mis
decisiones importantes pasan por el corazón. Sin él no puedo
decidir nada bien. No sé lo que de verdad me conviene hasta que lo medito todo
en mi corazón. Allí sucede lo importante.
Pero a veces siento que mi
corazón va a contracorriente. No se adapta a los tiempos de los hombres. Vive
con un reloj distinto. No sé si es el de Dios, o es el de mi alma.
Lo que sé es que a mi
ritmo Dios me habla. En sus silencios confirma mis intuiciones. Y con sus
susurros suaves calma no sé bien cómo mis miedos.
Me arrodillo hoy cansado, con
barro en mis manos, el alma vacía, delante de mi Dios niño, mi Dios de carne,
mi Dios tan humano. ¡Cuánta paradoja hay en el pesebre! ¡Cuánta impotencia para
salvar el mundo! Un Dios hecho hombre, hecho niño, hecho límite.
Decía el padre José Kentenich: “El rostro humano del Padre Eterno vuelto hacia
nosotros, nos revela de manera sensible y palpable, de modo auténticamente
humano, cómo concebir humanamente el interés espiritual de Dios Padre
por cada individuo”.
El rostro de un niño con sus
ojos grandes es el rostro humano de la misericordia de Dios. Dios hecho hombre
se acerca al hombre. Dios con nosotros que no quiere dejarme solo. Dios conmigo
para que sienta cada día su abrazo.
Dios
me ama y viene a mí, pero a su manera, eso sí, no a la mía. Es mejor la suya, lo sé, aunque no la
entienda. Me empeño en querer razonarlo todo. Y mi vida se juega en el corazón,
no en la cabeza. Me salvo en el corazón que a veces tengo tan desordenado, tan
sucio, tan limitado.
Y yo quiero que Jesús nazca en
mi vida a mi manera. Cuando esté todo en orden, pienso, será
distinto. Cuando tenga éxito y logros que justifiquen mi
vida. Entonces le dejaré entrar y quedarse conmigo.
Pero no es así. Soy víctima del
caos de mi alma. Y me siento inquieto y perdido con frecuencia. En
medio de las nieblas de mis desánimos me arrodillo en silencio ante el Niño que
nace.
¿Qué hubiera hecho yo esa noche
de invierno? ¿Hubiera dejado a José y a María entrar en mi vida? Me temo que
no. Me incomodan los que molestan.
Tengo miedo y me cuesta aceptar
la manera de Dios. Por egoísmo, por pereza. Tantas veces me guardo de los hombres que
me incomodan.
Y creo que tengo que vivir a mi
manera. Que es la que de verdad vale. La que me hace feliz, la que se adapta al
tamaño de mi alma. ¡Qué mirada tan pequeña, tan pobre, tan ciega!
Quiero
aprender a dejar nacer a Dios en mi vida a su manera. Dejarlo entrar. Aunque no entienda yo lo que Él hace
cuando habita en mí.
Dios conmigo en medio de mis
días. En medio de mis nervios e inquietudes. Dios que viene a romper la santa armonía de
mis rutinas sagradas. En las que no me desprendo de mi yo
queriendo ser el dueño de mi vida.
Miro a José y María y obedezco: “Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo
y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa ‘Dios-con-nosotros'”.
Los miro en la noche de Navidad.
Cuando todo está a oscuras y una luz se enciende en el pesebre. Una lámpara en
la noche. Una señal de esperanza entre tantas desesperanzas.
Jesús nace a su manera y no lo
comprendo bien. Unos pañales, una madre, un padre. Pobreza,
soledad y silencio.
Jesús
nace a su manera. En la persecución. En el dolor. En la pérdida. En el
martirio. Nace
en medio de la tensión. Cuando no todo está claro ni en paz. Cuando el futuro
es incierto.
Me quiero adaptar a su manera.
Jesús tiene razón, todo es cuestión de tiempo. Dios se adapta a mi tiempo. La
eternidad se limita en horas y en días. No hay nada tan incongruente.
Dios
todopoderoso se vuelve impotente. Dios
omnipresente se esconde en una cueva. Dios omnisciente vive en la ignorancia.
Dios eterno acepta la muerte.
La naturaleza creada asume al
Dios que la ha creado. El creador sometido a la creatura. Me parece todo
imposible. Su manera me desconcierta siempre de nuevo. Su manera de hacer las
cosas, de amar hasta el extremo, me resulta imposible. Su soledad es un amor que
desborda todas mis pretensiones.
Y yo pretendo someter a Dios a
mi manera. Hacerlo actuar según mis planes. Indignándome cuando no se ajusta a
mi lógica o a mis gustos.
Me arrodillo cansado ante el
pesebre. Ante mi Belén con José, María, el ángel, el Niño, el buey y la mula. Y
la estrella que me ilumina. Los pastores y la oveja. Yo
allí de rodillas queriendo sostener el mundo en mis manos.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






