Homilía
del Santo Padre
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| Canto tradicional del Te Deum, 2015 |
“El
amor da plenitud a todo, incluso al tiempo, y Jesús es el ‘concentrado’ de todo
el amor de Dios en un ser humano”, ha anunciado el Papa Francisco.
A
las 17 horas der ayer, en la Basílica Vaticana, el Santo Padre ha presidido los
primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre De
Dios, seguidas de la exposición del Santísimo Sacramento, y el canto
tradicional del himno Te Deum, al final del año civil, y la Bendición
Eucarística.
El
Papa ha reflexionado en este último día del año 2018, sobre dos versículos del
apóstol Pablo (cf. Ga 4,4-5) escritos en las lecturas litúrgicas del
día. Son “expresiones concisas y densas”, que dan sentido a un momento
“crítico”, como suele ser un cambio de año, ha aclarado el Pontífice.
Plenitud del tiempo
La
«plenitud del tiempo» es la primera expresión que señala el Santo Padre, pues
en estas últimas horas del año “sentimos aún más la necesidad de algo que llene
de significado el transcurrir del tiempo”.
“Algo
o, mejor, alguien. Y este ‘alguien’ ha venido, Dios lo ha enviado: es ‘su
Hijo’, Jesús”, ha aclarado el Papa. “Acabamos de celebrar su nacimiento: nació
de una mujer, la Virgen María; nació bajo la ley, un niño judío, sujeto a la
ley del Señor”.
“El
amor da plenitud a todo, incluso al tiempo, y Jesús es el ‘concentrado’ de todo
el amor de Dios en un ser humano”, ha anunciado el Papa Francisco. “Dios Padre
ha enviado al mundo a su Hijo unigénito para erradicar del corazón del hombre
la esclavitud antigua del pecado y restituirle así su dignidad”.
Así,
ha reflexionado: “¿Cómo llamar a todo esto, sino Amor? Amor del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, a quien esta tarde la santa madre Iglesia eleva
en todo el mundo su himno de alabanza y de agradecimiento”.
Maternidad de la Iglesia
Al
celebrar la divina maternidad de la Virgen María, quiero animar esa forma de
maternidad de la Iglesia. Contemplando este misterio, reconocemos que Dios ha
«nacido de mujer» para que nosotros pudiésemos recibir la plenitud de nuestra
humanidad, «la adopción filial».
A
continuación, publicamos la homilía completa que ha pronunciado el Papa
Francisco este 31 de diciembre de 2018:
***
Homilía del Papa Francisco
Al
final del año, la Palabra de Dios nos acompaña con estos dos versículos del
apóstol Pablo (cf. Ga 4,4-5). Son expresiones concisas y densas: una
síntesis del Nuevo Testamento, que da sentido a un momento “crítico”, como
suele ser un cambio de año.
La
primera expresión que nos llama la atención es «plenitud del tiempo». En estas
últimas horas del año solar, en el que sentimos aún más la necesidad de algo
que llene de significado el transcurrir del tiempo, dicha expresión tiene una
resonancia especial.
Algo
o, mejor, alguien. Y este “alguien” ha venido, Dios lo ha enviado: es “su
Hijo”, Jesús. Acabamos de celebrar su nacimiento: nació de una mujer, la Virgen
María; nació bajo la ley, un niño judío, sujeto a la ley del Señor. Pero, ¿cómo
es posible? ¿Cómo puede ser este el signo de la «plenitud del tiempo»? Es
cierto que por el momento aquel Jesús es casi invisible e insignificante, pero
en poco más de treinta años desatará una fuerza sin precedentes, que todavía
permanece y perdurará a lo largo de toda la historia. Esta fuerza se llama
Amor. El amor da plenitud a todo, incluso al tiempo; y Jesús es el “concentrado”
de todo el amor de Dios en un ser humano.
San
Pablo dice claramente por qué el Hijo de Dios nació en el tiempo, y
cuál es la misión que el Padre le ha encomendado: nació «para rescatar». Esta
es la segunda palabra que nos llama la atención: rescatar, es decir, sacar
de una condición de esclavitud y devolver a la libertad, a la dignidad y a la
libertad propia de los hijos. La esclavitud a la que se refiere el apóstol
es la de la “ley”, entendida como un conjunto de preceptos a observar, una ley
que ciertamente educa al hombre, que es pedagógica, pero que no lo libera de su
condición de pecador, sino que, en cierto modo, lo “sujeta” a esta condición,
impidiéndole alcanzar la libertad de hijo.
Dios
Padre ha enviado al mundo a su Hijo unigénito para erradicar del corazón del
hombre la esclavitud antigua del pecado y restituirle así su dignidad. En
efecto, del corazón humano — como enseña Jesús en el Evangelio (cf. Mc 7,21-23)—
salen todas las intenciones perversas, las maldades que corrompen la vida y las
relaciones.
Y
aquí debemos detenernos, detenernos a reflexionar con dolor y arrepentimiento
porque, también en este año que llega a su fin, muchos hombres y mujeres han
vivido y viven en condiciones de esclavitud, indignas de personas humanas.
También
en nuestra ciudad de Roma hay hermanos y hermanas que, por distintos motivos,
se encuentran en esta situación. En particular, pienso en tantas personas sin
hogar. Son más de diez mil. Su situación es especialmente dura en los meses de
invierno. Todos son hijos e hijas de Dios, pero diferentes formas de
esclavitud, a veces muy complejas, los han llevado a vivir al borde de la
dignidad humana. También Jesús nació en una condición análoga, pero no por
casualidad o por accidente: quiso nacer de esa manera para manifestar el amor
de Dios por los pequeños y los pobres, y lanzar así la semilla del Reino de
Dios en el mundo. Reino de justicia, de amor y de paz, donde nadie es esclavo,
sino todos hermanos, hijos del único Padre.
La
Iglesia que está en Roma no quiere ser indiferente a las esclavitudes de
nuestro tiempo, ni simplemente observarlas y socorrerlas, sino que quiere
estar dentro de esa realidad, cercana a esas personas y a
esas situaciones.
Al
celebrar la divina maternidad de la Virgen María, quiero animar esa forma de
maternidad de la Iglesia. Contemplando este misterio, reconocemos que Dios ha
«nacido de mujer» para que nosotros pudiésemos recibir la plenitud de nuestra
humanidad, «la adopción filial». Por su anonadamiento hemos sido exaltados. De
su pequeñez ha venido nuestra grandeza. De su fragilidad, nuestra fuerza. De su
hacerse siervo, nuestra libertad.
¿Cómo
llamar a todo esto, sino Amor? Amor del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, a quien esta tarde la santa madre Iglesia eleva en todo el mundo su
himno de alabanza y de agradecimiento.
©
Librería Editorial Vaticano
Rosa Die Alcolea
Fuente:
Zenit






