Jesús
no manifestó su poder a sus vecinos y familiares
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| Hernan Pinera |
¡Cuánto me cuesta aceptar las cosas que no
son como esperaba! Hoy Jesús es rechazado en su propio hogar.
Después de
haber despertado la admiración al leer al profeta Isaías: “Todos
le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían
de sus labios”.
Después de la
alabanza viene la reprobación y el rechazo: “Al oír esto, todos en la sinagoga se
pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un
barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo”.
Lo rechazan, porque no creen en Él. Porque
es uno de ellos: “Y
decían:
– ¿No es este el hijo de José?”.
Jesús
esperaba más fe en su pueblo, en sus familiares y amigos. Y recibe dudas,
desconfianza y desprecio.
Tal vez es lo
mismo que me sucede a mí. Me resulta difícil ver a Dios oculto en lo
cotidiano, en lo vulgar, en lo conocido.
Me es más
fácil mirarlo de lejos, tomando distancia. Cuando lo miro en la lejanía me
parece más perfecto todo lo que veo.
Las personas
a las que admiro me resultan más inmaculadas y dignas de admiración. Pero
luego, cuando lo miro de cerca en la carne humana, dejo de ver lo
extraordinario en lo que me resulta familiar. Deja de llamarme la atención.
A mí me pasa
tanto en la vida… No admiro la santidad de los que conozco, de los míos, de los
que están más cerca. Con facilidad elogio al santo que veo de lejos.
Decía el papa
Francisco en Panamá: “No siempre creemos que Dios pueda ser tan concreto, tan
cotidiano, tan cercano y tan real, y menos aún que se haga tan presente y actúe
a través de alguien conocido como puede ser un vecino, un amigo, un familiar”.
Admiro las
virtudes que no me rozan. Exagero su bondad y su belleza cuando no veo tan
bien. No me alegro de las personas que conozco en su fragilidad.
No me alegro
de mí mismo porque sé cuál es mi miseria. No me emociono con la pobreza de
aquel al que conozco. Aunque haga milagros y otros los admiren, yo no admiro su
carne humana. Quizás tiene razón hoy Jesús: “Os aseguro, ningún profeta es bien mirado
en su tierra”.
Nadie es profeta en su tierra. Allí soy uno más. Uno del montón, del
grupo. Uno que no destaca por nada en especial.
Jesús era
sólo el hijo del carpintero. Me da miedo el rechazo de los que me juzgan y
condenan por mis obras y mis palabras. Vivo expuesto a las críticas y al rechazo.
¿Por qué lo temo tanto?
También a mí
en algún momento querrán despeñarme por el barranco como a Jesús. Querrán mi
muerte cuando sean testigos de mi pobreza, de mi pecado. Cuando se escandalicen
de mi vida y no me consideren digno de alabanza.
Temo tanto el
rechazo. Busco la admiración y la alabanza de los
que me rodean. Hay cosas que hago deseando la aprobación. Quiero
que otros se alegren de mis éxitos.
Pero no
quiero seguir la senda de Jesús que me puede llevar al fracaso. No quiero
aceptar mi verdad, mi debilidad, mi imperfección.
Los demás
desean ver en mí lo que ellos no poseen. Yo hago lo mismo con aquellos a los
que admiro. Tapo su pecado buscando que sean perfectos e invencibles. No quiero
ver su mancha, su fragilidad, su derrota. Me parecen inmaculados aun sabiendo
que no lo son.
Y yo deseo
tanto la aprobación, el aplauso, el éxito. Pienso en mí, en mi propia fama, en
mi propia felicidad. Me importa más que la gloria de toda la Iglesia.
Siempre
recuerdo ese dibujo de un niño mirando una torre en la distancia comparada con
su dedo: “Sin
duda mi dedo es más grande que la torre”, decía. Es verdad.
Me importa más mi dolor que el dolor de
muchos. Me afecta más
mi rechazo que el que sufren otros.
Comenta el
escritor japonés Yoshida Kenko: “Que alguien que no entienda mi forma
de pensar me llame loco si así lo desea, que piense que no estoy en mis cabales
y que carezco de sentimientos. Los insultos no me molestarán y las alabanzas no
las escucharé”.
Me gustaría
reaccionar así frente a los insultos y las alabanzas. Santa
indiferencia. Quiero vivir así sin importarme tanto cómo me ven
los demás, cómo me juzgan, qué opinan de mí. No vivir tan pendiente del éxito
de todas mis empresas.
Hoy Jesús
fracasa. Quiere estar con los suyos y los suyos no quieren que se quede
con ellos. No tienen fe en Él, porque esperaban milagros: “Haz
también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”.
Conocían su
fama. No pueden entender que no haga milagros en su tierra, con los suyos. No
entienden que no se manifieste con su poder salvando a sus vecinos y
familiares.
¿Quién es Él? Sólo
es el hijo del carpintero. Un impostor. Un hombre como cualquiera de
ellos.
Puede pasarme lo mismo. Llego a un lugar en el que me miran con
recelo y desconfianza. Y no muestro lo que hago, lo que pienso.
Puede que
lejos de ahí, en otro entorno más receptivo, sí lo haga. Y quizás con los míos,
con mis hermanos, no me muestro.
Puede suceder
en mi familia. Allí guardo silencio, no actúo, no digo lo que hago fuera con
otras personas.
Temo el
rechazo y la crítica. Me da miedo que los míos no me alaben ni admiren mis
capacidades. Las escondo por temor, por pudor.
Soy alguien
distinto fuera cuando veo que tengo una misión y experimento la aceptación. Tal
vez sea cierto que nadie es profeta en su tierra.
Porque allí
saben de dónde vengo. Palpan a diario mi debilidad. Son
conscientes de mis imperfecciones y se sorprenden. Me miran
con cierto desprecio. No valoran lo que hago bien ni me ponen
en el centro.
Allí, con
los míos, no destaco en nada. Soy uno más en la masa. Y
nadie conoce de verdad lo que soy para otros.
El límite es
mío. El problema es mío. Prefiero guardar silencio antes que ser rechazado.
Callo para que no se burlen de mí. Me escondo buscando mi seguridad.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






