La adoración es el único acto religioso que no se puede ofrecer a ningún otro, dentro del universo, tampoco a la Virgen, sino sólo a Dios. Aquí está su dignidad y fuerza única
Estando tranquilos y silenciosos, y posiblemente largo
tiempo, ante Jesús sacramentado, o ante un icono suyo, se perciben sus deseos
respecto de nosotros, se depositan los propios proyectos para dar cabida a los
de Cristo, la luz de Dios penetra, poco a poco, en el corazón y lo sana
La adoración a Dios es como una
fotosíntesis. “Me ilumino de inmensidad”, describía la experiencia un poeta… A
ella dedicó el franciscano Raniero Cantalamessa su cuarta prédica de Cuaresma
al Papa y la Curia romana, este viernes 5 de abril de 2019, íntegra a
continuación:
Este año se
celebra el VIII centenario del encuentro de Francisco de Asís con el Sultán de
Egipto al-Kamil en 1219. Lo recuerdo en esta sede por un detalle que se refiere
al tema de nuestras meditaciones sobre el Dios viviente.
Tras el regreso de su viaje a Oriente en
1219, san Francisco escribió una carta dirigida “A los gobernantes de los
pueblos”. En ella decía entre otras cosas:
Estáis
obligados a tributar al Señor tanto honor entre el pueblo que se os a confiado,
que cada noche se anuncie, mediante un pregonero o algún otro signo, que se
alabe y dé gracias al Señor Dios Todopoderoso por parte de todo el pueblo. Y si
no hacéis esto, sabed que deberéis dar razón de ello a Dios ante el Señor
vuestro Jesucristo el día del juicio[1].
Es opinión
difundida que el santo sacase la ocasión para esta exhortación por lo que había
observado en su viaje a Oriente, donde había escuchado la llamada vespertina a
la oración dirigida por los muyahidines desde lo alto de los minaretes.
Un hermoso ejemplo no solo de diálogo entre las diversas religiones, sino
también de enriquecimiento mutuo.
Una
misionera, que trabaja desde hace muchos años en un país africano, escribió
estas palabras: “Nosotros estamos llamados a responder a una necesidad
fundamental de los hombres, a la profunda necesidad de Dios, a la sed
de absoluto, a enseñar el camino de Dios, a enseñar a orar. He
aquí porqué los musulmanes hacen, por estas partes, tantos prosélitos: enseñan
enseguida y dan forma simple a adorar a Dios”.
Nosotros
cristianos tenemos una diferente imagen de Dios —un Dios que es amor infinito
aun antes que potencia infinita—, pero esto no debe hacernos olvidar el
deber primario de la adoración.
A la provocación de la mujer samaritana:
“Nuestros padres adoraron en este monte; sin embargo, vosotros decís que está
en Jerusalén el lugar donde hay que adorar”, Jesús responde con palabras que
son la carta
magna de la adoración cristiana:
“Créeme,
mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al
Padre. Vosotros adoráis a
uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación
viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los
verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad,
porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran
deben hacerlo en espíritu y verdad” (Jn 4,21-24).
Fue el Nuevo
Testamento el que elevó la palabra adoración a esta dignidad que antes no
tenía. En el Antiguo Testamento, además de a Dios, la adoración se dirige en
algunos casos también a un ángel (cf. Num 22,31) o al rey (1 Sam 24,9).
Por el
contrario, en el Nuevo Testamento cada vez que se intenta adorar a alguien
aparte de Dios y de la persona de Cristo, aunque sea incluso un ángel, la
reacción inmediata es: “¡No lo hagas! Es a Dios a quien se debe adorar“[2]. Como
si se corriera, en caso contrario, un peligro mortal.
Es lo que Jesús, en el desierto, recuerda
terminantemente al tentador que le pide que le adore: “Escrito está: Al
Señor tu Dios, adorarás, sólo a él dará culto” (Mt 4,10).
La Iglesia ha
recogido esta enseñanza, haciendo de la adoración el acto por excelencia del
culto de latría, distinto de llamado de dulía reservado
a los santos y del llamado de hiperdulía reservado
a la Virgen.
La adoración
es, pues, el único acto religioso que no se puede ofrecer a ningún otro, dentro
del universo, tampoco a la Virgen, sino sólo a Dios. Aquí está su dignidad y
fuerza única.
La adoración (proskunesis), al
comienzo, indicaba el gesto material de postrarse rostro en tierra delante de
alguien, en señal de reverencia y sumisión.
En este
sentido plástico la palabra es usada todavía en los Evangelios y en
el Apocalipsis. En ellos la persona ante la cual uno se prostra, sobre la
tierra, es Jesucristo y en la liturgia celestial el Cordero inmolado, o el
Todopoderoso.
Sólo en el
diálogo con la Samaritana y en 1 Corintios 14,25 él aparece suelto de su
significado exterior e indica una disposición interior del alma hacia Dios.
Esto llegará
a ser cada vez más el significado ordinario del término y en este sentido, en
el credo, decimos del Espíritu Santo que es “adorado y glorificado” al igual
que el Padre y del Hijo.
Para indicar
la actitud exterior correspondiente a la adoración, se prefiere el gesto de doblar
las rodillas, la genuflexión. También este último gesto
está reservado
exclusivamente a la divinidad.
Podemos estar
de rodillas ante la imagen de la Virgen, pero no hacemos la genuflexión ante
ella, como la hacemos ante el Santísimo Sacramento, o el Crucificado.
Qué significa adorar… ¿cómo hacerlo?
Pero, más que el significado y el
desarrollo del término, nos interesa saber en qué consiste y cómo podemos
practicar la adoración.
La adoración puede
ser preparada por larga reflexión, pero termina con una intuición y,
como cualquier intuición, no dura mucho.
Es como un
relámpago de luz en la noche. Pero de una luz especial: no tanto la luz de la
verdad, cuanto la luz de la realidad. Es la
percepción de la grandeza, majestad, belleza, y conjunto de la bondad de Dios y
de su presencia que quita el aliento.
Es una
especie de naufragio en el océano sin orillas y sin fondo de la majestad de
Dios. Adorar, según la expresión de santa Ángela de Foligno recordada otra vez,
significa “recogerse en unidad y sumergirse en el abismo infinito de
Dios”.
Una expresión de adoración, más eficaz que
cualquier palabra, es el silencio. Él dice por sí
solo que la realidad está demasiado más allá que toda palabra.
En la Biblia
resuena alta la advertencia: “¡Calla ante él toda la tierra!” (Hab 2,20) y:
“¡Silencio en la presencia del Señor Dios!” (Sof 1,7).
Cuando “los
sentidos son rodeados por un inmenso silencio y con la ayuda del silencio
envejecen las memorias”, decía un Padre del desierto, entonces no queda más que
adorar.
Fue un gesto
de adoración el de Job, cuando, encontrándose cara a cara con el Todopoderoso
al final de su historia, exclama: “He aquí, son muy mezquino: ¿qué te puedo
responder? Me pongo la mano sobre mi boca” (Job 40,4).
En este
sentido, el versículo de un salmo, retomado luego por la liturgia, en el texto
hebreo decía: “¡Para ti es alabanza el silencio”, Tibi silentium laus! (cf. Sal 65,2, texto
Masorético).
Adorar —según
la maravillosa expresión de san Gregorio Nacianceno— significa elevar a Dios un
“himno de silencio”[3].
Como a medida que se sube una alta montaña el aire se hace más enrarecido, así a
medida que uno se aproxima a Dios la palabra debe hacerse más breve, hasta
hacerse, al final, totalmente muda y unirse en silencio a aquel que es el
inefable[4].
Si se quiere decir algo para “parar” la
mente e impedir que vagabundee en otros objetos, conviene hacerlo con la
palabra más breve que exista: Amén,
Sí. Adorar,
en efecto, es asentir. Es dejar que Dios sea Dios. Es decir sí a Dios como Dios
y a sí mismos como criaturas de Dios. En este sentido, Jesús es definido en el
Apocalipsis, el Amén, el Sí hecho persona (cf. Ap 3,14).
Se puede también repetir incesantemente con
los serafines: “Qadosh, qadosh, qadosh: Santo,
santo, santo”.
La adoración
exige, pues, que nos pleguemos y se esté callado. Pero, ¿es un tal acto, digno
del hombre? ¿No lo humilla, derogando su dignidad?
Más aún, ¿es
realmente digno de Dios? ¿Qué Dios es si necesita que sus criaturas se postren
por tierra delante de él y callen? ¿Es acaso, Dios, como uno de esos soberanos
orientales que inventaron para sí la adoración?
Es inútil
negarlo, la adoración supone para las criaturas también un aspecto de radical humillación,
un hacerse pequeños, un rendirse y someterse.
La adoración implica siempre un aspecto de sacrificio,
sacrificar algo. Precisamente así atestigua que Dios es Dios y que nada ni
nadie tiene derecho a existir ante él, sino en gracia de Él.
Con la
adoración se inmola y se sacrifica el propio yo, la propia gloria, la propia
autosuficiencia. Pero esta es una gloria falsa e inconsistente, y es una
liberación para el hombre deshacerse de ella.
Al adorar, se “libera la verdad que estaba
prisionera de la injusticia”.
Se llega a ser “auténticos” en el sentido más profundo de la palabra.
En la
adoración se anticipa ya el regreso de todas las cosas a Dios. Uno se abandona
al sentido y al flujo del ser. Como el agua encuentra su paz en fluir hacia el
mar y el pájaro su alegría en seguir el curso del viento, así el adorador en
adorar.
Adorar a Dios no es tanto un deber, una
obligación, cuanto un privilegio, más aún, una necesidad. ¡El hombre necesita algo majestuoso que
amar y adorar! Está hecho para esto.
Por tanto, no es Dios quien necesita ser adorado, sino
el hombre quien necesita adorar. Un prefacio de la Misa
dice: “Tú no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen,
tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de
salvación, por Cristo nuestro Señor”[5].
Estaba
totalmente desviado F. Nietzsche cuando definía al Dios de la Biblia “ese
Oriental ávido de honores en su sede celestial”[6].
Sin embargo,
la adoración debe ser libre. Lo que hace la
adoración digna de Dios y a la vez digna del hombre es la libertad, entendida
ésta, no sólo negativamente como ausencia de coacción, sino también
positivamente como impulso gozoso, don espontáneo de la criatura que expresa
así su alegría de no ser ella misma Dios, para poder tener un Dios por encima
de sí al que adorar, admirar, celebrar.
La
adoración eucarística
La Iglesia católica conoce una forma
particular de adoración que es la adoración eucarística. Toda gran corriente
espiritual, en el seno del cristianismo, ha tenido su particular carisma que
constituye su contribución particular a la riqueza de toda la Iglesia.
Para los
protestantes, este es el culto de la palabra de Dios; para
los ortodoxos, el culto de los iconos; para la Iglesia
católica, es el culto eucarístico. A través de
cada una de estas tres vías, se realiza el mismo objetivo de fondo, que es la contemplación
de Cristo y de su misterio.
El culto y la adoración de la Eucaristía fuera
de la Misa es un fruto relativamente reciente de la piedad cristiana.
Comenzó a
desarrollarse en Occidente, a partir del siglo XI, como reacción a la herejía
de Berengario de Tours que negaba la presencia “real” y admitía una presencia
sólo simbólica de Jesús en la Eucaristía.
A partir de
esa fecha, sin embargo, no ha habido, se puede decir, un santo, en cuya vida no
se note un influjo determinante de la piedad eucarística.
Ella ha sido fuente
de inmensas energías espirituales, una especie de hogar siempre encendido en
medio de la casa de Dios, en el cual se han calentado todos los grandes hijos
de la Iglesia.
Generaciones
y generaciones de fieles católicos han advertido el estremecimiento de
la presencia de Dios al cantar el himno Adoro te devote, ante el
Santísimo expuesto.
Lo que diré de la adoración y de la
contemplación eucarística se aplica casi por completo también a la
contemplación del icono de Cristo.
La diferencia
es que en el primer caso se tiene una presencia real de Cristo, en el segundo
una presencia sólo intencional. Ambas se basan en la certeza de que Cristo
resucitado está vivo y se hace presente en el sacramento y en la fe.
Estando tranquilos y silenciosos, y
posiblemente largo tiempo, ante Jesús sacramentado, o ante un icono suyo, se
perciben sus deseos respecto de nosotros, se depositan los propios proyectos
para dar cabida a los de Cristo, la luz de Dios penetra, poco a poco, en el
corazón y lo sana.
Ocurre algo que evoca lo que les pasa a en
los árboles en primavera, es decir, el proceso de la fotosíntesis. Brotan de
las ramas las hojas verdes; estas absorben de la atmósfera ciertos elementos
que, bajo la acción de la luz solar, son “fijados” y transformados en alimento
de la planta.
Sin tales
hojitas verdes, la planta no podría crecer y dar frutos y no contribuiría a
regenerar el oxígeno que nosotros mismos respiramos.
¡Nosotros
debemos ser como esas hojas verdes! Son un símbolo de las almas eucarísticas y
de las almas contemplativas. Al contemplar el “sol de justicia” que es Cristo,
“fijan” el alimento que es el Espíritu Santo, en beneficio de todo el gran
árbol que es la Iglesia.
En otras
palabras, es lo que dice también el apóstol Pablo cuando escribe: “Todos
nosotros, a rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del
Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, según la
acción del Espíritu del Señor” (2 Cor 3,18).
Nuestro
poeta, Giuseppe Ungaretti, al contemplar una mañana en la orilla del mar el
surgir del sol, escribió una poesía de solo dos brevísimos versos, tres
palabras en total: “Me ilumino de inmensidad”.
Son palabras
que podrían ser hechas propias por quien está en adoración ante el Santísimo
Sacramento. Sólo Dios conoce cuántas gracias ocultas han descendido sobre la
Iglesia gracias a estas almas adoradoras.
La adoración
eucarística es también una forma de evangelización y entre
las más eficaces. Muchas parroquias y comunidades que la han puesto en su
horario diario o semanal lo experimentan directamente.
La vista de
personas que por la tarde o de noche están en adoración silenciosa ante el
Santísimo en una iglesia iluminada ha empujado a muchos transeúntes a entrar y,
después de haber permanecido un momento, a exclamar: “¡Aquí
está Dios!”. Precisamente como está escrito que sucedía en las
primeras asambleas de los cristianos (cf. 1 Cor 14,25).
La contemplación cristiana
nunca es en un sentido único. No consiste en mirarse, como se dice, el ombligo,
a la búsqueda del propio yo profundo. Consiste siempre en dos
miradas que se cruzan.
Hacía, pues,
una óptima contemplación eucarística aquel campesino de la parroquia de Ars que
pasaba horas y horas inmóvil, en la iglesia, con la mirada dirigida al sagrario
y que, interrogado por el Santo Cura qué hacía así todo el tiempo, respondió: “¡Nada,
yo le miro y Él me mira!”.
Si a veces se
abaja y flaquea nuestra mirada, nunca flaquea, sin embargo, la de Dios. La
contemplación eucarística se reduce, a veces, simplemente a hacer
compañía a Jesús, a estar bajo su mirada, dándole incluso la alegría de
contemplarnos, que, en cuanto criaturas sacadas de la nada y
pecadoras, sin embargo, somos el fruto de su pasión, aquellos por los que él ha
dado la vida.
Es un acoger
la invitación de Jesús dirigida a los discípulos en Getsemaní: “Permaneced aquí
y velad conmigo” (Mt 26,38).
La contemplación
eucarística no es impedida, pues, en sí, por la aridez que a veces se puede
experimentar, ya sea debida a nuestra disipación, o, en cambio, permitida por
Dios para nuestra purificación.
Basta darla
un sentido, renunciando también a nuestra satisfacción derivada del fervor,
para hacerle feliz y decir, como decía Charles de Foucauld: “¡Tu felicidad,
Jesús, me basta!”; es decir: me basta con que tú seas feliz.
Jesús tiene a disposición la eternidad para
hacernos felices; nosotros no tenemos más que este breve espacio de tiempo para
hacerle feliz: ¿cómo
resignarse a perder esta oportunidad que ya no volverá nunca eternamente?
Al contemplar
a Jesús en el Sacramento del altar, nosotros realizamos la profecía hecha en el
momento de la muerte de Jesús sobre la cruz: “Mirarán al que traspasaron” (Jn
19,37).
Más aún, dicha
contemplación es ella misma una profecía, porque anticipa lo que haremos por
siempre en la Jerusalén celestial.
Es la actividad más escatológica y
profética que se pueda realizar en la Iglesia. Al final ya no se inmolará el Cordero,
ni se comerán ya sus carnes. Es decir, cesarán la consagración y la comunión;
pero no cesará la contemplación del Cordero inmolado por nosotros.
Esto es lo
que, en efecto, los santos hacen en el cielo (cf. Ap 5,1ss). Cuando estamos
ante el sagrario, formamos ya un único coro con la Iglesia de arriba: ellos
delante, nosotros, por así decirlo, detrás del altar; ellos en la visión,
nosotros en la fe.
En 1967
comenzó la Renovación Carismática Católica que en
cincuenta años ha tocado y renovado a millones de creyentes y ha suscitado
innumerables realidades nuevas, personales y comunitarias.
Nunca se
insiste suficientemente en el hecho de que éste no es un “movimiento eclesial”,
en el sentido común de este término; es una corriente de gracia destinada a
toda la Iglesia, una “inyección de Espíritu Santo” de la que ella tiene
necesidad desesperadamente.
Es como una
sacudida eléctrica destinada a descargarse sobre la masa que es la Iglesia y,
una vez que esto ha ocurrido, desaparecer.
Menciono aquí esta realidad porque ella
inició precisamente con una extraordinaria experiencia de adoración del Dio
vivo que ha sido el tema de esta meditación.
El grupo de
estudiantes de la Universidad Duquesne de Pittsburgh que participó en el primer
retiro, se encontró, una noche, en la capilla ante el Santísimo, cuando, de
pronto, sucedió una cosa singular, que una de ellos, más adelante, describió
así:
“El temor del
Señor comenzó a correr en medio de nosotros; una especie de terror sagrado nos
impedía levantar los ojos. Él estaba allí personalmente presente y
nosotros teníamos miedo de no resistir a su excesivo amor. Lo
adoramos, descubriendo por primera vez lo que significa adorar. Hicimos una
experiencia abrasadora de la terrible realidad y presencia del Señor.
Desde entonces entendimos con una claridad nueva y directa las imágenes de
Yahvé que, en el monte Sinaí, truena y estalla con el fuego de su mismo ser;
hemos entendido la experiencia de Isaías y la afirmación según la cual nuestro
Dios es un fuego devorador. Este sagrado temor era, en cierto modo, la misma
cosa que el amor, o al menos así lo advertíamos nosotros. Era algo sumamente
amable y bello, aunque ninguno de nosotros vio ninguna imagen sensible. Era
como si la realidad personal de Dios, espléndida y deslumbrante,
hubiera venido a la habitación llenándola a ella y a nosotros a
la vez”[7].
Simultánea
presencia de majestad y de bondad en Dios, de temor y amor en la criatura; el “misterio
tremendo y fascinante”, como lo definen los estudiosos de las
religiones.
La persona
que describió en estos términos la experiencia de ese momento no sabía que
estaba haciendo una síntesis perfecta de los rasgos que caracterizan el Dios
vivo de la Biblia.
Terminamos con
un versículo del Salmo 95 con el cual la Liturgia de las Horas nos hace
empezar cada nuevo día:
Entrad,
adoremos, prosternémonos,
¡de rodillas
ante Yahveh que nos ha hecho!
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros el
pueblo de su pasto,
el rebaño de
su mano.
Raniero Cantalamessa
© Traducido del original italiano por Pablo
Cervera Barranco
[7] En patti gallagher mansfield, As by
a New Pentecost. Beginning of the Catholic Charismatic Renewal, Amor
Deus Publishing, Phoenix, AZ, 2016, p. 131.
Fuente:
Aleteia






