La
palabra cuenta poco, se hace una cosa y lo contrario al mismo tiempo, se
miente, ¿dónde están la coherencia y la fidelidad?
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| Joshua Porter-(CC BY-NC-SA 2.0) |
Me parece que puedo cambiar de opinión
rápidamente. Lo que pienso hoy tal vez mañana no lo pienso. Lo que hoy digo a
lo mejor mañana ya no lo digo. Prometo hacer ciertas cosas. Y todas mis
promesas caen en saco roto.
Quiero ser fiel a mi palabra
dada. Coherente con mis hechos. Fiel en lo
pequeño. Y me veo desdiciéndome continuamente.
No
sé qué tiene el tiempo de hoy que hace que todo sea más frágil. La palabra
cuenta poco. Los hechos no son contundentes. Hago una cosa y la contraria al
mismo tiempo.
Me da miedo
entregarme a lo conocido. Y al mismo tiempo me doy por entero en lo que no
conozco. Estoy dispuesto a emprender aventuras que duran sólo un día. Y me da
miedo comenzar caminos que sean eternos.
Quizás por eso
la traición no me es tan ajena. Digo creer en alguien y estar
dispuesto a amarlo hasta el extremo. Pero más tarde, en medio de las prisas y
de los miedos, niego haber amado o haber creído.
La traición se
convierte entonces en moneda de cambio. Traiciono y me traicionan. No hago bien
las cosas y no las hacen bien conmigo. Miento y me mienten.
Y me veo
envuelto en un carrusel de traiciones continuadas. No perdonadas. No redimidas.
Confundido en mis deseos ocultos y mis deseos manifiestos. En mis palabras
dichas y mis silencios guardados.
Me siento como
Judas vendiendo a Jesús por treinta monedas. Me veo como Pedro negando conocer
a Jesús en la noche por culpa de ese miedo que sube por la garganta.
¿Cómo poder ser
fiel sin traicionar mis deseos? ¿Cómo
poder seguir caminando sin traicionar mi palabra? ¿Cómo traicionar y poder
perdonar y ser perdonado?
Judas no logró
ver la mirada de Jesús llena de misericordia. Pedro tuvo la suerte de ser
mirado en la oscuridad de las negaciones.
Quizás yo
debería mirar más, perdonando más. Tal vez
debería buscar más una mirada que me perdone.
Soy traicionado y traiciono. Todo se
confunde en un amasijo de sentimientos confusos. En los que deseo ser más de lo
que soy. Más hombre, más fiel, más humano, más de Dios.
Deja en mi alma la traición un
sabor amargo. Porque no he logrado llegar hasta el final del camino. O ser fiel
en medio de la tormenta. Cuando tiemblan las piernas al sentir el agua debajo
de los pies. Y todo se confunde.
Traición borrada
La traición queda borrada con Jesús caminando con sus manos llagadas, con
su costado abierto, con la voz en sus labios. Ese Jesús que vuelve después de
haber muerto. Ese Jesús que vive después de la traición.
Me conmueve recibir el perdón después
de todas mis traiciones. De todas las veces en las que me siento débil y
confuso.
Soy frágil. Quiero coger en mis
manos ese afán sagrado por levantar la mirada después de cada caída. Quiero
resucitar en mi deseo de dar la vida, aunque me cueste hacerlo.
Quiero morir un poco para morir
del todo a todos esos deseos confusos que me hacen traidor en medio de mis
batallas.
¿Por qué no
logro ser fiel a mis promesas? ¿Por qué
no puedo luchar por aquello en lo que creo? ¿Por qué no dar la vida por
aquellas personas a las que he dicho amar para siempre?
¿Por qué no voy
a poder mantener mi palabra en medio de la confusión de la tormenta? ¿Por qué
no voy a mirar más alto, más lejos, más dentro de las personas cuando les digo
que sí que quiero seguir adelante?
Miro a Jesús
resucitado que me habla de tanta esperanza que dejo atrás mis
miedos y mis traiciones. Me levanto erguido medio muerto, medio vivo. Para
aspirar a soñar con la vida eterna.
Con una vida
eterna sin traiciones ni miedos. Con una vida eterna sin silencios guardados,
sin palabras desdichas.
Tengo ese deseo
profundo de ser fiel hasta el extremo. Mirando a Jesús en medio de los clavos y
la lanza. En su corona de espinas. En sus últimas palabras.
Y me lleno de
esperanza al abrazar su herida. Al recibir su mirada. Al sentir que me dice que
me quiere con locura.
Y encontrarlo
de nuevo cuando lo creía perdido. Y sentirlo de nuevo cuando se había ido de mi
vida. Y abrazar cansado sus espaldas firmes. Que sostienen mis miedos Y todas
mis traiciones.
Desde mi carne
herida acaricio una esperanza nueva que me promete una fidelidad eterna. Y
siento que mi muerte cobra vida.
Y sonrío y
tiemblo. Y sostengo de pronto entre mis manos frías ese corazón caliente de
Jesús entregado. Y sé que para siempre me ama con locura.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






