Amar a
las personas... no sus ideas sino su verdad, que refleja la verdad de Dios
El otro día hicieron una entrevista al papa
Francisco:
¿Qué espero oír cuando escucho sus
palabras?
Muchas veces espero que confirme mis
posturas. O que diga algo polémico para poder difamarlo. O que deje claras
ciertas cosas para poder estar yo tranquilo. Más o menos lo mismo que buscaban
en Jesús los fariseos.
Pero también había otros que
venían a aprender. Creo que en ocasiones no escucho para aprender. No pretendo
irme con otra opinión de un encuentro.
El Papa habló de la palabra persuasión.
Estamos acostumbrados a gritar nuestra opinión sin dejarnos convencer por lo
que el otro grita. Tengo clara mi postura y no quiero llegar a un criterio
común.
¡Qué difícil aceptar la verdad que el otro me propone! Me cierro en mi postura y sólo busco
a los que piensan como yo y rehúyo de los disidentes.
Critico a los que defienden
posturas contrarias. Ya no quiero llegar a una verdad común. Mi postura es la
válida y me niego a aceptar otras verdades posibles.
Jesús quiere enseñar. Se detiene y se da el
tiempo para contar las verdades de su alma. No todos quieren conocer la verdad.
No todos están dispuestos a cambiar sus posturas. ¿Dónde me encuentro yo?
Me aferro a mis opiniones como
pilares seguros. Y me cuesta cuando alguien los cuestiona. Se tambalean y temo
perder la vida y la seguridad.
Persuadir
tiene que ver con dar mis ideas sin querer imponerlas. Y juntos llegar a un
punto común.
La palabra consenso parece hoy
imposible. ¿Cómo se llega al consenso? Uno de los
dos tendrá que ceder en su postura. O descubrir la verdad de lo que el otro
dice.
¡Qué importante es esta actitud
humilde en el matrimonio donde sólo son dos para ponerse de acuerdo! Cuesta
tener que ceder. Cuesta descubrir la verdad en las palabras de
aquel a quien amo. Cuesta escuchar con humildad.
Y si esto es difícil donde hay amor
profundo, cuánto más difícil es rodeado de personas a las que no amo tanto.
Construir con ellas un mundo común pasa por una actitud de humildad que me
falta.
Es
necesario que yo tenga posturas propias. Que rece como Jesús en el silencio del monte
buscando la verdad de mi vida. En oración quiero aprender a descubrir mi verdad
y dejarme así interpelar por Dios.
Decía el padre José Kentenich:
“Si
quieren aplicar la más popular forma de meditación,
saben las tres preguntas que
hay que plantearse:
1. ¿Qué me quiere decir el buen Dios con esto que he visto ahora con más claridad? Esto lo quiero trabajar una vez más en mi interior.
2. ¿Qué debo decirme a mí mismo? Es una forma de examen de conciencia: ¿cómo he comprendido esta verdad hasta ahora en mi vida? ¿Cómo la he aplicado?
3. ¿Qué le digo ahora al buen Dios? Y de esto se trata en especial, que aprendamos a hablar con Dios, que cultivemos una vida interior profunda, una biunidad con Dios”[1].
Medito
buscando el querer de Dios. Todo lo que sucede en mi vida me ayuda a buscar la
verdad en mi camino. ¿Dónde
está la verdad?
Ahora se habla más de posverdad.
Es un neologismo que describe
la distorsión deliberada de una realidad, con el fin de crear y modelar la
opinión pública e influir en las actitudes sociales.
Los hechos objetivos tienen
menos influencia. Se apela a las emociones y a las creencias personales. Decido sin importarme lo que es verdadero y
lo que es falso de forma objetiva. ¿Qué es la verdad?, me pregunto con Pilatos.
Necesito ahondar en mi corazón. Buscar la
verdad de las cosas, de lo que me sucede. Interpretar las palabras de Dios.
¿Qué espero oír cuando pregunto?
Si tuviera un corazón de niño estaría siempre dispuesto a aprender algo nuevo.
Dispuesto a cambiar mis posturas rígidas. Dispuesto a renunciar a mis ideas.
¿Estoy abierto a dejarme persuadir?
No es tan sencillo. Me pasa como
a los fariseos. Busco a Jesús para que confirme mis puntos
de vista. Escucho al Papa para que me diga lo que quiero
oír. Rehúyo a los que dicen cosas contrarias a las que pienso. No
entro en diálogo.
Me
cuesta escuchar sin rebelarme. Sin molestarme. Sin sentirme herido. Me alejo de
los que no piensan como yo. No
quiero que me confundan con ellos. Y piensen que soy de los suyos.
Identifico estar de acuerdo en una idea con
aceptar a toda la persona en su verdad. No estar de acuerdo en ciertos puntos de
vista no me aleja de mi hermano. No quiero dejar de hablar
al que no piensa como yo. No quiero dejar de amarlo.
No quiero clasificar a
las personas por sus ideas. En un grupo cerrado del que me alejo. Quiero
dejarme sorprender por la verdad del otro. Sin tener un prejuicio que me aleja.
Quiero
amar su verdad, no sus ideas. Su
verdad más honda. Su verdad refleja la verdad de Dios. Quiero
un corazón abierto y respetuoso. ¡Qué difícil mirar así al hombre!
El papa Francisco, en la entrevista que le
hicieron esta semana, fue interrogado sobre muchos temas. Querían que tomara
postura.
En relación con el aborto fue el
Papa el que acabó preguntando al entrevistador: “¿Es justo eliminar una vida humana para
resolver un problema?”.
Una pregunta como respuesta.
¿Realmente es justo? No lo es, no se justifica. Pero la pregunta queda en el
campo del entrevistador. Suspendida en el aire.
Queda en mi propio campo cuando
espero que sea el Papa el que dé la respuesta correcta. ¿Y yo? ¿Qué respuesta
doy? ¿Es justo hacerlo?
Es más fácil dejar que otros
opinen y yo así los juzgo y condeno. Cuando soy yo el que se examina, todo
cambia.
En esa entrevista el Papa decía
también que hoy te recuerdan los errores cometidos, aunque
ya hayas pagado por ellos. Los sacan a la luz en cualquier momento para
ensuciar tu presente, tu fama.
Tengo mi pasado. No lo oculto.
No lo tapo. No me olvido de él. Pienso como el filósofo Santayana: “Quienes
no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo”.
No pretendo sacar a la luz el
pasado de los otros. No los trato de acuerdo con sus pecados ya pasados.
Tampoco pretendo lanzar la primera piedra contra el que ha pecado.
Sé de dónde vengo. Sé quién soy.
Veo mi pecado escrito sobre la arena y me conmuevo. Me arrepiento. No me siento
inmaculado.
Cuando
reconozco mi pequeñez dejo de juzgar a los demás con tanta ligereza. Mi propia experiencia de pecado, de
fracaso, de humillación, me vuelve más misericordioso, más humilde, más sano.
¿Quién
soy yo para juzgar a otros? Estoy
hecho a partir del mismo barro. No puedo dejar de ser pecador. Quiero hacer el
bien y no lo hago. Peco, hiero, hablo mal de otros, juzgo. No quiero ser así.
Necesito un corazón nuevo.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






