El
peligro que tengo es dejar de vivir en las cosas de la tierra al sentir que me
alejan de Dios
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Me conmueve la humanidad de Jesús. A Él le
importan mi vida y mis necesidades. Le importa lo que a mí me importa. El
Evangelio relata:
“Al saltar a tierra, ven unas brasas con un
pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: – Traed de los peces que acabáis
de coger. Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red
repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se
rompió la red. Vamos, almorzad. Ninguno de los discípulos se atrevía a
preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca,
toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado”.
Me impresiona
esa preocupación
por lo cotidiano, por las necesidades básicas. En Emaús cena
con los dos discípulos y parte el pan. En el lago Jesús quiere comer con ellos.
Llevan toda la noche pescando. Están agotados. Prepara el fuego para ellos.
Parte el pan. Les da de comer de sus pescados.
Jesús
resucitado no vive en las nubes. Sigue en la tierra. Es humano. Es hombre y
Dios. Hombre con un cuerpo glorioso. Pero tiene hambre.
Come con los suyos. Parte el pan con ellos. Como en esa última cena. El pan que
es su vida rota por amor.
Le preocupa mi vida en las mismas cosas que
a mí me preocupan. No me habla sólo de la vida trascendente. No me muestra sólo
el cielo.
Me pide que ame la tierra. Que me alegre
con lo más sencillo, con la comida y la bebida. Que no viva sólo de las ideas. Es un amor humano.
Su vida gloriosa sigue los mismos parámetros que su vida cuando estaba vivo.
Comía con sus discípulos. Compartía lo cotidiano con sus miedos y
preocupaciones.
El peligro que
tengo es dejar de vivir en las cosas de la tierra al sentir que me
alejan de Dios. Es sólo una tentación.
Cuando me
vuelvo Cristo, cuando Él toma posesión de mi vida, en ese momento asume todo lo
humano que forma parte de mi vida.
Decía el
padre José Kentenich:
“Dios
tomará posesión de toda nuestra vida interior, con todas nuestras capacidades.
Realmente será Cristo quien viva y piense en nosotros; no sólo de manera
abstracta sino reflejándose en nuestras actitudes y vida cotidiana. Guiará y
conducirá nuestro entendimiento. Sí; el espíritu de Dios pensará en nosotros»[1].
El Espíritu
Santo no me transformará en un Espíritu sin carne. Jesús
toma posesión de mí. De todo lo mío. También de mis
necesidades humanas más básicas e instintivas. Nada de lo humano le es ajeno.
Aun así,
Jesús quiere que sueñe con lo más alto. Quiere que no me conforme con lo más
humano. Quiere que aspire al cielo y a dejar que el Espíritu calme mi sed
infinita. Leía el otro día:
“Los carteles publicitarios que flanquean
nuestras calles nos invitan a luchar unos contra otros, a pisotearnos
recíprocamente en la competición, para satisfacer nuestros deseos ilimitados;
nuestro Dios nos ofrece la satisfacción de un deseo infinito, gratuito como un
don. Deseemos, por tanto, de un modo más profundo»[2].
No me detengo en la satisfacción de mis
deseos inmediatos. Deseo con más hondura. Miro en mi corazón y veo necesidades
que con frecuencia descuido.
Lo que Jesús
me regala es la paz de saber que todo es don. La
satisfacción de mis deseos es don. Que la red se llene de peces es don de Dios.
Aprendo el sentido de la palabra gratuidad. Se me quedan
grabadas unas palabras que leía el otro día:
“Sé que desde que era niño mi corazón ha
estado continuamente implorando intimidad, y siempre he vivido como si tuviera que
ganármela. Al no lograr alcanzar lo que deseaba, intenté con tenacidad probarme
a mí mismo, que merecía el amor que sentía necesitar para vivir”[3].
El anhelo de intimidad es el deseo más
verdadero y sagrado que tengo.
Busco esa intimidad con los hombres. Busco un hogar. Donde
estén las brasas encendidas. Y los pescados asados. Y el pan partido.
Y una mirada
cómplice de misericordia. La mirada de los hombres que me muestran a Jesús. La
mirada del mismo Jesús en otros ojos.
Una mirada que me salva y me regala un
espacio sagrado de intimidad en torno a una hoguera y a un pan partido. En
comunidad, en familia. En
el hogar donde puedo ser yo mismo y descansar.
Allí donde no
tengo que demostrar nada. No tengo que defenderme. No tengo que luchar para
ganarme un espacio porque lo tengo sin merecerlo. Como don sagrado que Dios me
da.
Soy un buscador de hogar. Quiero sentirme
en casa. Y Jesús
construye la casa junto al lago, en la orilla, en torno al fuego, junto a
aquellos a los que ama. No hay nada que mendigar.
Tampoco tengo
derecho a ese espacio santo. Todo es gracia, es don. En lo cotidiano se me
regala la gracia de una intimidad que no me pertenece. Es de Dios. Él me la da
para que aprenda a vivir el cielo en la tierra.
Jesús
resucitado ese día junto al lago dibuja el cielo en la arena. Hace realidad una
pesca imposible. Y convierte lo más humano en un momento de hondura. Allí todos
se sienten aceptados. No hay reproches. No hay quejas. No hay miedos. No hay
ira guardada en el alma. Todo es paz y descanso en torno al fuego.
Me gustaría ser constructor de hogares. Que en torno a mí cualquiera tuviera
su hogar y su descanso. Me gustaría poder estar en casa con aquellos a los que
amo y me aman. Allí donde soy amado en mi pobreza. Tal y
como soy sin necesidad de ganarme ningún derecho.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






