Autoedúcate
en la reciedumbre, la firmeza y la libertad
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| AJR_photo I Shutterstock |
El
otro día leía sobre la importancia de saber aguantar. Decía Toni Nadal:
“Intenté
fomentar también su capacidad de aguante porque creo que es muy importante en
la vida. Durante años le hice entrenar con bolas en malas condiciones, en
pistas con malas condiciones y le alargaba los entrenamientos indefinidamente
porque me interesaba que aprendiera a aguantarse y a fortalecer el carácter. El
carácter se forma con la dificultad”.
No es
tan fácil educar el carácter para resistir, para aguantar en medio de las dificultades. Temo acostumbrarme
rápidamente a lo fácil, a lo bueno, a lo cómodo. No quiero aburguesarme.
Con
frecuencia me encuentro buscando estar bien, en paz, tranquilo conmigo mismo,
libre de tensiones. Protejo mis horas de sueño, mi descanso, mi soledad, mi
espacio seguro.
Como un guardián celoso de
mi tiempo me alejo de los compromisos. Huyo de las
dificultades por
miedo a tener que sufrir. No me gusta trabajar mucho para lograr lo que deseo,
prefiero el éxito fácil.
Quiero
una recompensa inmediata, sin lucha, sin esfuerzo. Elijo, si es posible, las
condiciones favorables. No sé cómo educarme para ser fuerte si no es
enfrentándome a la batalla para allí dejarme pulir por Dios.
El padre José Kentenich
habla de educar la personalidad en la reciedumbre. En 1912 les decía a los
jóvenes a los que acompañaba: “Bajo la
protección de María queremos autoeducarnos para ser personalidades recias,
libres y sacerdotales”.
Les quería mostrar que los
santos eran siempre hombres autoeducados, hombres fuertes,
firmes y sólidos. Fieles
en las decisiones que tomaban. Y resaltaba lo importante que era educar bien el
corazón para cuando vengan tiempos difíciles en la vida:
“Entonces
las prácticas de devoción ya no podrán ayudarnos más. Sólo una cosa podrá
ayudarnos: los principios firmes, inexorablemente claros, el esfuerzo serio por
formar personalidades vigorosas e independientes”.
En un mundo tan líquido y
cambiante como este en el que vivimos, creo que encontrar personas firmes,
sólidas, recias, es casi un milagro.
Yo quiero ser así. Quiero
ser un hombre de una pieza. Firme como una roca. Con las ideas claras y los
principios sólidos. Un hombre capaz de resistir las tormentas y los vientos.
Acostumbrado a la lucha y a la entrega en todos los momentos de mi vida.
¿Cómo
se educa el carácter para resistir con una sonrisa en medio de las adversidades?
Necesito un
corazón fuerte. Capaz de mirar la vida sin temer nada. Aguantar es una gracia que
le pido a Dios. Para saber enfrentar los contratiempos y las contrariedades. Aguantar
mi vida como es, sin quejarme.
No quiero vivir soñando con
la vida que no tengo. Veo que tengo muy poca capacidad para superar los golpes
de la vida. Reacciono de forma infantil cuando no se dan las cosas como espero,
cuando no me resultan los planes, cuando no logro el éxito. Poca tolerancia
ante las contrariedades.
Veo que estallo,
me derrumbo y dejo de sonreír. ¿Dónde queda mi corazón firme y fiel?
Me rebelo contra la suerte adversa. Quisiera tener más madurez para enfrentar
la vida. Más fortaleza para mirar firme desde la roca de mi fe. Firmeza,
entereza, solidez. Quisiera ser así.
Al mismo tiempo, al mirar mi
vida, me pregunto: ¿Siempre tengo que aguantar? ¿Tengo que aguantar todo lo que
me sucede? ¿Tengo que soportar siempre todo lo que me
piden? ¿Dónde está el límite para que no me rompa?
No todo tengo que
aguantarlo. Saber decir que no es parte de la sabiduría del cristiano, del hijo
de Dios. Aprender a dejar a un lado lo que no tengo
que cargar en esta vida.
No tengo que soportarlo
todo. Ser sólido es un ideal, una meta que despierta mis fuerzas. Pero aguantar
todo, lo que es excesivo, es algo que tengo que discernir en el corazón de Dios.
Saber cuándo tengo que decir basta y seguir otro camino.
Quiero aprender
a decir que ya es suficiente. Tener la fuerza para tomar otro rumbo
y hacer algo diferente. Está en mi mano la decisión de cambiar mi vida. No
consiste en aguantar por aguantar.
Sólo le pido a Dios
fortaleza para cargar con lo mío, con mi vida y su peso. Y libertad para decidir sabiamente cuándo tengo
que dejar de hacer lo que me exigen.
Carlos
Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia






