Emblema
del poder romano, pero también presente en India con Vishnú, en Grecia con los
hititas, esta ave aparece muy temprano con esplendor, a menudo siendo vehículo
del alma de los muertos...
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© Région Pays de la Loire – Inventaire général - ADAGP –
Photo
: Patrice Giraud, François Lasa, 1982
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Aquí
está otro rey de los animales, el amo de los cielos que domina con
majestuosidad. Emblema del poder romano, pero también presente en India con
Vishnú, en Grecia con los hititas, esta ave aparece muy temprano con esplendor,
a menudo siendo vehículo del alma de los muertos… El Antiguo Testamento retomó
este legado antes de que el cristianismo hiciera de ella un emblema de
Jesucristo y del evangelista Juan. Este símbolo del águila combatiente y
testigo de la Resurrección puede devolver cierta esperanza en tiempos
difíciles.
El
legado de Oriente es esencial para comprender mejor el lugar del águila en el
patrimonio cristiano. Al igual que el león en la tierra, esta rapaz domina
desde las alturas a todas las criaturas del cielo gracias a su poder, su fuerza
y su envergadura. Dados sus atributos, era fácil atribuirle un valor simbólico
sin rival, como hicieron los hititas, en Siria, en Babilonia, sin olvidar el
dios Ra egipcio con cabeza de halcón.
Omnipresente
en los ritos funerarios y símbolo frecuente de la guía de las almas de los
difuntos, el águila se convirtió en el ave del sol, donde se le representa con
forma de disco con dos alas. Los sumerios llegaron a reunir incluso al rey del
cielo y de la tierra en una misma criatura, el águila con cabeza de león, el
famoso Imdugud, maestro de tormentas.
El águila de Ezequiel
Sin
embargo, probablemente son Grecia y sobre todo Roma quienes vienen a la mente
cuando pensamos en esta famosa rapaz que adornaba con su prestigio de manera
icónica el poderío del Imperio conquistador. También utilizada en Oriente, en
particular en Siria, el animal guiaba el alma del emperador desde su hoguera
hacia el mundo de los dioses durante las famosas “apoteosis del emperador”.
El
profeta Ezequiel en el Antiguo Testamento describe dos águilas en una de sus
visiones, la primera de inmensa envergadura se adueña en Líbano de la copa del
cedro para llevarlo en un país de mercaderes. También tomó una semilla y la
plantó para que creciera hasta ser una vid frondosa. La otra águila pasa y la
vid extiende sus raíces hacia ella para que las regara, a riesgo de secarse y
perecer.
Detrás
de estas dos águilas y esta enigmática profecía se escondían Nabucodonosor y el
faraón, según Orígenes, planteando la cuestión del exilio fuera de Jerusalén y
la vid debilitada. El águila es, por tanto, una amenaza acechante, idea que
abandonará el Nuevo Testamento.
El águila, símbolo de
Cristo y de san Juan
Cristo
podía simbolizar, evidentemente, ese conductor de almas al paraíso prefigurado
por las antiguas religiones paganas de Oriente. También este emblema adornará
muy temprano numerosas lámparas de aceite cristianas, sarcófagos, sellos,
broches… Cristo encuentra también en esta noble ave todo el poder de la
Resurrección, cosa que motivó a san Ambrosio a decir: “Solo es propio hablar de
una única y auténtica águila, y es Jesucristo”.
El
tetramorfos, ese animal fabuloso de cuatro cabezas evocado por Ezequiel y
retomado en el Apocalipsis, incluye un rostro de águila, tradicionalmente
asociada al evangelista Juan. Simbolizando la contemplación del discípulo junto
al maestro, el águila vuela hacia el sol de la palabra divina para renovar su
juventud, como menciona poéticamente el Salmo 103. Una imagen que muy a menudo
encontramos en manuscritos ilustrados, pergaminos y vidrieras.
Philippe-Emmanuel Krautter
Fuente:
Aleteia






