Conservará
a lo largo de toda su rica historia una ambivalencia que no le ha abandonado,
como atestiguan las múltiples representaciones de san Jerónimo y de su
tradicional felino
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| El león de San Marcos por Vittore Carpaccio - Palazzo Ducale de Venecia |
Símbolo
manifiesto de poder y de fuerza en el Antiguo Testamento, el león es sinónimo
de realeza, animal dominante de las demás criaturas terrestres. Por ello, el
león fue elegido con prontitud como una imagen privilegiada de la función real
y del Mesías.
El
león asociado al evangelista Marcos será también para los cristianos la figura
de Cristo resucitado. Conservará a lo largo de toda su rica historia una
ambivalencia que no le ha abandonado, como atestiguan las múltiples
representaciones de san Jerónimo y de su tradicional felino. El calificativo de
real puede ser a veces sinónimo también del mal cuando se equipara al diablo y
a las fuerzas destructivas.
El rey de los animales
La
primera imagen que viene a la mente cuando pensamos en el león es la de su fuerza,
su arrojo y su dominación sobre todos los animales de su entorno. Eso explica
por qué los cultos precristianos no tardaron en concederle un lugar destacado,
como en el Egipto antiguo y la diosa Sejmet representada con cabeza de león o
como en la visión que tenían los frigios de Cibeles, madre de los dioses
llevada en un carro tirado por leones.
Los
persas no se quedaron atrás, basta con pasear por las colecciones orientales
del Museo del Louvre para constatar la omnipresencia de estos animales sagrados
en el culto a Mitra y las fiestas “leónticas”.
Del león de Judá a Daniel
en el foso de los leones
El
Antiguo Testamento no podía ignorar un legado como este y ya en el Génesis aparece
el fogoso animal como el emblema de la tribu de Judá, una de las doce tribus de
Israel: “Judá es un cachorro de león, –¡Has vuelto de la matanza, hijo mío!–.
Se recuesta, se tiende como un león, como una leona: ¿quién lo hará levantar?”.
El
tema de Daniel en el foso de los leones es también muy conocido y ha sido
objeto de numerosas representaciones de mano de los más grandes artistas. El
relato de Daniel se sitúa en la época de la deportación de los hebreos a
Babilonia, tiempo en que se prohibía a los exiliados rezar a su Dios bajo pena
de ser arrojados a las fieras.
No
obstante, Daniel desafió esta prohibición del rey Darío y de los consejeros
celosos de la influencia de su fe sobre el monarca que, bajo presión, condenó a
Daniel a los leones. El rey se atormentaba porque no deseaba la muerte del
joven, pero a la mañana siguiente encontraron a Daniel milagrosamente vivo
después de haber pasado la noche en oración con los leones hambrientos, que lo
perdonaron gracias a la intervención divina.
El
león, feroz brazo armado de la justicia inmanente de los hombres, puede ser también
constreñido por el poder de la fe. Prefiguración del sacrificio de Cristo, son
incontables los cuadros, capiteles romanos y demás representaciones que han
captado este poderoso símbolo.
Un legado simbólico para
el Nuevo Testamento
En
el Nuevo Testamento, el tema mencionado antes del León de Judá se
retomará notablemente nada menos que con su transposición a Jesús mismo: “Pero
uno de los Ancianos me dijo: ‘No llores: ha triunfado el León de la tribu de
Judá, el Retoño de David, y él abrirá el libro y sus siete sellos’”, como se
lee en el libro del Apocalipsis.
San
Juan, como hiciera con la figura del toro, desarrolla también en su visión del
tetramorfos (los seres de cuatro cabezas) al león rey y hará de él el único con
autoridad para abrir el Libro sellado, es decir, para cumplir la voluntad
divina.
El
león ya no es una metáfora ni el brazo armado de los hombres, sino la
simbolización de Cristo resucitado que, al vencer sobre la muerte, anticipa
nuestra propia resurrección. Nada puede resistir su poder y eso explica que ese
símbolo leonino figure abundantemente entre los emblemas y, más tarde en la
Edad Media, en tantas representaciones iconográficas.
Sin
embargo, quizás el que más ha capturado nuestra atención sea la evocación de
san Jerónimo junto a su inseparable compañero, un majestuoso león transformado
en fiel animal de compañía después de que el santo le extrajera una espina que
dañaba una pata del animal y peligraba su vida. El relato fue recuperado por la
célebre Leyenda dorada de Vorágine, a costa de prestarle el león a
san Gerásimo…
Pero
concedamos a san Jerónimo el mayor mérito, porque con él el animal sinónimo de
muerte se convirtió en protector de la santidad, una imagen fuerte y potente
que no ha dejado de inspirar a una plétora de artistas del mayor talento y
obras de arte celebérrimas.
Philippe-Emmanuel Krautter
Fuente:
Aleteia






