Nacida
en los Estados Unidos de América, trabajó incansablemente en paliar la
situación de los pobres y de muchos que llegaban al Nuevo Mundo en busca de una
vida mejor
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En
el bajo Manhattan, entre imponentes rascacielos, se encuentra el pequeño y
hermoso santuario de Elizabeth Ann Seton. Su rostro aparece también esculpido
en una de las puertas de bronce de la catedral neoyorquina de san Patricio de
Nueva York, en recuerdo de esta gran mujer que tuvo un papel clave en la
expansión del catolicismo en América del Norte.
Elizabeth Ann Bayley nació
el 28 de agosto de 1774 en la ciudad de Nueva York. Era la segunda hija del
doctor Richard Bayley y su esposa Catalina Charlton.
Elizabeth
creció en un ambiente de profunda religiosidad, pues sus padres pertenecían a la iglesia
episcopaliana. Cuando tenía apenas tres años, su madre falleció al dar a luz a
su tercer hijo, quien también falleció pocos días después.
El doctor Richard volvió a
casarse con Charlotte Amelia Barclay, una mujer igualmente piadosa. Charlotte
acogió a Elizabeth y su hermana María Magdalena como si fueran sus propias
hijas y les enseñó a ser mujeres entregadas a
los más necesitados.
De pequeñas, las dos niñas acompañaban
a Charlotte en sus múltiples obras de caridad con los más necesitados de la
ciudad. En Nueva York, en aquella época, toda ayuda era necesaria para paliar
las malas condiciones de los muchos inmigrantes que llegaban desde
Europa y corrían el peligro de terminar viviendo en situación de pobreza y
necesidad.
Elizabeth y su hermana
vivieron una época feliz junto a su nueva madre y sus cinco hermanastros. Por
desgracia, años después, cuando su padre terminó separándose de su segunda
esposa, Charlotte no quiso hacerse cargo de ellas y tuvieron que buscar un nuevo
hogar en casa de unos familiares.
El 25 de enero de 1794, Elizabeth
contrajo matrimonio con Guillermo Magee Seton, un próspero hombre de negocios
con el que creó un cálido hogar en una bonita casa situada en Wall
Street que terminó llenándose de hasta cinco hijos.
A pesar del mucho trabajo
que suponía hacerse cargo de una extensa familia, Elizabeth no olvidó el
ejemplo caritativo de su madrastra y encontró tiempo para ayudar a los más
necesitados a partir de la sociedad conocida como las “Damas
de la caridad”, organización solidaria que ayudó a crear.
De nuevo, la buena estrella
volvió a desaparecer de su vida. La quiebra de los negocios de su marido
primero y la muerte del mismo después, a causa de la tuberculosis, volvió a
sumir a Elizabeth en la más profunda tristeza y a situarla en una complicada
situación.
A los
veintinueve años, Elizabeth era una mujer viuda con cinco hijos a su cargo de
entre ocho y un año de edad. Uno de los socios de su marido y su
esposa se apiadaron de ella y la acogieron en su hogar, un hogar católico al
que pronto se sintió atraída por sus principios religiosos.
El 14
de marzo de 1805, Miércoles de Ceniza, Elizabeth se convirtió al catolicismo de la mano de John
Carroll, el primer obispo católico de los Estados Unidos.
Tras su conversión, que
supuso para ella experimentar mucha “paz y seguridad”, en palabras de Pablo VI,
buena parte de sus amigos y conocidos, que no aceptaron que abandonara la
iglesia episcopaliana, le dieron la espalda.
Además de rechazar su
amistad, le negaron toda ayuda y solidaridad. Poco después de enviudar, Elizabeth
había abierto una pequeña escuela que tuvo que cerrar cuando los padres de sus
alumnos decidieron sacarlos como muestra de rechazo a su nueva fe.
A pesar de los problemas,
Elizabeth estaba convencida del paso que había dado y continuó luchando para
seguir adelante con la ayuda de su nueva comunidad católica.
Tras un tiempo de búsqueda,
en el verano de 1808 se instaló en Baltimore, por aquel entonces la única diócesis
católica del país, donde abrió una nueva escuela para niñas
católicas.
Elizabeth era feliz con su
nuevo proyecto de vida que culminó poco tiempo después con la
fundación en Emmitsburg, Maryland, de la primera congregación católica femenina
en los Estados Unidos, las Hermanas de la Caridad de San José.
Elizabeth, que se inspiró en
la labor en Francia de San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac, sentó las
bases del futuro sistema educativo católico en el joven país norteamericano.
Su carisma fue energía
suficiente para acercar a muchas mujeres a su causa piadosa y caritativa
extendiendo la Iglesia católica con sus parroquias, escuelas y centros
asistenciales por todo el territorio norteamericano.
Elizabeth se ganó pronto el
cariño de su nueva familia católica, convirtiéndose en el alma de un nuevo y
duradero proyecto.
Desde entonces y hasta su
muerte a los cuarenta y seis años, Elizabeth Ann Seton dedicó
su vida a la formación femenina en la fe católica y a la ayuda de los más
necesitados.
Su congregación fue
creciendo cada vez más, con mujeres que se unieron a su causa y ayudaron a
fundar orfanatos, hospitales y escuelas, acogiendo
a pobres y a los muchos inmigrantes que llegaban a los Estados Unidos en
busca de una vida mejor.
Elizabeth siguió así el
ejemplo de su propio padre quien, como responsable de sanidad del Puerto de
Nueva York, trabajó sin descanso durante un tiempo atendiendo a los recién
llegados. Una amplia labor educativa y asistencial que continúa viva en la
actualidad.
En lo personal, Elizabeth soportó
con profunda entereza la muerte prematura de dos de sus hijas. El 4 de enero de 1821
fallecía a causa de la tuberculosis.
Décadas después, en 1907, se
iniciaba el proceso de canonización que culminó el 14 de septiembre de 1975
convirtiéndose en la primera santa católica nacida en los Estados Unidos.
El papa Pablo VI dijo de
ella en su proceso de canonización que su “dinamismo
y autenticidad en
su vida es un ejemplo para nuestros días y para las generaciones futuras”.
Sandra
Ferrer
Fuente:
Aleteia






